‘Ya no llama nadie’ es el nuevo cómic de la guionista Elizabeth Casillas y la ilustradora Blanca Vázquez, publicado esta semana por Astiberri. La obra pone el foco en la soledad de los mayores que viven en los pueblos de la España vaciada, donde las visitas familiares del domingo rompen durante unas horas una rutina marcada por el silencio, la espera y el paso del tiempo.
La protagonista es Mariona, una mujer de 87 años que vive junto a su marido, Vicente, en un pequeño pueblo. A medida que sus amigas van desapareciendo y la memoria de él se vuelve cada vez más frágil, la muerte empieza a ocupar un espacio creciente en sus pensamientos.
Casillas, nacida en Bilbao en 1986, explica en una entrevista con EFE que lo primero que escribió fue precisamente el título, ‘Ya no llama nadie’, y que toda la historia surgió después a partir de esa sensación.
Entre un domingo y otro
El germen de la novela gráfica procede de varias experiencias personales de la autora: el deterioro de sus abuelos, sus visitas al pueblo familiar de Arroyuelo, en Burgos, de apenas 24 habitantes, y su trabajo en una asociación de personas con discapacidad auditiva.
Fue allí donde tomó conciencia de hasta qué punto la pérdida de audición puede aumentar el aislamiento y la desconexión con el entorno, especialmente en personas mayores.
Aunque Casillas asegura que el cómic es “menos personal de lo que puede parecer”, reconoce que sus visitas a Arroyuelo le hicieron observar de cerca una realidad que se repite en numerosos municipios rurales: mayores que permanecen durante buena parte de la semana prácticamente solos y cuya vida social se concentra en las visitas de hijos y nietos.
“Quería mostrar qué hay entre un domingo y otro en los pueblos. Y es que en esos días entre medias hay una vida que no para, pero que baja mucho el volumen”, explica.
Una historia sobre el vacío, no un manifiesto político
La obra aborda inevitablemente problemas relacionados con la despoblación, la falta de servicios y el abandono progresivo de determinados municipios, pero su autora insiste en que no pretende construir un discurso político sobre la España vaciada.
El objetivo es más íntimo.
‘Ya no llama nadie’ busca retratar el vacío existencial de quienes sienten acercarse el final de su vida, la pérdida progresiva de familiares y amigos y la necesidad de dejar algún tipo de legado.
La novela gráfica se mueve así dentro del costumbrismo y convierte las pequeñas acciones cotidianas en el centro del relato.
Los domingos llegan los familiares, las conversaciones llenan la casa y la rutina parece interrumpirse. Después vuelven los días silenciosos.
Páginas mudas para contar la soledad
Uno de los elementos más característicos del cómic es precisamente la ausencia de palabras.
Casillas explica que el libro tiene “poco diálogo y mucho guion”, con numerosas páginas mudas que sirven para trasladar al lector los silencios, el hastío y la monotonía de los días.
La casa y el jardín adquieren entonces un protagonismo especial. Este último se convierte en uno de los espacios más importantes para Mariona, hasta el punto de imaginar allí el lugar donde podrían reposar sus cenizas.
La ilustradora Blanca Vázquez, nacida en Guadalupe (Cáceres) en 1997, encontró en esos silencios uno de los principales recursos visuales de la obra.
Una acuarela creada completamente en digital
Vázquez ha desarrollado las ilustraciones íntegramente en formato digital, aunque simulando la textura de la acuarela.
El color ayuda además a diferenciar los distintos estados emocionales de la historia.
La vivienda está dominada por ocres, marrones y rojos, mientras que el jardín aparece lleno de luz y verdes intensos. En cambio, los recuerdos, sueños y escenas de ‘flashback’ adquieren tonalidades azules.
La ilustradora explica que las páginas mudas aparecen especialmente después de las reuniones familiares, cuando las viñetas están llenas de bocadillos, conversaciones y movimiento.
Después llega el contraste.
Mariona y Vicente vuelven a estar solos. “No aburridos, pero con tanta rutina de verse, que no tienen grandes cosas que decirse y eso se palpa”, señala Vázquez.
La rutina de una pareja que envejece junta
La relación entre ambos personajes permite retratar también otra forma de soledad: la que puede existir incluso estando acompañado.
Mariona y Vicente comparten casa, comidas y rutinas, pero sus días se repiten y las conversaciones se vuelven cada vez más escasas.
A ello se suma el progresivo deterioro cognitivo de Vicente, que introduce una nueva dimensión en el relato: el miedo a perder a alguien antes incluso de que desaparezca físicamente.
La muerte está presente durante toda la novela gráfica, pero no como un acontecimiento dramático aislado, sino como parte del proceso de envejecimiento.
Dos formas de entender las visitas familiares
‘Ya no llama nadie’ evita además señalar culpables.
La obra muestra tanto el punto de vista de los mayores como el de sus hijos y nietos. Para las generaciones más jóvenes, visitar a los abuelos una vez a la semana puede parecer una frecuencia razonable dentro de una vida marcada por el trabajo, los desplazamientos y las obligaciones familiares.
Para quienes permanecen en el pueblo, sin embargo, esos siete días pueden resultar muy largos.
Esa diferencia de percepción es uno de los núcleos emocionales del cómic: lo que para unos es solo una semana, para otros puede convertirse en una sucesión de jornadas prácticamente idénticas.
“Un cómic universal”
Vázquez define la obra como una historia sobre lo cotidiano y la familia, pero también sobre “el ocaso de la vida, como una puesta de sol”.
La ilustradora considera que el relato puede conectar con lectores muy distintos porque aborda una experiencia que trasciende el mundo rural: el envejecimiento de los padres y abuelos, la distancia entre generaciones y la culpa o las dudas sobre cuánto tiempo se dedica realmente a las personas mayores.
Por eso considera que se trata de “un cómic universal con el que todos nos identificamos”.
‘Ya no llama nadie’ forma parte de la colección Sillón Orejero de Astiberri, dedicada a novelas gráficas de carácter especialmente reflexivo.
Casillas y Vázquez convierten así la rutina aparentemente pequeña de una pareja de ancianos en un retrato más amplio de la soledad rural, el envejecimiento y la espera, con una pregunta implícita que atraviesa toda la obra: qué sucede en la vida de quienes permanecen cuando las visitas terminan y vuelve a empezar otra semana.