El Institut de Recerca i Tecnologia Agroalimentàries (IRTA) ha puesto en funcionamiento en Constantí (Tarragona) una planta experimental de biogás, la “primera” instalación pública de estas características en España que da servicio directo a una explotación ganadera y, al mismo tiempo, actúa como centro de investigación en bioeconomía y en sistemas para mitigar el cambio climático.
La nueva planta se ha dado a conocer este lunes en un acto que ha contado con la asistencia de la directora general de Agricultura y Ganadería de la consellería de Agricultura, Rosa Altisent, y del director general del IRTA, Josep Usall, entre otras autoridades, según ha detallado el instituto en un comunicado.
El proyecto ha requerido una inversión cercana a los 660.000 euros, de los que casi 100.000 proceden de una ayuda del Instituto para la Diversificación y el Ahorro de Energía (IDAE). La planta se alimenta con las deyecciones de los cerdos y de las aves de corral de la granja de Mas Bové.
En conjunto, la instalación procesará cada año 5.200 toneladas de materia orgánica y el biogás generado alcanzará un caudal de 96.697 metros cúbicos normales, volumen que equivale a 58.000 litros de gasóleo o al consumo energético anual aproximado de unos 165 hogares.
SIN BENEFICIO COMERCIAL
La planta no tiene como objetivo la rentabilidad económica, sino el “progreso del conocimiento científico y del sector agroalimentario catalán”, de modo que permitirá llevar a cabo estudios y proyectos piloto que resultarían difíciles de ejecutar en una planta de biogás convencional.
La energía producida se utilizará principalmente para calentar la nave de maternidad de las cerdas, donde hasta ahora se empleaba gas propano, una fuente no renovable, y también para mantener la temperatura adecuada dentro del digestor en el que se genera el biogás.
El digestado resultante permitirá obtener fertilizante orgánico, mientras que el agua se reaprovechará para el riego de los campos y la limpieza de las instalaciones ganaderas.
Gracias a esta infraestructura se podrán establecer nuevos protocolos y testar productos orientados a mejorar la producción de biogás, validar tecnologías emergentes a escala piloto, ensayar prototipos desarrollados por empresas y analizar la creación de productos de “alto valor añadido” como biofertilizantes o bioestimulantes a partir de la digestión de las deyecciones, entre otras aplicaciones.