Hay expresiones que nacen como lema electoral y acaban funcionando como diagnóstico de época. MAGA —Make America Great Again— es una de ellas. Sería cómodo despacharla como una consigna norteamericana, como una rareza trumpista o como una excentricidad importada por la televisión y las redes. Sería cómodo, pero insuficiente. MAGA importa porque condensa algo más amplio que Donald Trump: una forma de malestar democrático, una política de la nostalgia, una promesa de protección y una impugnación de los intermediarios que ordenan la vida pública.
Por eso conviene leerlo con Tocqueville, que quien les hablaba hace unos días aquí en Demócrata, cerca. No para convertir al aristócrata francés en un comentarista de sobremesa de la política estadounidense, sino porque pocas miradas han entendido mejor qué le ocurre a una sociedad democrática cuando sus ciudadanos se sienten iguales, aislados, desconfiados y, a la vez, impotentes. Tocqueville no escribió contra MAGA, naturalmente. Escribió sobre la democracia. Y por eso nos sirve.
La tesis puede formularse así: MAGA puede ganar conversaciones, elecciones y ciclos de atención; Tocqueville ayuda a entender los sistemas. MAGA ofrece una épica de restauración. Tocqueville ofrece una anatomía de la libertad democrática. MAGA señala enemigos. Tocqueville pregunta por las condiciones sociales, morales e institucionales que hacen posible que una democracia no se rompa cuando el conflicto arrecia.
Conviene empezar por una cautela. Aquí “vencer” no significa derrotar a votantes, cancelar sensibilidades ni convertir la política en una cruzada moral contra quienes votan distinto. Significa algo más exigente: disponer de un marco superior para comprender por qué prosperan los populismos y cómo se reconstruye legitimidad cuando los sistemas se tensionan. En ese sentido, Tocqueville no es un eslogan. Es casi un sistema operativo.
MAGA como síntoma
El movimiento MAGA nació como una consigna de campaña y acabó convirtiéndose en una identidad política. Su gramática combina nacionalismo, rechazo a las élites, hostilidad hacia buena parte de la intermediación institucional, una relación beligerante con la prensa convencional y una apelación permanente al pueblo auténtico frente a quienes, supuestamente, lo han traicionado. Sus rasgos son norteamericanos, pero la música no nos resulta ajena en Europa.
En democracias fatigadas, los populismos rara vez aparecen de la nada. Crecen allí donde se mezclan tres ingredientes: pérdida de control, desconfianza hacia las instituciones y sensación de humillación cultural o burocrática. Cuando una parte de la ciudadanía percibe que nadie la escucha, que las reglas las escriben otros, que la administración no explica, sino que impone, y que los cambios económicos o tecnológicos la desplazan sin pedir permiso, la promesa del hombre-solución gana atractivo.
Tocqueville vio ese peligro con una claridad incómoda. En las sociedades democráticas, los ciudadanos son más iguales, pero también pueden sentirse más solos. El viejo orden de jerarquías se debilita; las pertenencias tradicionales pierden densidad; el individuo gana autonomía, pero también fragilidad. Si no existen asociaciones, municipios vivos, prensa libre, partidos con espesor institucional, colegios profesionales, sindicatos, entidades cívicas y comunidades capaces de articular intereses, el ciudadano queda frente a dos gigantes: el Estado y la masa.
Ahí entra el populismo. No siempre como causa, sino como aprovechamiento político de una carencia previa. Donde faltan intermediarios, aparece el líder que promete prescindir de ellos. Donde se debilita la deliberación, prospera la consigna. Donde la política pierde instituciones, gana el personalismo. Donde la ciudadanía organizada se marchita, la multitud conectada ocupa su lugar. Pero una multitud no es todavía una comunidad política.
La vieja tentación Monroe
Aquí conviene abrir una ventana histórica que MAGA no inventa, pero sí reactiva. Antes de que Tocqueville viajara a Estados Unidos en 1831, James Monroe ya había pronunciado, en 1823, el discurso que fijaría una de las pulsiones más recurrentes de la política exterior norteamericana: Europa debía mantenerse fuera del hemisferio occidental y Estados Unidos, a cambio, no tomaría parte en las querellas europeas. Aquello no se llamó todavía, con toda su carga posterior, "Doctrina Monroe"; pero contenía ya una primera versión de ese America first que separaba mundos, intereses y destinos.
Tocqueville lo percibió como parte del paisaje. No convirtió la Doctrina Monroe en tema central de La democracia en América —su preocupación era otra: la igualdad de condiciones, las costumbres, la asociación, la mayoría, la administración—, pero sí registró el contexto diplomático de un país que se sabía apartado de Europa por la geografía y por la política. En su lectura, la Unión podía permitirse una política exterior simple porque no tenía enemigos poderosos en su continente y porque las pasiones del Viejo Mundo quedaban lejos. América miraba a Europa, aprendía de ella y comerciaba con ella, pero aspiraba a no quedar atrapada en sus guerras, sus deudas históricas ni sus equilibrios imperiales.
Ahí aparece una parte de la genética de MAGA. La promesa de recuperar control nacional, proteger fronteras, desconfiar de las alianzas permanentes y ordenar el mundo desde el interés propio no nace en un vacío. Bebe de una tradición antigua: la de una república que se pensó excepcional, continental, autosuficiente y llamada a no dejarse contaminar por Europa. Pero también ahí aparece su contradicción. La doctrina de Monroe pretendía mantener separadas las esferas; el mundo actual, en cambio, ya no permite esa separación. Las cadenas de suministro, las guerras híbridas, la energía, la tecnología, la migración, Ucrania, el Atlántico y China han hecho imposible un aislamiento limpio.
Una república que se pensó excepcional, continental, autosuficiente y llamada a no dejarse contaminar por Europa
Por eso MAGA puede invocar, explícita o implícitamente, una memoria monroísta y al mismo tiempo traicionarla. Quiere menos Europa cuando Europa necesita más seguridad; quiere soberanía sin interdependencia cuando la soberanía contemporánea se ejerce precisamente gestionando dependencias; quiere poder sin intermediarios cuando el poder democrático solo se legitima con instituciones, alianzas y reglas. Tocqueville ayuda a ver esa paradoja: una nación puede querer retirarse del mundo, pero sus propias condiciones democráticas, económicas y estratégicas la empujan una y otra vez a volver a él.
La asociación contra el hombre-solución
En el artículo anterior defendía, a propósito del lobby responsable, una idea tocquevilliana: la influencia legítima no degrada la democracia cuando nace de la asociación, del mandato verificable, de la transparencia y de la rendición de cuentas. Esa misma idea sirve ahora para mirar el reverso populista. El problema no es que la sociedad influya en la política. El problema es que deje de hacerlo mediante estructuras responsables y pase a expresarse solo como descarga emocional, como plebiscito permanente o como adhesión carismática.
Tocqueville admiró de la democracia americana su capacidad para asociarse. Los ciudadanos se reunían para defender una escuela, construir una iglesia, impulsar una causa moral, sostener un periódico, promover una mejora local o frenar un abuso. La asociación era una escuela de libertad porque obligaba a pactar, redactar, financiar, organizar, perder votaciones, volver a intentarlo y responsabilizarse de lo decidido.
Ese aprendizaje es mucho menos vistoso que un mitin, pero bastante más democrático. La asociación enseña a convertir el enfado en propuesta, el interés en argumento y la identidad en convivencia. El populismo, por el contrario, tiende a simplificar: divide el mundo entre pueblo y antipueblo, entre patriotas y traidores, entre verdad revelada y conspiración. No necesita ciudadanos organizados; necesita seguidores movilizados.
Por eso Tocqueville sobrevivirá al MAGA. Porque su respuesta no consiste en silenciar el malestar, sino en darle cauces mejores. No dice: “el pueblo se equivoca, dejemos gobernar a los expertos”. Tampoco dice: “la mayoría tiene siempre razón, dejemos que arrase”. Dice algo más difícil: una democracia necesita ciudadanos capaces de actuar juntos, instituciones que acepten el conflicto y reglas que impidan convertir la victoria en licencia para todo.
Contra la omnipotencia de la mayoría
Uno de los capítulos más actuales de La democracia en América es el dedicado a la omnipotencia de la mayoría. Tocqueville entendió que la democracia no solo corre peligro cuando manda una minoría oligárquica; también puede degradarse cuando una mayoría cree que su número la autoriza a ignorar límites, derechos y contrapesos. La mayoría decide, sí. Pero no decide cualquier cosa de cualquier manera.
Esta advertencia golpea en el centro de la política populista. Buena parte de su energía procede de una idea sencilla y peligrosa: si representamos al pueblo verdadero, toda resistencia institucional es una traición. El juez que controla, el periodista que pregunta, el parlamentario que enmienda, el funcionario que advierte, la oposición que discrepa o la minoría que reclama garantías pasan a ser obstáculos ilegítimos.
A menudo confirma la sospecha populista de que las decisiones importantes se toman lejos, por gente que habla un idioma incomprensible y que confunde gobernar con tutelar
La democracia liberal, sin embargo, no consiste solo en contar votos. Consiste en contar votos dentro de un régimen de derechos, procedimientos y contrapesos. Tocqueville no desconfiaba del pueblo; desconfiaba de cualquier poder sin límite. Y esa es una lección que sirve tanto frente al mayoritarismo emocional como frente a sus contrarios tecnocráticos.
Porque hay una forma de anti-populismo que también fracasa: aquella que responde al grito con superioridad moral, al malestar con pedagogía impaciente y a la demanda de control con más administración desde arriba. Ese reflejo puede ser intelectualmente confortable, pero políticamente estéril. A menudo confirma la sospecha populista de que las decisiones importantes se toman lejos, por gente que habla un idioma incomprensible y que confunde gobernar con tutelar.
El despotismo blando y la humillación burocrática
Aquí aparece otra de las intuiciones mayores de Tocqueville: el despotismo blando. No es la tiranía clásica, brutal y visible. Es un poder que protege, ordena, prevé, regula, facilita y, al hacerlo todo por los ciudadanos, acaba acostumbrándolos a no hacer casi nada por sí mismos. No rompe voluntades; las adormece.
La advertencia es decisiva para entender por qué los populismos resultan plausibles para tanta gente. La experiencia cotidiana del ciudadano no siempre es la gran teoría constitucional. A veces es un trámite imposible, una ventanilla que no responde, una norma que cambia sin explicación, una ayuda que se promete y no llega, una inspección incomprensible, una sanción automática o una política pública diseñada sin escuchar a quien debe aplicarla.
Cuando la administración se vive como laberinto y la política como sermón, el populista encuentra terreno fértil. Promete cortar el nudo, expulsar a los intermediarios, devolver el mando, poner orden. La promesa suele ser engañosa, porque acaba concentrando poder y debilitando controles. Pero su fuerza nace de una experiencia real: demasiadas democracias han permitido que el ciudadano se sienta administrado, no escuchado.
La respuesta tocquevilliana no es desmantelar el Estado ni idolatrar el mercado. Es construir un Estado menos tutelar y más capaz; menos enamorado de la microrregla y más atento a resultados; menos centralizador por inercia y más respetuoso con la inteligencia local; menos obsesionado con producir normas y más comprometido con evaluar efectos. Regular mejor no es regular menos por sistema. Es gobernar de modo que la regla sea comprensible, proporcional y verificable.
Prensa, verdad y costumbres democráticas
Tocqueville sabía que la democracia no vive solo de instituciones formales. Vive de costumbres: hábitos de confianza, autocontención, juego limpio y respeto por una verdad compartida. Cuando esos hábitos se erosionan, las leyes llegan tarde. Se puede tener Constitución, Parlamento, tribunales y elecciones, y aun así respirar un aire público tóxico.
MAGA, como otros movimientos populistas contemporáneos, no es únicamente un programa. Es una cultura política: una manera de tratar al adversario, de seleccionar los hechos, de convertir la sospecha en identidad y de transformar la prensa crítica en enemigo. Por eso la batalla no se gana solo con fact-checking, aunque el dato importe; ni solo con indignación moral, aunque haya motivos para indignarse. Se gana reconstruyendo condiciones de credibilidad.
Ahí la prensa responsable tiene un papel que no conviene subestimar. No la prensa militante que sustituye el análisis por la trinchera, ni la prensa de ruido que confunde audiencia con relevancia, sino aquella que ilumina el proceso de decisión pública, explica quién influye, con qué argumentos, en qué fase normativa y con qué consecuencias. En ecosistemas como el que representa Demócrata, especializado en política pública y vida parlamentaria, hay una función democrática muy tocquevilliana: hacer visible la mediación para que no degenere en sospecha permanente.
Una sociedad democrática necesita saber cómo se decide. Necesita periodistas que fiscalicen el poder sin despreciar la complejidad; que entiendan los intereses sin quedar capturados por ellos; que traduzcan procedimientos sin banalizarlos. La transparencia no es solo publicar documentos. Es producir inteligibilidad. Y sin inteligibilidad, la desconfianza se convierte en el idioma común.
Lecciones para los asuntos públicos
La lectura de Tocqueville tiene una traducción directa para quienes trabajamos en asuntos públicos. Si el populismo crece sobre la desconfianza, la intermediación legítima debe demostrar que no es una coartada de élites, sino una infraestructura democrática. No basta con tener acceso. Hay que tener mandato, evidencia, trazabilidad y capacidad de construir coaliciones reales.
En la práctica, eso exige tres legitimidades. La primera es social: saber a quién se representa, cómo se ha formado la posición, qué pluralidad interna existe y qué costes se reconocen. La segunda es regulatoria: aportar propuestas basadas en riesgo, resultados e implementación, no en excepciones opacas ni privilegios de corto plazo. La tercera es política: aceptar que el adversario también representa intereses legítimos y que una buena solución debe sobrevivir al cambio de ciclo.
Esta es una lección especialmente útil en el eje Bruselas-Madrid-comunidades autónomas-municipios. Las democracias complejas no pueden gobernarse solo desde la capital, ni desde el boletín oficial, ni desde el gabinete de comunicación. Necesitan escucha territorial, conocimiento sectorial, evaluación de impacto y deliberación pública. Necesitan, en suma, intermediarios que no oculten el conflicto, pero lo civilicen.
Saber a quién se representa, cómo se ha formado la posición, qué pluralidad interna existe y qué costes se reconocen
El buen public affairs no consiste en ganar una enmienda y desaparecer. Consiste en dejar detrás una norma más robusta, una comunidad mejor organizada y una relación más transparente entre intereses privados, bienes públicos y decisión institucional. Eso no vacuna por completo contra el populismo, pero reduce el oxígeno que lo alimenta.
El sistema operativo de la libertad
La tentación de nuestro tiempo es creer que todo se resuelve en el relato. Si el adversario grita, gritaremos mejor. Si simplifica, simplificaremos con más talento. Si emociona, fabricaremos emociones alternativas. Algo de eso es inevitable en política, pero no basta. La democracia no se salva con una campaña de comunicación permanente. Se salva con instituciones que funcionan y con costumbres que merecen confianza.
Tocqueville sobrevivirá al MAGA porque mira por debajo del ruido. Donde otros ven únicamente una guerra cultural, él nos obliga a preguntar por la soledad cívica. Donde otros ven ignorancia, él pregunta por la impotencia. Donde otros ven exceso de pueblo, él pregunta por falta de asociación. Donde otros ven desorden, él advierte contra la falsa solución de un poder tutelar que lo ordene todo.
MAGA puede ser una marca política norteamericana, pero la enfermedad que revela no conoce fronteras: sociedades fragmentadas, ciudadanos desconfiados, instituciones que explican mal, élites que escuchan tarde, medios que a veces amplifican ruido y poderes que confunden eficacia con concentración. La respuesta no será una nostalgia rival ni una tecnocracia más pulida. Será, si llega, una reconstrucción paciente de vínculos, reglas limpias, prensa responsable, intermediación honesta y autogobierno.
Quizá por eso Tocqueville sigue pareciendo menos antiguo que muchos diagnósticos de actualidad. Porque entendió que la libertad democrática no es un estado natural ni una emoción colectiva. Es una disciplina social. Requiere asociaciones, límites, municipios, prensa, deliberación, hábitos y ciudadanos que no se resignen a ser espectadores de su propio destino. MAGA puede prometer grandeza. Tocqueville nos recuerda algo más sobrio y más difícil: ninguna democracia será grande si antes no aprende a ser adulta.
sOBRE LA FIRMA:
Joan Capdevila fue diputado en el Congreso por ERC entre 2016 y 2023. Ahora dirige la oficina de Cataluña de Vinces.