Hay decisiones políticas que rara vez ocupan titulares o protagonizan debates encendidos, pero que transforman de manera profunda la vida de quienes sostienen cada día el funcionamiento del Estado.
Un claro ejemplo es la aprobación el pasado 21 de mayo por la comisión de interior del Congreso de los Diputados, que daba luz verde a la ponencia y las enmiendas de la Proposición de Ley Orgánica por la que se modifica el artículo 80 de la Ley Orgánica General Penitenciaria, para reconocer, a efectos legales, el carácter de agentes de la autoridad a los funcionarios de Instituciones Penitenciarias.
Aunque la iniciativa aún debe superar su tramitación en el Pleno del Congreso y posteriormente en el Senado, el amplio consenso alcanzado en comisión permite prever una aprobación definitiva sin sobresaltos.
El Estado de derecho se concreta en hospitales, escuelas, comisarías y, también, en los centros penitenciarios. Es precisamente allí, en un ámbito muchas veces invisible para la ciudadanía, donde el Estado demuestra su capacidad para garantizar la seguridad, la convivencia y los derechos humanos.
Por eso, reconocer a los funcionarios de prisiones como agentes de la autoridad, es una medida de justicia necesaria, largamente esperada, que dota de seguridad jurídica a un colectivo esencial y, al mismo tiempo, fortalece la labor que desempeñan estos trabajadores en condiciones de gran complejidad.
Esta reforma, impulsada por el Grupo Parlamentario Socialista, constituye un avance trascendental en la modernización de nuestra administración pública y responde, además, a una realidad innegable: la necesidad de una protección jurídica, acorde a sus responsabilidades y riesgos, de quienes garantizan el orden y los derechos fundamentales dentro de las prisiones. Hablamos de más de 25.000 empleados y empleadas públicos en España.
No se trata de un gesto simbólico ni de una concesión retórica, sino de corregir una anomalía histórica
El colectivo del personal penitenciario ha ejercido durante décadas sus funciones, sin contar con un reconocimiento legal explícito que reflejara adecuadamente la trascendencia de su trabajo. Afrontan situaciones de alta tensión, gestionan conflictos complejos y se exponen diariamente a riesgos físicos y psicológicos, siendo una pieza imprescindible para hacer efectivo el mandato constitucional de la reinserción social.
No se trata de un gesto simbólico ni de una concesión retórica, sino de corregir una anomalía histórica. Es una modificación legislativa que proporciona herramientas legales claras a quienes trabajan en uno de los ámbitos más sensibles del Estado social y democrático de derecho.
Pero, además, el nuevo marco normativo refuerza sobremanera la seguridad jurídica de estos funcionarios. Hasta ahora, las interpretaciones judiciales contradictorias generaban cierta indefensión en este colectivo. Sin embargo, ahora, con su reconocimiento como agentes de la autoridad, fortalece el valor probatorio de sus informes y actuaciones, aportando mayor solidez a los procedimientos administrativos y judiciales en los que intervienen.
La reforma también incorpora el principio de indemnidad frente a daños materiales o personales sufridos durante el ejercicio legítimo de sus funciones, así como medidas específicas para situaciones excepcionales, como el eventual ingreso en prisión de trabajadores penitenciarios, garantizando su separación del resto de internos.
Su reconocimiento como agentes de la autoridad fortalece el valor probatorio de sus informes y actuaciones
Pero los avances normativos de esta reforma no solo alcanzan a los funcionarios de prisiones, sino también a su personal laboral. El texto está encaminado a dotarles de una mayor seguridad jurídica y de una protección mucho más nítida bajo el paraguas del Código Penal, es decir, el Estado reconoce que estos profesionales no realizan un trabajo burocrático o administrativo cualquiera, sino que desempeñan una función pública extraordinariamente sensible y esencial para la arquitectura de nuestra seguridad ciudadana.
Esta reforma no nace, en absoluto, desde una lógica punitivista, como pudiera parecer. Un Estado moderno que se precie, necesita contar con funcionarios que estén protegidos, altamente profesionalizados, y firmemente respaldados jurídicamente. Solo así podrán garantizar, en un equilibrio perfecto, la seguridad de los centros, el mandato de la reinserción y el respeto escrupuloso a los derechos fundamentales de las personas privadas de libertad.
La izquierda no puede, ni debe, renunciar jamás a defender con empeño los servicios públicos, pero tampoco puede dar la espalda a quienes los sostienen cada día con su esfuerzo.
Durante años, este reconocimiento ha sido una demanda constante del colectivo penitenciario. La tramitación parlamentaria que hemos presenciado, y las noticias que han ido cristalizando desde la pasada primavera, reflejan con claridad que no se trataba de una ocurrencia improvisada o de un parche temporal, sino de una respuesta meditada a una necesidad acumulada que clamaba por una solución.
Este es un avance que demuestra una forma concreta y útil de hacer política: la que se basa en escuchar reivindicaciones históricas, en sentarse a dialogar incansablemente con el ámbito sindical para, posteriormente, poder traducir las demandas legítimas de los trabajadores en reformas legales útiles y duraderas.
Desde el año 2018, se había mantenido una posición sin ambages en favor de este reconocimiento, defendiendo la necesidad urgente de adaptar la normativa a la compleja realidad penitenciaria actual.
Esta Proposición de Ley impulsada por el Grupo Parlamentario Socialista decayó con la disolución de las Cortes en 2023, pero fue retomada en la actual legislatura y nuevamente registrada el 24 de junio de 2024. La aprobación en Comisión supone ahora un paso decisivo hacia su consolidación definitiva.
En tiempos en los que muchas veces la política parece reducirse inexorablemente al ruido ensordecedor, a la polarización estéril y a la bronca constante que aleja a la ciudadanía de sus instituciones, este tipo de avances sirven como un poderoso recordatorio: gobernar también consiste en analizar las lagunas de nuestro marco legal y en resolver los problemas concretos de la gente real. Esta reforma opera desde una lógica profundamente reconocible para los progresistas, como es la de proteger a nuestros servidores públicos, cimentar la seguridad jurídica, reforzar la autoridad legítima del Estado y aplaudir el incansable trabajo de quienes lo sostienen en las condiciones más exigentes imaginables. No hay modernización institucional posible si no se cuida con esmero a quienes la hacen posible cada mañana cuando fichan en su puesto de trabajo.
Este reconocimiento histórico a los funcionarios de prisiones no es, por supuesto, el final del camino ni la culminación de todas las mejoras que el sistema penitenciario requiere. Quedan retos por delante que habrá que acometer en el futuro.
Gobernar también consiste en analizar las lagunas de nuestro marco legal y en resolver los problemas concretos de la gente real
Hoy, aquella firme voluntad política que comenzó a fraguarse hace años se ha materializado en un texto legal que cambiará las cosas a mejor. Y, sobre todo, este hito nos demuestra de manera elocuente que cuando la política institucional abandona el sectarismo, escucha una reivindicación legítima de los trabajadores y tiene la capacidad técnica y parlamentaria de convertirla en ley, el resultado siempre es favorable para el conjunto de la sociedad: obtenemos más Estado, más protección y, por encima de todo, más dignidad.
sobre la firma:
Carmen Castilla es presidenta de la comisión de Interior del Congreso y diputada del PSOE por Sevilla.