Hubo un tiempo en que los medios de comunicación estaban pendientes de las resoluciones de los Comités disciplinarios, en particular de los del deporte-rey. Las decisiones arbitrales del domingo anterior eran sometidas a su escrutinio y algunas de las sanciones impuestas eran levantadas o reducidas en su duración.
Aquel tiempo pasó ("o tempora o mores", que dijera Marco Tulio Cicerón), y hoy esos Comités prosiguen existiendo, pero pasan plenamente desapercibidos, en mayor medida porque los Códigos disciplinarios tipifican con alto grado de precisión las conductas contrarias a eso que denominamos deportividad.
El fútbol, como todo sport, tiene sus reglas de juego, cuya infracción debe ser corregida de forma inmediata en el propio estadio por el referee que representa la autoridad, de un lado, y, de otro, la imparcialidad. Me permito recordar el sucedido que cuenta Mario Vargas Llosa en La tía Julia y el escribidor, Joaquín Hinostroza Bellmont, que hace estremecer los estadios, pero no con sus goles, sino como árbitro de tan reconocida imparcialidad que recibía el aplauso del público asistente.
Ha levantado ampollas la resolución del Comité Disciplinario de la FIFA dejando sin efecto la sanción, dotada de automatismo, de suspensión por un partido del jugador (y goleador) del equipo de fútbol de Estados Unidos, Folarin Balogun. No se ha dado a conocer el contenido de esa resolución presuntamente motivada, pues lo único que se ha explicado es que el art. 27 del Código disciplinario FIFA concede a aquel Comité la facultad de "suspender total o parcialmente la ejecución de una medida disciplinaria".
El problema no debe centrarse en la cuestión de la competencia del Comité, que es indubitada, sino en la excepcionalidad de la resolución que —¡hasta el Financial Times y la BBC!— la califican de "escandalosa", de "incomprensible, sin precedentes e injustificable", de que “se ha cruzado una línea roja”, pues el perdón se otorga previo requerimiento (algunos hablan de "presión") del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, cuya pretensión, al solicitar a Infantino una revisión, era que el futbolista norteamericano pudiera jugar el partido de octavos con Bélgica.
El fútbol es el gran captador de atención e interés de la sociedad contemporánea. Ninguna otra actividad –y, por supuesto, ningún otro deporte- es capaz de movilizar a la sexta parte de la población mundial ante un balón que rueda sobre un campo de hierba. Sabíamos que los jefes de Estado, los gobernantes en general, son también aficionados y, en no pocas ocasiones (pensemos en el presidente italiano Sandro Pertini en el Mundial de España de 1982) apasionados seguidores de los colores de la selección nacional o de una camiseta (a la que nunca podemos renunciar, como nos explicó Eduardo Sacheri).
Balogun, de padres nigerianos, nació en Brooklyn. Aunque se crió en Londres, optó por la selección norteamericana. Según Trump –y también Marco Rubio– es "un gran jugador, quizá el mejor o uno de los mejores del equipo". A ambos les pareció injusta la red card que le mostró el árbitro brasileño Raphael Claus –tras la revisión por el VAR–, pero no se contuvieron con la mera queja, sino que instaron no solo la revisión por parte de la autoridad competente, sino su estimación por entender imprescindible que Balogun concurriera al partido fundándose en que "la gente quiere ver un partido con los mejores jugadores sobre el campo".
Concurrió. Jugó el partido con Bélgica –cuya impugnación fue inadmitida por falta de legitimación– y Estados Unidos perdió y, además, ampliamente, por lo que quedó apeado de los cuartos. También quedó fuera de los cuartos de final en el Mundial de 1994, el primero que se jugó en Norteamérica. Nadie es imprescindible, por mucho que algunos se vean elevados a esa condición de insustituibles. Todo ha quedado, pues, en (in)justicia poética.
sobre la firma:
Enrique Arnaldo es magistrado del Tribunal Constitucional.