Un vínculo de confianza frente al racismo: así protege la mentoría social a las personas migrantes

Un estudio impulsado por el Observatorio Social de la Fundación ”la Caixa” y la Universitat de Girona concluye que la mentoría no eleva el bienestar general, pero evita que la discriminación se traduzca en mayor soledad y ayuda a preservar los vínculos con la sociedad de acogida

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La mentoría social tiene efectos positivos sobre las personas que sufren racismo. Observatorio Social de la Fundación “la Caixa”.

La mentoría social tiene efectos positivos sobre las personas que sufren racismo. Observatorio Social de la Fundación “la Caixa”.

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Un análisis muy superficial, y que cualquiera puede realizar, establece una ligazón directa entre racismo e injusticia. Es una asociación de ideas rápida y sencilla. Pero hay mucho más detrás de la discriminación racial. Hallar esos efectos más escondidos y encontrar soluciones es uno de los objetivos del programa Safe Spaces. En el marco del mismo, el Observatorio Social de la Fundación ”la Caixa” y la Universitat de Girona han realizado un estudio con 157 jóvenes migrantes racializados, que muestra los efectos positivos que sobre los mismos tiene la mentoría social.

La investigación –que trabajó con personas procedentes de África y, en menor medida, de Europa del Este y América Latina– analizó ocho dimensiones: salud mental, esperanza, autoestima, soledad, apoyo social, pertenencia, calidad de vida y discriminación percibida—, además de la composición de la red personal de confianza.

Todo el trabajo, afirman los autores, parte de una realidad en la que la discriminación racial puede acumular efectos sobre el bienestar: deteriora la salud mental, erosiona el sentido de pertenencia y es posible que genere soledad. En las personas migrantes racializadas, esta presión se combina con otros factores como el duelo migratorio, la precariedad y la distancia cultural. El resultado es un círculo en el que el racismo deteriora el bienestar y ese deterioro dificulta, a su vez, la inclusión social.

La diferencia aparece cuando aumenta la discriminación

Los programas de mentoría social se han desarrollado como una estrategia de inclusión para jóvenes migrantes y refugiados a partir de una idea central: que reforzar los vínculos de confianza ofrece protección. El estudio del Observatorio Social de la Fundación "la Caixa" examinó esta hipótesis no solo midiendo la evolución del bienestar, sino también observando si la mentoría modificaba la relación entre racismo y bienestar.

A primera vista, los resultados podrían parecer limitados. Salvo en la esperanza inicial, ninguna de las escalas de bienestar mostró diferencias significativas entre el grupo de mentoría y el grupo sin intervención en las distintas oleadas. Ambos grupos mejoraron de forma similar.

La principal diferencia aparece, sin embargo, cuando se analiza qué sucede ante la discriminación. En el grupo sin intervención, cada aumento de la discriminación percibida se relacionó con un incremento de la soledad. En el grupo de mentoría, esa correlación dejó de observarse y la interacción resultó estadísticamente significativa.

La mentoría no elimina el racismo ni parece elevar el bienestar de forma general. Su efecto se sitúa en otro punto: puede evitar que la discriminación deteriore determinadas dimensiones del bienestar. En este caso, actúa como un factor protector frente al aislamiento social.

El grupo asesor del proyecto aportó una explicación basada en su propia experiencia. La discriminación cotidiana puede llegar a normalizarse, pero compartirla con alguien que reacciona ante esa injusticia cambia la percepción de la situación.

El apoyo emocional pesa más que las soluciones prácticas

El estudio también permite distinguir qué elementos de la relación de mentoría se asocian con sus resultados. Las respuestas que predicen un aumento de la esperanza tres meses después de finalizar el programa están relacionadas con el apoyo emocional: sentirse escuchado, sentirse seguro con la persona mentora o percibir que ayuda a gestionar el malestar.

Por el contrario, los elementos más prácticos de la relación —recibir buenas ideas, información útil o soluciones concretas— no alcanzaron significación estadística. La participación en programas de mentoría se asocia, además, con un incremento de la esperanza sobre el futuro de 0,51, con independencia del nivel de racismo percibido. La conclusión es que el factor relevante no parece ser principalmente el conocimiento, los consejos o las soluciones que pueda aportar la persona mentora. La clave está en el vínculo afectivo.

La fase cualitativa del proyecto, basada en grupos focales con personas mentoras y mentorizadas, confirma ese patrón: el acompañamiento y la validación emocional son los elementos que sostienen el bienestar frente a la discriminación. De estos resultados se desprende una consecuencia para el diseño de los programas: la selección y formación de las personas mentoras debería dar prioridad a la calidez emocional por encima de su capital profesional o cultural.

Preservar los vínculos con la sociedad de acogida

El análisis de las redes personales muestra otro de los efectos asociados a la discriminación. Las personas que sufren racismo pueden concentrar sus relaciones en su propia comunidad, donde encuentran reconocimiento y apoyo. Esta respuesta reduce el acceso a recursos y oportunidades de la sociedad de acogida y debilitar con el tiempo los vínculos interétnicos.

Los datos del grupo sin intervención reflejan esa evolución. Durante el año analizado, los vínculos con personas autóctonas descendieron del 45% al 32%. Quienes participaron en los programas de mentoría, en cambio, mantuvieron una red más diversa incluso en contextos de discriminación.

El estudio del Observatorio Social de la Fundación "la Caixa" también inquiere en qué ocurre después de que termine formalmente el programa. Tres meses después de su finalización, el 81% de los participantes seguía incluyendo a su mentor o mentora en su red de confianza y el 90% mantenía un contacto activo con esa persona.

Además, la intervención generó relaciones entre participantes. El 58% mantenía el contacto con personas conocidas a través del programa, frente al 30% del grupo de control. El grupo asesor relató experiencias de relaciones que continuaban años después. "Ya llevamos cuatro años, seguimos juntos y conozco a toda su familia", explicó uno de sus miembros. Otro resumió el proceso con estas palabras: "La confianza es el inicio de todo; cuando existe ese vínculo, ya no hace falta ni fijar días para encontrarse".

Cuando la relación de confianza hace aflorar el malestar

Los resultados identifican, asimismo, dos señales de alerta para la gestión de los programas. La primera está relacionada con la posible reactivación de malestar emocional y síntomas traumáticos durante la intervención.

A lo largo del programa, el grupo de mentoría desarrolló más síntomas traumáticos que el grupo de control, una diferencia que se constató al finalizar la intervención. El estudio plantea como explicación que el espacio de confianza generado con la persona mentora permite que afloren experiencias y emociones que permanecían latentes.

Ese malestar puede estar relacionado tanto con las experiencias de racismo en la sociedad de acogida como con el trauma anterior a la llegada: la persecución o la violencia que motivaron la huida y los peligros del propio trayecto migratorio.

El hecho de que estos síntomas aparezcan durante la intervención no implica necesariamente un empeoramiento duradero. Las diferencias detectadas al finalizar el programa ya no se observaban meses después. Pero sí muestran que la relación de confianza puede sacar a la luz experiencias especialmente sensibles.

Una participante del grupo asesor lo relato así: "Es contar una y otra vez, revivir situaciones que no quieres revivir; muchas veces me sentí revictimizada". El estudio plantea por ello la necesidad de incorporar estas cuestiones a la formación de las personas mentoras y, cuando sea necesario, prever acompañamiento psicológico.

El reto de evitar la dependencia del programa

La segunda señal de alerta tiene que ver con el sentido de pertenencia. En el grupo de control se observó una relación entre disponer de una red de apoyo más amplia y sentirse parte de un grupo. En el grupo de mentoría, esa conexión desapareció: los participantes podían experimentar ese sentido de pertenencia, aunque su propia red de apoyo no hubiera aumentado.

La explicación más probable es que el propio programa proporcionara ese sentimiento. El riesgo aparece cuando la intervención termina. Si la pertenencia depende principalmente de ese espacio y no de vínculos propios, puede desvanecerse mientras el entorno discriminatorio continúa presente.

Por eso, los programas deberían reforzar las redes sociales propias y favorecer que los vínculos generados durante la mentoría se integren en las relaciones cotidianas de las personas participantes. También conviene diseñar un acompañamiento específico para la fase de cierre y promover activamente la conexión entre quienes han formado parte del programa.

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Pregunta 1 de 3

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¿Qué porcentaje de participantes mantenía el contacto con su mentor tres meses después de finalizar el programa?

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