En la tradición literaria hay una narración que advierte de cómo, tras repetidas amenazas de ataque por parte de un lobo, el rebaño acaba confiándose y haciendo oídos sordos al último aviso. El final de la historia de Pedro y el lobo es conocido. En la Europa de 2026, sin embargo, el animal ha cambiado de forma y las amenazas ya no llegan únicamente en forma de advertencias retóricas.
Rusia está redoblando sus llamadas de atención a la Alianza Atlántica y a los Estados europeos durante los últimos meses. No necesariamente mediante una amenaza directa de confrontación militar, sino a través de un repertorio cada vez más amplio de presiones híbridas, incursiones, sabotajes, desinformación e instrumentalización de elementos estratégicos. Nadie quiere apretar primero el gatillo, pero el bloque europeo comienza a sentir el aliento cerca y trata de ultimar cómo proceder ante escenarios que hasta hace unos años pertenecían al terreno de la hipótesis.
"Somos una alianza defensiva", afirmó el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, después de confirmar que la Alianza había recibido una misiva procedente del Kremlin en la que Moscú declaraba su disposición a hacer uso del armamento nuclear en caso de que los 32 aliados bloqueasen Kaliningrado. El enclave ruso, situado entre Polonia y Lituania y separado territorialmente del resto de Rusia, constituye uno de los principales puntos estratégicos de Moscú en el flanco oriental de la Alianza. La advertencia se produce en un contexto marcado por el aumento de las acciones híbridas atribuidas a Rusia contra países europeos y por la necesidad de los aliados de calibrar su respuesta para evitar tanto una escalada como una pérdida de capacidad de disuasión.
La estrategia rusa: tantear la cohesión occidental
Fuentes de la Alianza no quitan peso a la amenaza, pero sí reconocen que uno de los objetivos que subyacen a este tipo de mensajes es minar el apoyo aliado a Ucrania en su guerra frente a Rusia. La presión sobre los Estados europeos busca, bajo esta interpretación, elevar el coste político y social de mantener el respaldo a Kiev y poner a prueba la cohesión de los aliados. La sensación en los pasillos de la organización en Bruselas es, sin embargo, que la OTAN se encuentra ahora más preparada que nunca para responder a una eventual agresión. Precisamente esa capacidad de respuesta es la que pretende actuar como elemento de disuasión.
"Sabe que nunca podrá ganar contra la OTAN", afirmó Rutte, quien añadió que "no hay manera de que puedan vencernos jamás". El mensaje del secretario general se inscribe en una lógica que los aliados consideran esencial: responder a la presión rusa sin entrar en una dinámica de escalada verbal que pueda generar un error de cálculo.
El vicepresidente del Parlamento Europeo y eurodiputado socialista Javi López considera que "no habría que descartar la guerra convencional", aunque sitúa el escenario de conflicto abierto fuera de la hipótesis central. "Podría llevarnos a cualquier escenario. Es una amenaza real y concreta y no es totalmente descartable que quisiera llegar la guerra convencional a un país de la OTAN", explica en conversación con DEMÓCRATA. A su juicio, el escenario central más probable es que Rusia continúe moviéndose en una zona gris, utilizando mecanismos híbridos que permitan ejercer presión sobre los Estados europeos sin cruzar de manera inequívoca el umbral de una agresión militar convencional.

"Está recurriendo de nuevo a amenazas fantasmas para justificar una agresividad desmedida, para justificar sus incursiones por el espacio aéreo y sus amenazas reiteradas al espacio europeo", señala López. En este contexto, sitúa dentro del repertorio ruso la desinformación, los ataques contra infraestructuras críticas, la instrumentalización de la energía, la manipulación de la conversación pública y la utilización de la migración como herramienta de presión.
Todo ello conformaría, según el eurodiputado, un conjunto de instrumentos empleados para testear la solidaridad occidental y medir hasta dónde están dispuestos a llegar los Estados europeos. "Uno de los principales objetivos es testear a la OTAN. Está diseñada para probar su credibilidad. La amenaza híbrida tiene precisamente esa naturaleza: tantear el grado de solidaridad y de apoyo que recibirían los países del este", explica.
Bruselas prepara una respuesta para la zona gris
La Unión Europea también está tratando de adaptar sus mecanismos de respuesta a una amenaza que ya no encaja necesariamente en los parámetros clásicos de una agresión militar. La jefa de la diplomacia europea, Kaja Kallas, presentó esta misma semana a sus homólogos de los Veintisiete un protocolo orientado a responder ante aquellas amenazas que se sitúen por debajo del umbral de la agresión física directa. La guerra en Ucrania está cambiando la forma en la que Moscú tantea a sus adversarios, trasladando parte de la presión desde el campo de batalla hacia el territorio de los propios aliados europeos mediante operaciones híbridas.
"Según los datos de inteligencia, Rusia está planeando más actos de sabotaje, de hecho ataques contra nuestra democracia para dividir a nuestra sociedad e intimidarnos para que no ayudemos a Ucrania", afirmó Kallas, sin detallar al término de la reunión el contenido concreto de las nuevas medidas planteadas.

Para Domènec Ruiz, investigador sénior del CIDOB, la respuesta europea debe combinar firmeza y contención. "Se tiene que interpretar como lo que son. Es la estrategia de la tensión y de la provocación. Lo que quiere, viendo que no resuelve la guerra de Ucrania, es quebrar el apoyo europeo a los ucranianos", sostiene.
Ruiz considera que Europa se encuentra ya en un escenario de guerra híbrida con Rusia, aunque no de guerra convencional. A su juicio, existe además un punto de inflexión en la naturaleza de las operaciones. "Se pasa de una estrategia de desinformación a sabotajes físicos. La finalidad de la estrategia es infundir miedo y división en la sociedad europea", explica. Por ello, reclama "cabeza fría" a los aliados para evitar entrar en la estrategia de provocación y presión de Moscú. "No entrar en escaladas verbales ni en provocaciones, mantener una posición firme y tener una estrategia preventiva", resume.
Inteligencia y vigilancia como primera línea de defensa
Una de las principales carencias que identifica Ruiz se encuentra en el ámbito de la inteligencia. La UE cuenta con mecanismos de cooperación entre los servicios nacionales, pero considera necesario reforzar las capacidades de recopilación y análisis sobre el terreno. "Tenemos que mejorar la cooperación de los servicios de inteligencia. Tenemos una pequeña célula de inteligencia en el SEAE que sirve de cooperación entre los servicios nacionales. Hay una necesidad de aumentar esa capacidad", señala.
A su juicio, disponer de más medios permitiría mejorar la capacidad europea para anticiparse a determinadas operaciones y distinguir entre amenazas puntuales, acciones de presión y operaciones que puedan formar parte de una estrategia coordinada.
En paralelo, sitúa las misiones de vigilancia aérea como otra de las patas de esta nueva estrategia. La lógica pasa por elevar la capacidad de prevención sin responder necesariamente a cada movimiento ruso con una escalada equivalente. "No entrar en provocaciones es una cosa, pero tenemos que ser conscientes de lo que está pasando", resume Ruiz.
El protocolo planteado por Kallas podría contribuir, precisamente, a establecer una respuesta coordinada cuando un Estado miembro detecte una amenaza híbrida que no alcance el nivel necesario para activar los mecanismos tradicionales de defensa colectiva. Su principal efecto, según el investigador, podría ser también disuasorio: hacer saber a Moscú que determinadas acciones tendrán una respuesta europea coordinada.
Europa quiere su propio mecanismo de seguridad
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ya había planteado la necesidad de que los europeos desarrollen una suerte de artículo 4 propio, en referencia a la cláusula de consultas de la OTAN que permite a un aliado solicitar consultas cuando considera amenazada su integridad territorial, independencia política o seguridad. La idea de fondo es dotar a la Unión de un mecanismo que permita activar consultas políticas entre los Veintisiete cuando uno de sus miembros considere que existe una amenaza para su seguridad, incluso aunque esta no alcance todavía el umbral de una agresión militar.
Europa necesita su propio "manual de respuesta", defendió Von der Leyen al plantear un formato de líderes centrado en la seguridad del continente. En esa misma línea situó su propuesta de ampliar la conversación europea en materia de defensa a países como Reino Unido, Ucrania, Canadá o Noruega, dentro de lo que denominó un "Consejo de Seguridad Europeo".

Para López, el aumento de la presión del Kremlin debe servir como recordatorio de que el continente tiene que asumir una mayor responsabilidad sobre su propia seguridad. "En este contexto, es un recordatorio de que tenemos que hacernos cargo de forma autónoma de nuestra seguridad", afirma. El objetivo, subraya, no pasa por abandonar la estructura atlántica, sino por reducir la dependencia europea de capacidades que no controla directamente.
"Europa ha dependido demasiado tiempo de terceros", sostiene. A su juicio, el continente debe ser capaz de protegerse y evitar un nuevo conflicto en Europa por sus propios medios. "El objetivo de Europa es construir la paz, pero también tenemos que tener para eso una fuerza de disuasión suficiente", reclama.
Disuasión frente a escalada
El dilema europeo se enmarca en dos necesidades aparentemente contradictorias: evitar una escalada con Rusia y, al mismo tiempo, demostrar que cualquier agresión tendrá un coste. La respuesta que plantean tanto Bruselas como los aliados pasa por reforzar la vigilancia, mejorar el intercambio de inteligencia, desarrollar protocolos comunes para responder a ataques híbridos y aumentar las capacidades propias de defensa. Todo ello sin entrar en una dinámica de amenazas cruzadas que pueda elevar innecesariamente el riesgo de un error de cálculo.
El consenso que describe Ruiz en la capital comunitaria parte de una premisa: el objetivo de las acciones rusas es quebrar el apoyo europeo a Ucrania mediante el miedo y la división. "Hay un punto de inflexión. Se ha pasado de una estrategia de desinformación a sabotajes físicos. La única finalidad de la estrategia es infundir miedo y división en la sociedad", sostiene. Por ahora, ningún escenario de retirada del apoyo atlántico a Kiev está sobre la mesa. "No lo haremos. Cada ataque híbrido, pase lo que pase en Europa, será respondido con más apoyo a Ucrania, no menos", reafirmó Rutte. La posición llega además después de que la Unión Europea haya alcanzado el desembolso de 45.000 millones de euros para Ucrania.
En este cuento, el lobo se transforma en oso polar. Los aliados sostienen que las amenazas procedentes de Moscú no son necesariamente una demostración de fuerza, sino también una señal de presión. "Es desesperación", resumió una portavoz de la OTAN esta misma semana. Bruselas quiere, por el momento, mantener la calma. La respuesta de la Alianza al Kremlin ha sido definida como "breve y concisa". Para López, la palabra que debe marcar la actuación europea es otra: "determinación". No se trata de ignorar al lobo, sino de evitar que cada uno de sus movimientos dicte la respuesta europea. La apuesta pasa por construir capacidades suficientes para que la amenaza pierda eficacia como mecanismo de presión. En la lógica de la disuasión, la capacidad de responder es también la herramienta para evitar tener que hacerlo.