La interrupción de tratamientos con agonistas del GLP-1, como Ozempic o Wegovy, conduce en la mayoría de los pacientes a una recuperación progresiva del peso perdido y a la reversión de las mejoras cardiovasculares y metabólicas de estos fármacos, según ensayos clínicos y metaanálisis recientes.
El auge de los fármacos contra la obesidad basados en agonistas del receptor GLP-1 ha transformado en pocos años el abordaje clínico del exceso de peso. Medicamentos como Ozempic, Wegovy o sus análogos han demostrado eficacia en la reducción del peso corporal y en la mejora de marcadores cardiometabólicos. Sin embargo, la evidencia científica es clara en un punto clave: abandonar el tratamiento suele ir acompañado de un efecto rebote significativo.
Recuperación del peso: dos tercios en un año
Datos procedentes de ensayos clínicos controlados muestran que la pérdida de peso inducida por estos fármacos no se mantiene una vez se suspende la medicación. En el ensayo STEP-1, uno de los estudios de referencia con semaglutida, los participantes recuperaron alrededor de dos tercios del peso perdido en el plazo de un año tras interrumpir el tratamiento.
Modelos posteriores y análisis agregados apuntan a que la recuperación media se sitúa en torno a 0,3–0,5 kilos al mes, lo que implica que muchos pacientes retornan a su peso basal —o muy próximo— en un periodo de entre 16 y 24 meses.
Lejos de tratarse de un fenómeno aislado, un metaanálisis reciente que evaluó distintos fármacos antiobesidad concluye que la recuperación de peso tras la retirada del tratamiento es la norma, no la excepción, con independencia del principio activo utilizado.
Vuelta atrás en los marcadores cardiovasculares
El efecto rebote no se limita al peso corporal. La evidencia disponible indica que las mejoras observadas durante el tratamiento en parámetros como la presión arterial, la glucosa en sangre, la hemoglobina glicosilada o el perfil lipídico también tienden a revertirse.
Según estimaciones basadas en datos clínicos longitudinales, los marcadores cardiometabólicos retornan progresivamente a niveles previos al tratamiento en un plazo aproximado de entre 12 y 18 meses tras la suspensión del fármaco, en paralelo al aumento de peso.
Este hallazgo es especialmente relevante en un contexto en el que estos medicamentos se están utilizando no solo para perder peso, sino como herramienta para reducir el riesgo cardiovascular en pacientes con obesidad y diabetes tipo 2.
Una explicación biológica, no conductual
Los expertos subrayan que el llamado “efecto rebote” no debe interpretarse como un fallo del paciente, sino como la expresión de la naturaleza crónica y biológica de la obesidad. La pérdida de peso activa mecanismos compensatorios bien descritos: aumento del apetito, cambios hormonales y reducción del gasto energético.
Mientras el fármaco está presente, estos mecanismos quedan parcialmente bloqueados. Al retirarlo, el organismo tiende a restablecer su “peso defendido”, favoreciendo la recuperación de los kilos perdidos.
¿Tratamiento crónico?
Este escenario ha reabierto un debate de fondo en la comunidad médica: ¿deben los fármacos contra la obesidad prescribirse como tratamientos de larga duración, similares a los antihipertensivos o a los hipolipemiantes?
Algunos especialistas defienden que, en pacientes con obesidad establecida y comorbilidades, la interrupción del tratamiento debería evitarse salvo causa médica, mientras que otros reclaman más datos sobre seguridad y coste-efectividad a largo plazo.
También se investiga si la retirada progresiva, combinada con intervenciones intensivas en estilo de vida, puede atenuar parcialmente el rebote, aunque por ahora no existe evidencia concluyente que garantice el mantenimiento del peso sin tratamiento farmacológico continuado.
Un mensaje clave para pacientes y sistemas sanitarios
La evidencia acumulada envía un mensaje claro: los fármacos como Ozempic funcionan mientras se toman. Su eficacia es indiscutible, pero no modifican de forma permanente la fisiología de la obesidad.
En un momento en el que su uso se expande rápidamente y los sistemas sanitarios evalúan su financiación, el debate ya no es solo clínico, sino también político y económico: si estos tratamientos son, en la práctica, para toda la vida o si el efecto rebote es el precio de abandonarlos.