La ofensiva militar de Estados Unidos e Israel contra Irán ha sacudido de inmediato los mercados energéticos internacionales. El foco de todas las miradas vuelve a situarse en el estrecho de Ormuz, el paso marítimo más sensible del planeta para el suministro de crudo y gas. Apenas horas después de los bombardeos sobre territorio iraní, medios vinculados a la Guardia Revolucionaria deslizaron la posibilidad de restringir el tránsito de buques por la zona. No es la primera vez que Teherán recurre a esa amenaza, pero en un contexto de escalada abierta, el impacto psicológico en los mercados ha sido inmediato.
El estrecho de Ormuz conecta el Golfo Pérsico con el Golfo de Omán y por él circula aproximadamente el 20% del petróleo mundial y cerca del 25% del gas natural licuado. Cada día atraviesan ese corredor entre 18 y 20 millones de barriles de crudo transportados por unos 150 grandes buques, más de un tercio de ellos petroleros. El petróleo que sale por esa vía procede fundamentalmente de Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Irak y Kuwait, con destino a Asia, Europa y Estados Unidos. Una interrupción, incluso parcial y temporal, tiene consecuencias globales.
El Brent se dispara y el mercado teme los 100 dólares
La tensión ya se refleja en el precio. En la última semana, el barril Brent —referencia en Europa— ha escalado de forma sostenida al calor de las advertencias de Washington y la posibilidad de intervención. Tras confirmarse los ataques, alcanzó los 72,48 dólares, su nivel más alto en meses. Los analistas advierten de que, si la crisis se prolonga o si el tránsito por Ormuz se ve realmente afectado, el crudo podría acercarse rápidamente a los 100 dólares por barril, lo que supondría un repunte cercano al 40%.
Irán juega aquí una partida compleja. Por un lado, el petróleo representa una fuente clave de ingresos —cerca de 50.000 millones de dólares anuales—. Por otro, el estrecho es su principal instrumento de presión geopolítica. Sin embargo, bloquear Ormuz también dañaría sus propios intereses y tensaría aún más su relación con China, su principal comprador. En torno al 80% del crudo iraní termina en el mercado chino, que además absorbe petróleo ruso y venezolano a precios rebajados por las sanciones occidentales.
OPEP+ ante una decisión crítica
En este contexto se celebra la reunión de la OPEP+ este domingo. Arabia Saudí, Rusia, Irak, Emiratos, Kuwait, Kazajistán, Argelia y Omán deberán decidir si aumentan la producción más allá de los 137.000 barriles diarios adicionales que ya se habían previsto. El objetivo sería contener la volatilidad y enviar un mensaje de estabilidad a los mercados.
Irán produce en torno a 3,1 millones de barriles diarios, aproximadamente el 3% del consumo mundial. Aunque su peso directo no parece determinante, el problema no es tanto el volumen como el efecto dominó. Una interrupción prolongada elevaría los costes de transporte y seguros, dispararía la inflación energética en Europa y Asia y tensionaría aún más unas cadenas de suministro ya debilitadas.
Más que petróleo: un pulso geopolítico
La crisis energética no puede entenderse al margen del tablero geopolítico. Irán es un aliado estratégico de Rusia y un proveedor clave para China. Golpear su infraestructura o desestabilizar sus exportaciones implica afectar indirectamente a Pekín en plena rivalidad global con Washington. El conflicto, por tanto, no es solo militar ni nuclear: es también energético.
Estados Unidos ha anunciado escoltas navales para los buques que crucen Ormuz, consciente de que el simple temor puede paralizar el tráfico sin necesidad de un cierre formal. En el corto plazo, muchas navieras podrían evitar la zona, lo que encarecería aún más los fletes y reduciría la oferta efectiva en el mercado.
Si el bloqueo fuese breve, los países podrían recurrir a reservas estratégicas para amortiguar el golpe. Pero si la escalada se consolida, el petróleo se convertirá en uno de los principales campos de batalla económicos de esta nueva fase de inestabilidad internacional.