La primera etapa del proyecto “Selección de biotipos autóctonos de variedades de vid castellanomanchegas” ha finalizado tras tres años de intenso trabajo de seguimiento en campo, identificación de cepas singulares, análisis detallado y puesta en marcha de parcelas experimentales orientadas a recuperar y seleccionar biotipos autóctonos de vid en Castilla-La Mancha.
Impulsado por el Grupo Operativo Biovidman, esta iniciativa persigue como meta esencial salvaguardar la variabilidad genética existente en los viñedos de la región y aumentar la disponibilidad de material vegetal de las variedades Bobal y Airén. También se contempla la mejora de otras castas minoritarias, todavía presentes en los viñedos castellanomanchegos y consideradas parte del patrimonio vegetal y agronómico de la Comunidad Autónoma.
“El estudio y la futura validación de clones certificados de estas variedades supone, además, afrontar los posibles cambios derivados del cambio climático, siempre de cara al mantenimiento de la actividad vitivinícola y la producción de vinos de calidad”, según ha resaltado el gerente de la bodega La Niña de Cuenca --responsable de la coordinación técnica del proyecto--, Lorenzo López.
“El trabajo realizado hasta ahora es la base”, ha indicado López, quien ha explicado que ahora “tendrán que desarrollarse iniciativas complementarias, en diferentes líneas de investigación, que vayan evaluando y creando una serie de resultados aplicables de manera efectiva y con los que se asegure la conservación de este extraordinario material vegetal”.
Ese material está constituido por un amplio abanico de genotipos que han sido identificados y plantados en dos fincas de ensayo diseñadas con el mismo esquema, aunque situadas en enclaves distintos, ha detallado la bodega en una nota informativa.
“Son parcelas de dos hectáreas, una en Cenizate (Albacete) y otra en Tomelloso (Ciudad Real), en terrenos del Ivicam. Las dos parcelas son idénticas en cuanto al número y el tipo de injertos. Lo que cambia son las condiciones edafoclimáticas: una está en una ubicación con un clima más mediterráneo-continental como es La Manchuela y la otra en un enclave con un clima más seco y situado a una menor altitud (La Mancha) y donde la influencia de elementos como cerros o cordilleras también es menor”, ha explicado López.
Gracias a este planteamiento, será posible analizar el comportamiento de las plantas en contextos reales diferenciados. Además de Bobal y Airén, el programa contempla el seguimiento de numerosas variedades minoritarias: Mizancho, Churriago, Moscatel serrano, Azargón, Moribel, Tinto fragoso, Pintada, Montonera del Casar, Blanca del tollo, Zurieles, Maquías, Sanguina, Albillo dorado, Marisancho o Pardillo, Moravia agria, Pintaillo, Tardana, Rojal, Coloraillo, Tinto velasco y Moravia dulce.
“Todo lo encontrado en el proceso de investigación y prospección de ejemplares es relevante, pero hay que destacar, sin duda, los 99 biotipos de Bobal que hemos recopilado en diversas zonas donde todavía quedan viñas viejas, plantadas en sistema de pie franco, donde el material genético ha permanecido inalterado, y que indican la increíble diversidad de esta variedad que se ha ido adaptando a lo largo de siglos a cada zona”, ha comentado.
Cada uno de esos biotipos presenta rasgos propios y se convierte en una fuente de selección de material vegetal por su mayor o menor contenido en polifenoles, diferente sensibilidad a la marchitez o variaciones en el tamaño de la uva. “Son 99 biotipos libres de virus: encontramos más, pero se descartaron para el proyecto por la presencia de esos virus”.
Un proyecto para frenar la pérdida de diversidad
La alarma por la pérdida continua de variabilidad genética provocada por el arranque masivo de viñedos viejos y la urgencia de preservar ese legado para las próximas generaciones motivaron la creación del Grupo Operativo Biovidman.
Diferenciación, identidad y adaptación climática
La recuperación de este fondo genético se vincula directamente con la necesidad de responder a los impactos del cambio climático, que está alterando las condiciones ambientales en todas las áreas vitícolas del planeta. Las castas autóctonas, por su elevada capacidad de adaptación, se consideran una herramienta clave.
“Esas variedades, así como la apuesta por otras también locales pero minoritarias, ayudan, además, a luchar contra la estandarización del vino y a dar singularidad, diferenciación e identidad, algo vital en todo el sector pero más aún, si cabe, en una Comunidad como la nuestra donde está el mayor viñedo del mundo y donde se produce el mayor volumen de vino de nuestro país”, según Lorenzo López.
La labor del Grupo Operativo Biovidman, en el que, junto a la bodega La Niña de Cuenca, responsable de la coordinación técnica, participan Vitis Navarra y el Instituto Regional de Investigación y Desarrollo Agroalimentario y Forestal de Castilla-La Mancha, ha puesto de manifiesto la enorme diversidad de castas de vid existentes en la región. También ha subrayado la oportunidad que representa para la viticultura castellanomanchega el hecho de que muchas de ellas estén especialmente adaptadas a los suelos y al clima locales.
En conjunto, y a la espera de los resultados que aporten las siguientes fases de investigación —que se anticipan muy positivos—, el proyecto refuerza la idea del gran potencial de Castilla-La Mancha en el ámbito vinícola y marca una hoja de ruta hacia una identidad propia, nítida y con rasgos singulares. Un objetivo considerado imprescindible en un contexto global en transformación y con consumidores cada vez más informados, exigentes y participativos.
El proyecto Biovidman cuenta con financiación procedente de fondos Feader de la Unión Europea; del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación; y de la Consejería de Agricultura, Medio Ambiente y Desarrollo Rural de Castilla-La Mancha. Entidades como Globalcaja colaboran en la difusión de sus avances.