Análisis y Opinión

40 años en una UE que cuenta con España para seguir avanzando

El exeurodiputado y miembro de la Convención que redactó la Constitución Europea, Carlos Carnero, reflexiona en Demócrata sobre el aniversario de la adhesión

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Carlos Carnero ha sido eurodiputado del PSOE

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El 1 de enero marca 40 años de la entrada de España en la UE. Se trata de un aniversario que hay que celebrar por todo lo alto, porque tanto la Unión como, desde luego, nuestro país se han beneficiado sustancialmente de ese hecho durante estas cuatro décadas. Lo sabe la ciudadanía española, como muestran reiteradamente los Eurobarómetros, incluido el último, correspondiente al otoño de 2025.

Muchos estudios y artículos harán cumplido balance cuantitativo y cualitativo de la adhesión de España a las Comunidades Europeas (que así se llamaba entonces la actual UE). Pero también convendría verificar si la España de 1986 y la España de 2026 representan una línea de continuidad en sus políticas exterior y europea, de forma que podamos concluir si nuestro país es un factor de estabilidad presente y futura en la construcción europea.

En otros Estados miembro no fundadores la comparación arroja un claro resultado de discontinuidad: por ejemplo, la Hungría de Orbán se parece muy poco en esas dos políticas a la que ingresó en 2004 en la UE, como igual ha sucedido entre la Polonia de ese año y la que gobernó el partido de los hermanos Kaczynski durante un extenso período de tiempo.

Evidentemente, hay que tener en cuenta que en 1986 todavía estaba vigente la Guerra Fría, aunque a punto de comenzar un deshielo, con resultados concretos en el desarme, que protagonizaron el Reagan y Gorbachov; pero conviene subrayar que tal confrontación -con la permanente espada de Damocles del holocausto nuclear- no cuestionó de forma permanente, más allá de los conflictos regionales y las intervenciones de las grandes potencias, el orden internacional establecido en 1945.

Hoy vivimos una situación distinta, con unos Estados Unidos gobernados por quien considera que el auge de los partidos de extrema derecha en la UE es un elemento para el optimismo (Estrategia de Seguridad Nacional firmada por Donald Trump) y una Federación Rusa encabezada por quien ha invadido un país soberano (Ucrania) nada menos que en suelo europeo.

La España de 1986 -que se inclinó claramente, aunque con una fuerte oposición en el referéndum convocado para decidir sobre el tema, permanecer en la OTAN en marzo de ese año, pero sin incorporarse a su estructura militar- apostaba por el respeto del derecho internacional, el fin del enfrentamiento bipolar, la prevención de los conflictos y la gestión de crisis.

De hecho, su participación en una coalición internacional armada  en la Guerra del Golfo tras la invasión de Kuwait por parte de Irak vino precedida de una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU autorizando esta actuación, todo lo contrario a lo ocurrido en 2003 con la invasión de Irak por los Estados Unidos de George Bush Jr., que contó con el apoyo del llamado “trío de las Azores” (que en realidad era un cuarteto). Nuestro país hizo al tiempo una significativa contribución a la paz en el Próximo Oriente en torno a los Acuerdos de Oslo, fue el autor del Proceso Euromediterráneo de Barcelona e inició la estrategia eurolatinoamericana que finalmente ha desembocado en el Acuerdo UE-Mercosur.

En política europea, España fue desde el primer momento favorable a la profundización política, promovió y apoyó todos los Tratados (desde Maastricht a Lisboa, pasando por Ámsterdam, Niza y la Constitución Europea, respaldada en el referéndum convocado por el Gobierno Zapatero) y sus avances más emblemáticos, como la ciudadanía europea, empujando decisivamente en la definición y dotación presupuestaria de la política de cohesión económica, social y territorial, encarnada en los fondos correspondientes.

En definitiva, nuestro país mantuvo, salvo contadas excepciones, una política nítidamente favorable a la unión política europea y defensora de la legalidad internacional, el multilateralismo, la paz y la solución negociada de los conflictos. Es sencillo constatar que toda esa trayectoria conecta con la política exterior y europea de España en 2026.

Nuestro país ha apoyado la extensión de las competencias y los recursos comunitarios, desde todo lo relacionado con las transiciones verde y digital hasta el Fondo de Recuperación tras la pandemia (que parecía inimaginable cuando se propuso y ha sido un éxito), pasando por las políticas de igualdad, solidaridad y social; ha apostado por la ampliación del procedimiento legislativo ordinario y del uso de la mayoría cualificada (de cuyo “Grupo de Amigos” es miembro activo); ha defendido los valores europeos sin excepción cuando se han puesto en riesgo en otros Estados miembro; ha estado en la primera línea de la solidaridad con Ucrania y la denuncia del genocidio en Gaza, reconociendo al Estado de Palestina y proponiendo la suspensión del Acuerdo de Asociación UE-Israel; ha promovido el refuerzo de la Asociación Euromediterránea y los acuerdos con Mercosur, México y Chile.

Celebrar nuestros 40 años en la UE es también preservar en el presente y el futuro el papel de vanguardia de España en la construcción europea, defendiendo como incuestionables los valores en los que se fundamenta y los derechos que consagra su Carta, actuando a favor de su profundización política (institucional, competencial y financiera) y protegiéndola de las injerencias exteriores, sea cual sea su origen.

He vivido la España que ha crecido en la UE desde el primer momento

Para ello, mantener el acuerdo de base entre los partidos europeístas es imprescindible. Solo en la medida en que esa coincidencia no se vea condicionada ni modificada por la presión de las fuerzas antieuropeas y ultras seremos capaces de conseguir que España siga estando en la dirección política de la Unión.

Termino con una nota personal: he vivido la España que ha crecido en la UE desde el primer momento, cuando, como miembro del Comité de Relaciones Internacionales del Consejo de la Juventud de España, me tocó representarla en las reuniones de estructuras europeas con la gran preocupación de si mi inglés de entonces estaría a la altura, atemperada por el entusiasmo de los veinticuatro años; después, como eurodiputado  -e integrante de la Convención constitucional- a lo largo de tres lustros y como miembro de la Presidencia de un partido europeo o Embajador en Misión Especial por dos trienios; y siempre, siempre desde mi compromiso federalista.

Y por ello sé que la UE cuenta con nosotros para que nadie tuerza su rumbo hacia derroteros que solo nos conducirían a la sumisión a terceros y al retroceso o incluso la disgregación. Nada está asegurado si no se actúa para conservarlo y mejorarlo. Los que no podremos celebrar el 80 aniversario del ingreso de España en la Europa Unida tras la larga noche de la dictadura franquista, tenemos el derecho y el deber de recordárselo a las nuevas generaciones para que actúen en consecuencia. La UE necesita que España no cambie.

SOBRE LA FIRMA: Carlos Carnero González (Madrid, 1961) ha sido eurodiputado, miembro de la Convención que redactó la Constitución Europea, diputado a la Asamblea de Madrid, Embajador en Misión Especial y Director Gerente de la Fundación Alternativas.