Resulta, a veces, paradójica, la relación de convivencia entre las instancias directivas del deporte y el Gobierno. Las federaciones deportivas, comités olímpicos, ligas profesionales e incluso clubes con gran influencia en ciudades se erigen como auténticos contrapoderes políticos.
Este es el caso de la Real Federación Española de Fútbol (RFEF). Estamos asistiendo a la retransmisión en directo de una situación gravísima derivada de la celebración de la victoria de la Copa Mundial de fútbol femenino y, gran parte de la ciudadanía, se pregunta: ¿por qué el Gobierno no destituye al presidente de la RFEF?
El modelo del deporte europeo, en contraposición al americano, se estructura de forma piramidal a través de las federaciones deportivas. Son estas instituciones de carácter privado pero que ejercen competencias públicas delegadas por parte de la Administración, las responsables de ordenar una modalidad deportiva en términos de competiciones, licencias, formación o árbitros.
Su funcionamiento y organización es totalmente independiente y las forman clubes, deportistas, técnicos y árbitros y, en algunas practicas deportivas, como es el caso del fútbol, son depositarias de suculentas subvenciones públicas, al mismo tiempo que destinatarias de relevantes ingresos, especialmente por contratos de patrocinio.
El modelo del deporte europeo, en contraposición al americano, se estructura de forma piramidal a través de las federaciones deportivas
A nadie se le escapa que la representación de un país en campeonatos internacionales a través de los combinados nacionales supone un escaparate que instrumentan las federaciones para hacerse con un poder de influencia social de primer orden.
Las entidades federativas nacionales, por supuesto las españolas también, forman parte de esa estructura piramidal federativa internacional: la FIFA y la UEFA cuentan con una posición jerárquicamente superior a las federaciones nacionales y, por el contrario, las federaciones autonómicas forman parte de las nacionales y están subordinadas a las mismas.
Este entramado federativo deriva en un engranaje perfectamente diseñado para gobernar el deporte que se intensifica, precisamente, en el ámbito futbolístico por su importancia y relevancia internacional. Las federaciones internacionales no aceptan ningún tipo de injerencia del poder político, pues son organizaciones privadas sujetas al derecho y al ordenamiento jurídico del país donde radica su sede que, suele ser, Suiza.
Que el poder político de cualquier ámbito no se inmiscuya en los asuntos federativos no es óbice para que dichas entidades sí que tengan un gran peso e influencia en los poderes públicos, habida cuenta de la proyección social y mediática y del impacto económico que genera la celebración de un evento deportivo internacional en un país. Véase el ejemplo en la candidatura de España y Portugal a ser sede de la Copa del Mundo de la FIFA en el año 2030.
