Consejo Europeo: año europeo de la competitividad

José Antonio Monago, portavoz adjunto del PP en el Senado, reflexiona en Demócrata sobre el último Consejo Europeo marcado por la guerra en Irán: "Bruselas diagnostica con precisión, redacta con elegancia y fija metas con notable refinamiento"

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José A. Monago es el portavoz adjunto del Grupo Popular en el Senado

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Durante muchos años, Europa creyó que podía civilizar la historia a base de procedimientos. Mientras otras potencias hablaban el idioma de los portaaviones, de los gasoductos, de las zonas de influencia y de la coerción, la Unión Europea se aferró a una fe distinta: la de que el mercado, la regulación y la interdependencia bastarían para amortiguar la violencia del mundo. Aquel credo no era enteramente ingenuo. Durante un largo ciclo de prosperidad y protección estratégica, funcionó bastante bien. Pero el Consejo Europeo del 19 de marzo de 2026 ha dejado claro que ese tiempo ha concluido.

La agenda oficial reunió Ucrania, Oriente Próximo, competitividad, mercado interior, defensa, migración y multilateralismo; leída en conjunto, la cumbre fue menos una suma de expedientes que una sola discusión sobre cómo conservar poder, seguridad y prosperidad en una época que vuelve a premiar la fuerza organizada.

La cumbre tuvo por eso un aire menos ceremonial que correctivo. António Costa presentó 2026 como el “año europeo de la competitividad” y situó en el centro la agenda “One Europe, One Market”, vinculándola no sólo al crecimiento, sino también a la autonomía estratégica europea. No es un matiz semántico, sino un cambio de época. Bruselas está diciendo que la competitividad ya no es una conversación de tecnócratas sobre productividad, sino una cuestión de rango geopolítico.

La Unión sabe que un mercado grande pero fragmentado, regulatoriamente pesado y financieramente disperso no es sólo ineficiente: es débil. Y en un mundo donde la economía se ha vuelto una prolongación de la rivalidad estratégica, la debilidad ya no es un defecto administrativo, sino una invitación a la dependencia.

De ahí la importancia real de la agenda lanzada en Bruselas. Las conclusiones fijan su implementación en 2026 cuando sea posible y, como máximo, antes de finales de 2027. Lo que ahí aparece no son simples retoques al mercado interior, sino un programa para convertir la integración económica en una máquina de escala.

La Unión quiere eliminar barreras a las cuatro libertades, reforzar el principio de reconocimiento mutuo y sustituir parte de la maraña nacional por reglas armonizadas a escala europea. Quiere además un “28.º régimen” para el derecho societario, una declaración electrónica común para servicios transfronterizos, más portabilidad de cualificaciones, una “European Business Wallet” y nuevas medidas contra el “gold-platingnacional. El detalle burocrático encierra una intención política de enorme calado: Europa ha entendido que sin dimensión empresarial, sin simplificación y sin mercado verdaderamente unificado no habrá soberanía tecnológica, ni base industrial suficiente, ni peso global creíble.

Ese giro económico se enlaza de manera directa con el gran telón de fondo de la cumbre: Ucrania. El Consejo reafirmó su apoyo “firme e inquebrantable” a la independencia, la soberanía y la integridad territorial ucranianas, y el texto específico sobre Ucrania subraya que la paz ha de ser “justa y duradera”, que las fronteras no pueden modificarse por la fuerza, que “el agresor no puede ser recompensado” y que la seguridad de Ucrania debe descansar sobre garantías “robustas y creíbles”.

Además, el Consejo apoyó acelerar la entrega de sistemas de defensa aérea, munición, drones y misiles, reforzar la industria de defensa ucraniana y avanzar en el préstamo de 90.000 millones de euros para 2026 y 2027, mientras se busca cerrar un déficit adicional de 30.000 millones con terceros países. El tono ya no es sólo moral ni sentimental. Europa está diciendo que Ucrania no es un deber periférico, sino una línea de contención para la seguridad del continente.

Pero, precisamente en el expediente más existencial, asoma la vieja enfermedad europea. El texto sobre Ucrania fue “firmemente apoyado” por 25 jefes de Estado o de Gobierno, fórmula que pretende exhibir una mayoría amplísima, pero que al mismo tiempo revela que la Unión sigue dependiendo de una arquitectura institucional capaz de producir grandeza retórica y, a la vez, exponer sus decisiones a las fisuras internas.

Europa ya no discute si la agresión rusa constituye un desafío estructural; discute, más bien, si su propio diseño político le permite responder con continuidad y velocidad a un desafío de esa naturaleza. Esa es la gran incomodidad de Bruselas: la distancia entre claridad estratégica y capacidad ejecutiva. La UE comprende bien el tiempo que vive; lo que todavía no ha demostrado de forma concluyente es que pueda gobernarse a la altura de esa comprensión.

Con todo, sería simplista leer la cumbre como un catálogo de impotencias. Lo que se vio en Bruselas fue una Europa menos sentimental consigo misma. En defensa, las conclusiones son explícitas: la guerra rusa contra Ucrania sigue siendo un “desafío existencial” para la Unión, y por eso el Consejo reafirma su determinación de elevar decisivamente la preparación defensiva europea para 2030, reducir dependencias estratégicas y cubrir lagunas críticas de capacidades con un enfoque de 360 grados.

Los líderes reclamaron acelerar el desarrollo y adquisición conjunta de capacidades prioritarias, avanzar en defensa aérea, alerta temprana, ataque de precisión de largo alcance, activos espaciales, drones y antidrones, reforzar la movilidad militar y dar pasos urgentes con instrumentos como SAFE y el European Defence Industry Programme. El léxico es importante, pero más importante es el hecho de que la defensa haya dejado de ser un apéndice incómodo del proyecto europeo para convertirse en una de sus condiciones de supervivencia.

La insistencia en la base industrial de defensa revela hasta qué punto ha cambiado el pensamiento europeo. El Consejo habla de un “step change” para fortalecer la base tecnológica e industrial, aumentar la producción a la escala y velocidad necesarias, integrar mejor el mercado europeo de defensa y facilitar el acceso transfronterizo a las cadenas de suministro, incluidas las pymes y las medianas empresas.

También subraya el papel del Banco Europeo de Inversiones y la urgencia de culminar el Defence Readiness Omnibus. Todo ello apunta a una verdad que Europa tardó demasiado en aceptar: la seguridad no se expresa en adjetivos, sino en inventarios, capacidad de reposición, cadenas logísticas e interoperabilidad industrial. Durante años, el continente habló de valores. Ahora empieza a hablar, con más pudor que entusiasmo, de producción. Y tiene razón: ningún proyecto político sobrevive mucho tiempo si necesita pedir prestado fuera casi todo lo que requiere para defenderse dentro.

Ya no habla la vieja Europa que contemplaba el vecindario sólo desde la superioridad jurídica del observador responsable

La otra gran sombra sobre Bruselas fue Oriente Próximo. Las conclusiones sobre Irán y la región son reveladoras por lo que dicen y por cómo lo dicen. El Consejo advierte que la evolución en Irán y en su entorno amenaza la seguridad regional y global, pide desescalada, máxima contención, protección de civiles e infraestructuras civiles y pleno respeto del derecho internacional, y llega a reclamar una moratoria sobre ataques contra instalaciones energéticas e hídricas.

Al mismo tiempo, condena los ataques militares iraníes, exige que Irán y sus proxies los cesen de inmediato, subraya la necesidad de reforzar capacidades antidron y de defensa aérea de los socios regionales, y destaca el papel de ASPIDES y ATALANTA, cuya consolidación reclama con más activos. Aquí ya no habla la vieja Europa que contemplaba el vecindario sólo desde la superioridad jurídica del observador responsable. Habla una Europa que se sabe afectada materialmente por la crisis.

Nada ilustra mejor ese desplazamiento que el modo en que la cumbre conecta Oriente Próximo con la energía, las cadenas de suministro, la seguridad interior y la migración. El Consejo pidió a la Comisión que informe sobre el impacto de la crisis en la seguridad energética y en los precios, y que proponga medidas cuando resulte necesario. También dejó por escrito que, aunque la guerra no se ha traducido todavía en flujos migratorios inmediatos hacia la Unión, la UE está preparada para movilizar todos sus instrumentos diplomáticos, jurídicos, operativos y financieros a fin de evitar movimientos descontrolados, recordando expresamente las lecciones de 2015.

Este modo de pensar por cascadas —una guerra regional que acaba afectando a la electricidad, a la frontera, al comercio y a la cohesión política interna— representa quizá uno de los signos más nítidos de madurez estratégica en la cumbre. Europa empieza a aceptar que los expedientes ya no viven aislados. Un misil lejano puede terminar votándose en casa.

Ahí enlaza la cuestión energética, quizá la más delicada de todas. Las conclusiones afirman sin rodeos que los recientes picos en el precio de los combustibles fósiles importados demuestran que la transición energética sigue siendo la estrategia más eficaz para lograr autonomía estratégica, resiliencia y una reducción estructural de los precios.

Pero en el mismo movimiento, el Consejo admite que hacen falta soluciones temporales para abaratar la energía a corto plazo y reclama una caja de herramientas urgente, medidas sobre todos los componentes del precio eléctrico, una revisión del ETS antes de julio de 2026 y un paquete ambicioso de redes para 2026. La lógica es impecable y, al mismo tiempo, difícil: Europa quiere energía barata, limpia, segura y políticamente sostenible. Quiere reducir dependencias externas sin arruinar su base industrial; quiere mantener señales de inversión de largo plazo sin asfixiar a sectores expuestos; quiere más electrificación sin provocar un desgarro social por el coste de la transición. En otras palabras, quiere el círculo completo en una era de escaseces estratégicas.

Ese dilema energético define bastante bien la condición europea contemporánea. Durante mucho tiempo, la transición pudo presentarse como una síntesis amable entre virtud climática y modernización económica. Ahora también es una doctrina de seguridad. Desplegar renovables y baja emisión, reforzar almacenamiento, interconexiones y redes, y reducir exposición a combustibles fósiles volátiles no es sólo una política ambiental: es una política de supervivencia económica y autonomía. Pero como toda política de autonomía, cuesta dinero y reparte sacrificios de forma desigual.

Europa quiere reducir dependencias externas sin arruinar su base industrial;

Las conclusiones de Bruselas lo reconocen sin resolverlo del todo. Y quizá no podían resolverlo. Lo significativo es que la Unión ha dejado de tratar la energía como un simple terreno técnico. Sabe que ahí se juegan al mismo tiempo su tejido industrial, su estabilidad social y su libertad de maniobra exterior.

Gaza y Cisjordania ofrecen otra muestra del reajuste europeo. El Consejo reafirma su compromiso con el derecho internacional y con la solución de dos Estados, exige acceso humanitario inmediato y sin trabas, reclama la reapertura de pasos, pide a Israel que revierta su decisión sobre la ley de registro de ONG y cumpla plenamente sus obligaciones en virtud del derecho internacional humanitario. También se declara dispuesto a apoyar la reconstrucción de Gaza, a reforzar el papel de la Autoridad Palestina y a avanzar en EU BAM Rafah y EUPOL COPPS.

Más allá, el texto condena con fuerza las acciones unilaterales israelíes destinadas a ampliar su presencia en Cisjordania, incluida Jerusalén Este, y la violencia de colonos, incluso contra comunidades cristianas. Europa no abandona aquí su identidad jurídica; al contrario, trata de preservarla. Pero el tono es más duro que en otras etapas, porque la UE parece intuir que la equidistancia verbal permanente puede terminar pareciendo una forma de irrelevancia.

También merece atención la combinación entre defensa dura y multilateralismo. El Consejo reafirma su compromiso con la Carta de la ONU, con la soberanía y la integridad territorial, con un orden internacional basado en reglas y con la protección de instituciones judiciales internacionales frente a amenazas o sanciones. En presencia de António Guterres, la Unión volvió a presentarse como un actor previsible, fiable y favorable a las soluciones multilaterales.

Sin embargo, el verdadero interés del pasaje no está en la reiteración del credo europeo, sino en el contexto que lo rodea. Bruselas parece haber entendido al fin la paradoja que durante años prefirió suavizar: cuanto más depende Europa de un orden internacional reglado, más necesita disponer de poder real para sostenerlo cuando otros lo desafían. El derecho sin músculo acaba convirtiéndose en nostalgia bien redactada.

En ese sentido, la cumbre deja una imagen casi literaria de la Unión: una potencia que ha perdido buena parte de sus inocencias, pero no del todo sus vacilaciones. Ha comprendido que Ucrania no es periferia, sino centro; que la competitividad ya no es un debate de comisarios, sino una gramática del poder; que el mercado interior debe dejar de ser un monumento al pasado para convertirse en una plataforma de escala; que la energía es seguridad; que la defensa no puede seguir encerrada en el decorado de las buenas intenciones; y que el desorden del vecindario se traduce siempre, tarde o temprano, en desorden interno. Todo eso lo ha comprendido. Lo que queda por saber es si será capaz de organizar recursos, instituciones y voluntad política a la velocidad que exige ese conocimiento.

La Unión, una potencia que ha perdido buena parte de sus inocencias, pero no del todo sus vacilaciones

El problema europeo nunca ha sido la ausencia de inteligencia. Ha sido, más bien, su lentitud para asumir todas las consecuencias de lo que ya sabe. Bruselas diagnostica con precisión, redacta con elegancia y fija metas con notable refinamiento. Pero la historia contemporánea castiga a quienes convierten la comprensión en una forma de demora. En un continente acostumbrado durante décadas a vivir bajo paraguas ajenos y certidumbres energéticas importadas, aceptar que la seguridad cuesta, que la autonomía exige escala y que la geopolítica entra ya en el recibo de la luz, en la industria, en la frontera y en el presupuesto es un ejercicio doloroso. Este Consejo no resolvió del todo esa pedagogía. Pero sí le puso nombre. Y a veces las épocas empiezan a cambiar cuando los actores dejan de mentirse sobre su propia situación.

Por eso el balance de Bruselas no debería formularse como una elección pobre entre éxito y fracaso. La cumbre no produjo una revolución institucional, ni disipó las limitaciones más profundas de la UE, ni borró la fractura entre ambición y medios. Lo que hizo fue algo menos espectacular y quizá más importante: consolidar una madurez.

Bruselas diagnostica con precisión, redacta con elegancia y fija metas con notable refinamiento

Europa sale de esta reunión menos ingenua. Sabe que la soberanía del siglo XXI no se mide sólo en fronteras y banderas, sino en redes eléctricas, capacidad industrial, movilidad militar, capitalización empresarial, resiliencia democrática y cohesión regulatoria. Sabe también que el lenguaje de los valores sólo seguirá siendo persuasivo si va acompañado de instrumentos que lo hagan respetable. Y sabe, por fin, que la amenaza más persistente quizá no sea sólo la agresión que llega de fuera, sino la distancia entre lo que la Unión declara en sus conclusiones y lo que es capaz de sostener cuando el mundo se vuelve áspero.

La pregunta decisiva queda, por tanto, suspendida sobre Bruselas como una factura que aún no ha vencido del todo. Europa ha encontrado ya el diagnóstico correcto. Sabe que Ucrania no puede perderse. Sabe que Oriente Próximo golpea su seguridad económica. Sabe que la competitividad es poder, que la energía es autonomía y que la defensa no se improvisa. Sabe que el mercado interior debe dejar de ser un archivo de glorias pasadas para convertirse en una plataforma de concentración estratégica. Todo eso lo sabe.

La duda es otra: si será capaz de actuar con la crudeza suficiente para convertir esa lucidez en capacidad. Durante mucho tiempo, la Unión pudo refugiarse en sus modales, en la fineza de sus procedimientos y en el prestigio de su derecho. Este Consejo sugiere que ese refugio ya no basta. La historia ha vuelto al continente. Y esta vez, como tantas veces en el pasado europeo, no preguntará si Bruselas está preparada antes de llamar a la puerta.

sobre la firma:

José A. Monago es el portavoz adjunto del Grupo Popular en el Senado. Miembro de las Comisiones de Seguridad Nacional y Defensa.