De la economía de la atención a la economía de la intimidad

Jorge Corrales, Director General del Centro Español de Derechos Reprográficos (CEDRO), expone en Demócrata como los riesgos sociales, culturales y económicos de los nuevos modelos tecnológicos redefinen el valor, la productividad y los derechos culturales en la era de la IA

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Jorge Corrales es Director General de CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos)

Jorge Corrales es Director General de CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos)

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Vivimos a hombros de una nueva evolución tecnológica, en realidad un clúster de tecnologías —como suele decirse—, que incluye la inteligencia artificial (IA), la biotecnología, la nanotecnología o la computación cuántica. Bajo la búsqueda constante de una nueva «Ítaca” económica, estos desarrollos digitales tratan de desentenderse de la estructura socioinstitucional surgida tras el último período de decadencia del pensamiento y de la convivencia del homo sapiens.

Como en la mayoría los casos, este clúster de tecnologías ya convivía con nosotros integradas en nuestro día a día, aunque lo hacían agazapadas, en lugares fuera del alcance del «ojo que todo lo ve» porque todavía no se “avistaba” su valor aplicado. Sin embargo, ya ha sido detectado. Y es ahora cuando los grandes gestores de las inversiones —capital financiero—, concretamente las expectativas de rendimiento y captación de rentas de aquellos sectores no conquistados se están movilizando para posicionarse como si se tratará de una nueva conquista del salvaje Oeste, aun a costa de olvidar las enseñanzas del pasado.

La velocidad de los acontecimientos no es casual. Su consecuencia es el paso a una nueva época que se desprende de lo cuantitativo -economía de la atención- y abraza lo cualitativo -economía de la intimidad o de la emoción-, donde estamos viendo que sectores como el de la Salud -ChatGPT Salud- o el educativo -Google Classroom- se convierten en grandes minas de informaciones y emociones. Tanto bajo “formas” conocidas como nuevas -Open AI pen-.

Pero sería irresponsable obviar que, en este camino podemos perder — al menos la gran mayoría de nosotros—, la posibilidad de gobernar nuestros deseos, enterrando definitivamente la capacidad de pilotar nuestras intenciones y nuestras emociones. Así, por ejemplo, quedaría relegada a los recuerdos del pasado aquella sensación de libertad de «perder el tiempo» en una librería, decidiendo cuáles de las vidas textuales de aquellos escritores y escritoras nos acompañarían en nuestro crecimiento.

Redefinir el valor y la productividad

Es preciso recordar que en la era de la atención el valor se medía por clics, visualizaciones, etc., ahora, en la economía actual el valor está en las emociones, relaciones, datos que nos definen.

Lo cierto es que esta nueva evolución tecnológica no se está respetando las tareas que definían los antiguos procesos productivos —ojo con creer que basta hacer las mismas tareas, pero con la IA—, ya que avanza (me niego a decir que aprende). Lo que esta herramienta provoca es un rediseño total de la actividad. Por lo que es posible que, si nos empeñamos en seguir confundiendo valor y precio, nuevas tareas pasen a representar los reductos de valor en la estructura del trabajo.

En la economía actual la verdadera riqueza no reside únicamente en la infraestructura o en los productos, sino en la información que describe nuestra intimidad

En este nuevo escenario, algunas funciones dejan de ser importantes mientras que otras pasan a serlo. No cabe duda de que la propiedad de las infraestructuras tecnológicas siempre ha sido uno de estos reductos, pero en esta ocasión también parece claro que, en ellas, los datos de los usuarios y las obras de los creadores han cruzado la barrera de la complementariedad y se han convertido en algo imprescindible. ¿Cómo podrían las plataformas tecnológicas, de otro modo, ser capaces de sintetizar nuestras emociones sin disponer del «granero» donde se plasma sus expresiones? En este sentido, queda claro que en la economía actual la verdadera riqueza no reside únicamente en la infraestructura o en los productos, sino en la información que describe nuestra intimidad.

Marcos sostenibles

Definir marcos sociales, culturales y económicos sostenibles para la explotación de estos «reductos» resulta imprescindible para que podamos mantener el control en el nuevo terreno de juego. Solo hay que ver que Dinamarca ha propuesto ya que las caras de las personas tengan copyright: ¿es casualidad?

La ausencia de estos marcos no solo afecta a los creadores, por lo que si queremos desarrollar mercados sostenibles para todos, el omnipresente relato de las organizaciones de priorizar la satisfacción de «sus clientes», sean los que sean, no debería ir en detrimento del bienestar del conjunto de la sociedad.

Quizá, para lograrlo, deberíamos plantear la valoración de los mercados no solo desde un punto de vista cuantitativo. En el ámbito de la cultura escrita, la capacidad de medición de las nuevas tecnologías no integra en su cálculo —no mide— muchas de las acciones necesarias para la creación de obras, y en otros sectores otro tipo de productos. Tal es el caso del tiempo que los escritores y los traductores invierten en escribir, o aquel otro invertido por los editores en seleccionar, adaptar o asumir la responsabilidad de las creaciones.

El valor intrínseco y contextual de uno y de otro no está reflejado en la mera valoración económica de una publicación. Al dejar de valorar estos factores del trabajo, estamos conduciendo de noche en la autovía llevando únicamente las luces de posición encendidas.

Infraestructura tecnológica como servicio

Para poder competir en los nuevos marcos definidos por el work as a service o el result/outcomes as a service —modelos de pago por uso o por el resultado innatos en estos nuevos servicios que también controlan el flujo de las emociones y las experiencias— resulta necesario establecer mercados competitivos donde la transparencia gobierne y la información fluya.

De lo contrario, estamos pidiendo que alguien que no puede responsabilizarse de un resultado lo asuma como propio. Es decir, estamos levantando, además, grandes barreras entre quienes concentran la responsabilidad y quienes y los que no han manejado responsabilidad alguna. Todo ello favorecerá que los “productores”, en el caso del sector editorial, los autores y editores, acaben atrapados en las fauces de los dueños de los servicios, unos servicios que se han convertido en infraestructuras imprescindibles precisamente por su capacidad de gestionar toda la información de los procesos sin rendir cuentas sobre su uso.

Tal es el caso del sector de la prensa, irremplazable para el funcionamiento democrático, que ya ha sufrido este fenómeno. Incluso empresas tecnológicas, como Apple, lo han experimentado en primera persona, como muestra el “nuevo” pacto entre Apple y Google, que recuerda las antiguas relaciones analizadas por la Comisión Federal de Comercio (FTC) hasta hace poco menos de un año.

Externalidades y riesgos

Históricamente, una tecnología se ha asentado cuando ha conseguido hacer más productiva alguna de las tareas de una actividad empresarial o profesional. Sin embargo, no deberíamos permitir que esta productividad se determine por la mera comparación superficial de los productos generados con ella y los generados bajo el sistema anterior. Es evidente que un documento generado por IA no es un libro. Hagamos posible un análisis riguroso antes de que las externalidades negativas, como la desigualdad o la concentración, nos vuelvan a poner la realidad ante nuestros ojos.  

Resulta necesario encender todas las luces, con el fin de poder elegir el camino que construya una sociedad más libre

Máxime cuando todavía disponemos de una industria como la editorial, que nos es propia y que distribuye los resultados de su actividad — no solo la riqueza económica generada en el proceso de creación de las obras —en nuestras comunidades. Debemos ser conscientes de que “nada es gratis”. De la misma forma que pagamos cuando compramos un libro o una suscripción a la prensa, también lo hacemos cuando facilitamos nuestros datos, nuestros recuerdos, nuestras emociones o pagamos nuestros impuestos.

Aunque, en estos casos, el momento del pago, ya sea monetario, cognitivo, medioambiental o de otro tipo, esté disociado del momento del consumo, no olvidemos que todas nuestras elecciones de consumo diarias ayudarán a constituir un mundo donde haya una mayor o menor capacidad de toma autoritaria de decisiones. Por eso resulta necesario encender todas las luces, con el fin de poder elegir el camino que construya una sociedad más libre, con derechos y con obligaciones, y no simplemente más acomodada, dentro del espacio vectorial multidimensional en el que vivimos.

Muchas enseñanzas pasadas nos han mostrado que, cuando un capital financiero —ahora también digital— ha tomado control del capital productivo, siempre se han encontrado las soluciones que han permitido reestablecer el equilibrio. Entre ellas, la separación funcional, la regulación como estructura esencial, los límites a las adquisiciones y las fusiones, la regulación de los datos, la supervisión pública, los impuestos específicos y la promoción de la educación en un consumo consciente de los ciudadanos Hoy en la economía de la intimidad, estos elementos son más necesarios que nunca.

SOBRE LA FIRMA:

Jorge Corrales es Director General de CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) desde 2017. Organización en la que anteriormente ocupó el cargo de Director del Departamento Económico y Tecnológico.

Licenciado en Ciencias Económicas por la Universidad de Alcalá de Henares, Corrales ha desarrollado su trayectoria profesional en los sectores tecnológico, químico y, en los últimos 17 años, en el de la propiedad intelectual.