Europa lleva décadas construyendo el Mercado Único como uno de sus mayores logros económicos y políticos. Sin embargo, todavía hoy persisten barreras invisibles que fragmentan ese espacio común y limitan su verdadero potencial. Una de ellas, definida por la propia Comisión Europea como una de las “diez terribles barreras”, es la disparidad y complejidad del etiquetado de productos.
Puede parecer un aspecto técnico o menor, pero no lo es. El etiquetado condiciona cómo se comercializan los productos, cómo se informa al consumidor y, en última instancia, cómo circulan las mercancías dentro de la Unión. Cuando cada Estado (o incluso cada región) introduce requisitos distintos, el resultado es una Europa fragmentada en la práctica, con costes añadidos, inseguridad jurídica y obstáculos para la libre competencia. El FMI señala que barreras al mercado interior como esta equivalen a un arancel interno del 41% para los productos.
Desde el sector de la distribución llevamos tiempo advirtiendo de este problema. Y hoy, más que nunca, tenemos también una solución clara, viable y alineada con la agenda europea: el impulso decidido del etiquetado digital.
El diagnóstico es conocido. La fragmentación normativa obliga a multiplicar envases, adaptar contenidos según el país o el idioma, y asumir costes logísticos y operativos que afectan especialmente a las pymes y a los operadores que trabajan en varios mercados. Esta complejidad no solo encarece los productos, sino que ralentiza su llegada al consumidor y reduce la eficiencia del conjunto del sistema.
Pero hay un efecto aún más preocupante: el etiquetado físico puede convertirse en una herramienta de segmentación del mercado. Cuando se exige un envase específico para cada territorio, se dificulta el comercio y se refuerzan dinámicas que fragmentan artificialmente el mercado interior. En otras palabras, el etiquetado puede actuar como una barrera encubierta.
El etiquetado digital permite superar estos límites. Al desvincular la información del soporte físico, abre la puerta a un modelo mucho más flexible, eficiente y plenamente europeo. A través de tecnologías como códigos QR o sistemas NFC, el consumidor puede acceder a una información más completa, actualizada y adaptada a sus necesidades, sin necesidad de multiplicar envases ni versiones del producto.
Las ventajas son evidentes
En primer lugar, para el consumidor. El entorno digital permite ofrecer información en múltiples idiomas, en formatos accesibles (lectura fácil, audio o adaptación para personas con discapacidad visual) y con actualizaciones en tiempo real. Frente a una etiqueta física limitada por el espacio, el etiquetado digital amplía el derecho a una información clara, comprensible y completa.
En segundo lugar, para el propio Mercado Único. Un sistema armonizado de etiquetado digital reduce los llamados “costes país”, elimina duplicidades y facilita la libre circulación de productos. Es, en esencia, una herramienta de integración económica. No estamos hablando de desregular, sino de armonizar mejor.
En tercer lugar, para la sostenibilidad. Menos envases diferenciados, menos reetiquetado y menos desperdicio asociado a cambios normativos o lingüísticos suponen un avance claro hacia una economía más circular y eficiente.
Y, finalmente, para la competitividad europea. En un contexto global en el que la digitalización marca la diferencia, Europa no puede permitirse seguir operando con modelos analógicos que generan fricción y desventaja frente a otros mercados.
Es importante subrayar que no partimos de cero. La propia Unión Europea ya ha introducido elementos de etiquetado digital en distintos sectores y está avanzando en herramientas como el Pasaporte Digital de Producto. La dirección es clara; lo que falta ahora es coherencia y ambición para dar el siguiente paso.
Ese paso debe materializarse en un marco europeo armonizado que establezca el etiquetado digital como canal común de información del producto. Un sistema interoperable, seguro y accesible, que garantice la disponibilidad de la información en todas las lenguas oficiales sin obligar a fragmentar el soporte físico. Al mismo tiempo, este avance debe incorporar salvaguardas para garantizar la inclusión, con soluciones complementarias que aseguren que la accesibilidad.
En definitiva, el etiquetado digital representa una oportunidad única para transformar una barrera histórica en una ventaja estructural. Permite mejorar la información al consumidor, reforzar la integración del Mercado Único y avanzar en sostenibilidad y competitividad.
SOBRE LA FIRMA
Matilde García Duarte es presidenta de LA DISTRIBUCIÓN ANGED