Europa mira a Ormuz y descubre su impotencia

José Antonio Monago, portavoz adjunto del PP en el Senado: La humillación europea no consiste en que no controle el Golfo, consiste en que sigue dependiendo de rutas que no controla del todo, en mercados que no ordena del todo, bajo una arquitectura de seguridad que todavía no puede garantizar por sí misma"

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José A. Monago es el portavoz adjunto del Grupo Popular en el Senado

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Europa lleva años hablándose a sí misma con el tono de quien ha aprendido la lección. La dependencia de la energía rusa, se decía, fue un sobresalto severo, pero útil. El continente corrigió rutas, compró más gas natural licuado, gastó más dinero público, diversificó proveedores y elevó la palabra “resiliencia” a categoría moral. La idea era reconfortante: la próxima crisis energética no encontraría a la Unión dormida.

Ahora ha bastado con que Ormuz vuelva a ser lo que siempre fue —un cuello de botella con pretensiones de palanca geopolítica— para que el decorado se tambalee. En 2024, por ese estrecho pasaron unos 20 millones de barriles diarios, alrededor del 20% del consumo mundial de líquidos del petróleo, y también cerca de una quinta parte del comercio global de GNL. Hay pocos lugares en el mundo donde un mapa tan estrecho contenga tanto poder.

La humillación europea no consiste en que no controle el Golfo. Ninguna potencia razonable pretende tal cosa. La humillación consiste en que sigue dependiendo de rutas que no controla del todo, en mercados que no ordena del todo, bajo una arquitectura de seguridad que todavía no puede garantizar por sí misma.

La Unión Europea produjo en 2024 solo el 43% de la energía que consumió; el 57% fue importada. El petróleo y los productos petrolíferos representaron el 38% de su mix energético y el 37% de su consumo final. Más aún: el 67% de las importaciones energéticas europeas fueron precisamente petróleo y derivados. Europa podrá hablar mucho de transición; por ahora sigue moviéndose, calentándose y transportándose en buena medida con hidrocarburos.

Eso vuelve a Ormuz algo más que una noticia de guerra. Lo convierte en un espejo. Y lo que Europa ve en él no es agradable. Ve una unión rica, organizada, regulatoria, admirable en el detalle técnico y todavía insuficiente en los fundamentos duros del poder. Ve una potencia que puede redactar una taxonomía verde de cientos de páginas, pero que tiembla cuando una ruta marítima ajena entra en zona de minas, drones y primas de seguro prohibitivas. Ve, en suma, una verdad vieja con traje nuevo: la interdependencia sin protección no es interdependencia; es dependencia con mejores modales.

Los datos ayudan a bajar la retórica a tierra. La IEA (Agencia Internacional de la Energía)recuerda que el estrecho de Ormuz mueve más de una cuarta parte del comercio marítimo mundial de petróleo y que las rutas alternativas son escasas: Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos solo podrían desviar unos 2,6 millones de barriles diarios por oleoductos disponibles, muy por debajo del volumen normal que cruza el paso. Es decir, el famoso “mercado global” se vuelve bastante menos global cuando una arteria principal se pinza. A ello se añade el gas: Qatar y Emiratos concentraron prácticamente todos los flujos de GNL que cruzaron Ormuz en 2024. Para una Europa que presume de haber enterrado su ingenuidad energética, la conclusión es áspera: cambió parte de sus proveedores, pero no abolió la tiranía de los estrechos.

Pero los stocks estratégicos no reabren estrechos, no escoltan petroleros y no devuelven de inmediato al mercado la confianza perdida

De ahí la reacción de pánico tecnocrático. La Agencia Internacional de la Energía anunció el 11 de marzo la mayor liberación coordinada de reservas de su historia: 400 millones de barriles. El gesto es enorme, casi teatral. También es un reconocimiento involuntario de fragilidad.

Si hay que abrir el mayor paraguas del sistema, es porque la tormenta no se considera meteorología ordinaria. La propia IEA ha subrayado que la medida busca mitigar el impacto económico de las disrupciones, no resolver su causa, y que sus países miembros mantienen además más de 1.200 millones de barriles de reservas públicas y otros 600 millones en stocks obligatorios de la industria. Todo eso impresiona sobre el papel. Pero los stocks estratégicos no reabren estrechos, no escoltan petroleros y no devuelven de inmediato al mercado la confianza perdida. Compran tiempo. La geopolítica decide si ese tiempo sirve para algo.

Los mercados, que suelen ser cínicos pero no tontos, han entendido la diferencia. Hemos observado estos días como el mercado petrolero dejaba de tratar la crisis como una perturbación breve y empezaba a verla como un shock con cola larga. En ese mismo paquete informativo aparecían tres ideas demoledoras. La primera, que incluso una liberación de 400 millones de barriles quedaba muy por debajo de las pérdidas de suministro si Ormuz seguía semiparalizado.

La segunda, que parte de la producción del Golfo ya se estaba cerrando por falta de salida y saturación de almacenamiento. La tercera, que reactivar instalaciones no es tan fácil como cerrar un grifo; semanas después del fin del combate puede seguir habiendo cicatriz en la oferta. No es una guerra regional con efectos globales. Es una guerra regional que demuestra hasta qué punto lo global descansa sobre unos pocos nudos vulnerables.  

Europa, por supuesto, no está inerme del todo. Tiene instituciones, dinero, capacidad de coordinación y una valiosa memoria reciente del trauma energético. Ha reducido además la cuota rusa en sus importaciones de gas del 45% en 2021 al 19% en 2024, y recortó la demanda un 17% entre agosto de 2022 y enero de 2025. Ese esfuerzo ha sido real. Pero la paradoja es cruel: Europa ha demostrado que puede diversificar suministro; lo que no ha demostrado es que pueda dominar el entorno geopolítico que hace valiosa esa diversificación. Ha aprendido a vivir con menos Rusia, no a vivir sin sobresaltos estratégicos. Y la historia no concede premios por distinguir correctamente entre proveedor y vulnerabilidad.

Ahí está el corazón del problema. Bruselas ha tendido a confundir dos cosas que no son iguales: seguridad y gestión energéticas. La primera pregunta quién protege las arterias, quién disuade a los saboteadores, quién garantiza la navegación y quién puede responder cuando una potencia regional decide que el comercio mundial es un rehén útil. La segunda pregunta qué reservas liberar, qué ayudas conceder, qué compras conjuntas acelerar y qué normativas flexibilizar. Europa es relativamente competente en la segunda y notoriamente insuficiente en la primera. Es brillante compensando. Sigue dependiendo de otros para prevenir.

Eso explica por qué el lenguaje oficial suena, a menudo, como una forma de pudor. El 9 de marzo, António Costa y Ursula von der Leyen reconocieron en una declaración conjunta “el impacto de los ataques a infraestructuras energéticas y del cierre del estrecho de Ormuz sobre la seguridad energética mundial” y prometieron reforzar la cooperación con socios de Oriente Medio para mitigar esos riesgos. Es una formulación impecable. También es una confesión elegante. La Unión “explora avenidas”, “refuerza cooperación”, “permanece en contacto”. Dicho de forma menos diplomática: observa, consulta y espera que otros contengan el incendio sin prender la alfombra europea.

No se trata de despreciar la diplomacia. Al contrario. En un estrecho tan congestionado, una frase bien colocada puede valer más que una fragata mal enviada. El problema es otro: la diplomacia europea sigue demasiado a menudo separada del respaldo creíble de fuerza, logística y presencia. La Estrategia Marítima revisada de la UE, aprobada en 2023, reconoce que la economía europea depende enormemente de mares seguros, que más del 80% del comercio mundial es marítimo y que el objetivo de la Unión es asegurar su acceso a un dominio marítimo cada vez más disputado. El texto es correcto. El verbo incómodo es el de siempre: asegurar. Porque escribirlo en una estrategia y hacerlo en un estrecho no son la misma cosa.

La escena recuerda al viejo vicio europeo de querer autonomía estratégica a precio de think tank. La expresión gusta porque suena adulta sin exigir demasiado detalle. Pero la autonomía no se mide por la cantidad de documentos sobre autonomía. Se mide en la capacidad de influir cuando sube el seguro de un petrolero, cuando desaparece el tráfico comercial y cuando una disrupción marítima amenaza con convertirse en recesión importada. Si Europa no puede garantizar esa influencia por sí sola, o al menos contribuir de manera decisiva a ella, entonces su autonomía estratégica sigue siendo una aspiración con excelente tipografía.

La economía se encargará de recordar el coste de esa ambigüedad. El BCE lleva tiempo advirtiendo de que los shocks energéticos son shocks de oferta que dañan la producción potencial, erosionan la competitividad y complican la lucha contra la inflación. No es una observación académica. Es una premonición administrativa.

El escenario que más teme cualquier banco central —crecimiento flojo con inflación persistente— vuelve a asomar cada vez que el crudo se instala demasiado alto. La IEA, en su previsión de corto plazo publicada esta misma semana, señala que la amenaza principal para unos precios más altos es precisamente una clausura prolongada de Ormuz; aunque no esté físicamente bloqueado, basta con la amenaza, la retirada de coberturas y el miedo del tráfico marítimo para paralizar buena parte del flujo y cerrar producción en origen. Un continente que consume en 31% de su energía en transporte debería tomar nota antes de volver a decirse que esta vez será distinto.

Aun así, el riesgo más grave quizá no sea el del petróleo caro. Es el de la ilusión cara. Europa corre el peligro de salir de esta crisis convencida de que, porque la gestionó algo mejor que la anterior, su fragilidad estructural ha disminuido más de lo que en realidad ha disminuido. Ese sería el autoengaño perfecto: confundir una mejora táctica con una emancipación estratégica. Haber reducido la dependencia de Rusia es importante. Haber aumentado renovables también. Pero nada de eso convierte a la Unión en una potencia autosuficiente ni elimina el hecho de que buena parte de su prosperidad sigue pasando por mares lejanos, decisiones ajenas y escoltas que no controla completamente.

La transición energética no sustituye a la geopolítica; la reordena

En realidad, Ormuz ha prestado a Europa un servicio desagradable pero útil. Ha puesto fin, otra vez, a la comodidad de las categorías falsas. La transición energética no sustituye a la geopolítica; la reordena. Las renovables no abolirán de golpe la vulnerabilidad exterior; la redistribuirán entre gas, minerales, redes, cableado, almacenamiento y rutas marítimas. La soberanía regulatoria no equivale a soberanía estratégica. Y el mercado mundial no es una entidad neutral que sobreviva sola a los actores revisionistas, los seguros en retirada y los ataques a infraestructuras.

Lo que la Unión necesita no es un acceso tardío al lenguaje del músculo, sino una madurez más sobria. Significa asumir que la seguridad energética forma parte de la seguridad a secas. Que la política marítima no es un apéndice técnico sino una pieza central de la prosperidad. Que la autonomía estratégica exige dinero, coordinación, capacidades navales, inteligencia, protección de infraestructuras y una voluntad menos alérgica a las jerarquías duras del poder. Significa, también, que el debate europeo tendrá que dejar de tratar los hidrocarburos solo como un problema climático o fiscal y volver a tratarlos, cuando procede, como lo que también son: un problema de coerción.

La buena noticia es que la Unión todavía tiene tiempo para corregir parte de sus debilidades. La mala es que el reloj estratégico no sigue el calendario de Bruselas. Los estrechos no esperan al próximo marco financiero plurianual. Los mercados no conceden una pausa de consulta interinstitucional. Y los actores que convierten la navegación en rehén han entendido algo que Europa aún duda en verbalizar: el poder, en 2026, sigue teniendo una geografía muy material.

Por eso Ormuz importa tanto. No porque vaya a destruir a Europa. No porque condene inevitablemente a la recesión al continente. Importa porque arranca el maquillaje. Muestra una Europa admirablemente sofisticada en la administración de consecuencias y todavía insuficientemente seria en la prevención de causas. Una Europa que ha aprendido a sobrevivir a los shocks, pero no siempre a reducir las condiciones que permiten a otros fabricarlos.

El cierre más afilado de esta historia no está en Teherán, ni en Washington, ni siquiera en el precio del Brent. Está en Bruselas. Si la Unión vuelve a salir de esta crisis convencida de que el problema era solo el barril, habrá entendido muy poco. El verdadero problema es más incómodo: Europa sigue siendo una potencia que comercia como un imperio, regula como una superpotencia y se protege todavía como un protectorado caro.

Mientras, Trump propone una coalición para actuar. Estaremos atentos a la respuesta de propios y vecinos.

SOBRE LA FIRMA:

José A. Monago es el portavoz adjunto del Grupo Popular en el Senado. Miembro de las Comisiones de Seguridad Nacional y Defensa.