Groenlandia, la OTAN muda y Europa acongojada

El exconsejero en la Representación de España ante la UE, Carlos M. Ortiz Bru, señala en Demócrata que lo sucedido con Groenlandia no es una anécdota, sino la prueba de la fragilidad estratégica de Europa

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Manifestación a favor de la soberanía de Groenlandia. Europa Press/Contacto/Anders Kongshaug

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Hay silencios diplomáticos y luego está el de la OTAN ante Groenlandia. Un silencio espeso, educado y obediente, que no nace de la prudencia estratégica sino del temor a incomodar al jefe. Cada vez que Estados Unidos vuelve a insinuar -porque lo hace de forma cíclica, como las rebajas- que Groenlandia estaría mejor bajo su tutela, la Alianza Atlántica descubre una virtud inesperada: la afonía selectiva.

Mark Rutte, secretario general de la OTAN y antiguo liberal holandés reconvertido en diligente gestor del consenso atlantista, no dijo nada. Ni una frase templada, ni un recordatorio formal sobre el respeto entre aliados, ni siquiera un discreto “esto no toca”. La OTAN, tan locuaz cuando Rusia cruza una línea roja, se quedó muda cuando el comentario vino del dueño de la casa.

Groenlandia y el silencio que delata

Groenlandia no es el problema. es el síntoma. El síntoma de una Europa que sigue confiando su seguridad a un socio que ya no disimula su hastío, y de una OTAN incapaz de arbitrar cuando el conflicto de intereses no llega del Este, sino del otro lado del Atlántico. Cuando Rusia amenaza, la OTAN habla. Cuando Estados Unidos insinúa, la OTAN calla. Y cuando la OTAN calla, Europa queda en evidencia.

Durante décadas, los europeos se contaron una historia reconfortante: la de una alianza eterna, cimentada en valores compartidos, intereses comunes y una solidaridad casi mística. La realidad era más prosaica: Estados Unidos defendía Europa porque le convenía. Hoy le conviene menos. Groenlandia es danesa, Dinamarca es aliada y la OTAN es -al menos en los folletos- una alianza de iguales. En la práctica, la jerarquía es cristalina: hay aliados y hay aliados importantes. Europa observa, traga saliva, toma nota… y vuelve a sentarse a esperar.

Lo que algunos despachan como una excentricidad trumpiana es, en realidad, una radiografía precisa del estado de la defensa europea: dependiente, acomplejada y tan poco autónoma que ni siquiera sabe cómo reaccionar cuando el problema viene de casa.

Europa: poder normativo, dependencia militar

En 1991, el ministro belga Mark Eyskens definió a Europa como “un gigante económico, un enano político y un gusano militar”. Tres décadas después, el gusano ha aprendido a redactar estrategias, convocar cumbres y crear agencias. Ha ganado peso burocrático, pero no músculo estratégico.

La Unión Europea regula mercados, sanciona a medio planeta, fija estándares globales y presume de valores. Pero cuando llega la hora de proteger su territorio, sus infraestructuras críticas o sus fronteras, necesita que Washington levante el teléfono. Y cuando Washington no tiene ganas, Europa improvisa comunicados.

Conviene decirlo sin hiperventilar: la OTAN sigue siendo imprescindible

La guerra de Ucrania ha sido la bofetada definitiva. Sin inteligencia, logística, munición y paraguas nuclear estadounidenses, Europa no habría sido capaz ni de sostener a Kiev ni de incomodar seriamente a Moscú. Kabul ya fue humillante; Ucrania es reveladora. El mensaje es simple: Europa no tiene defensa propia, tiene defensa delegada. Y delegar siempre sale caro cuando el delegado se cansa.

Sorprenderse ahora porque Estados Unidos prioriza el Indo‑Pacífico, China y sus propios intereses es un ejercicio de ingenuidad voluntaria. Trump no es la anomalía; es el mensajero grosero de una tendencia estructural. El error europeo ha sido confundir dependencia con alianza.

Conviene decirlo sin hiperventilar: la OTAN sigue siendo imprescindible. No existe alternativa real a su estructura de mando, su experiencia operativa ni su capacidad de disuasión nuclear. Pensar en prescindir de ella sería suicida. Pero asumir que puede seguir funcionando como hasta ahora es igual de irresponsable.

La OTAN no es neutral ni simétrica. Es una organización articulada alrededor del poder estadounidense. Y cuando los intereses de ese poder chocan con los europeos en principios básicos -como la integridad territorial de un aliado- la Alianza se paraliza. Groenlandia lo demuestra mejor que mil informes estratégicos. Si el comentario hubiera venido del Kremlin, habría habido rueda de prensa urgente y retórica inflamable. Al venir de Washington, se optó por mirar al techo.

Aquí está el problema de fondo: Europa confunde alianza con tutela. Y una tutela, por definición, no garantiza ni autonomía ni respeto.

Europa empieza, tímidamente, a intuir que su cómoda ambigüedad estratégica puede tener fecha de caducidad. Por primera vez, Bruselas ha dejado caer -sin decirlo del todo- una palabra antes tabú: defensa colectiva. Ursula von der Leyen no ha descartado el artículo 42.7 del Tratado de la UE, la cláusula de asistencia mutua. No lo ha hecho con contundencia, pero lo ha hecho. Y en lenguaje comunitario, eso ya es casi una revolución.

Ante la pregunta de si la UE respondería militarmente en el hipotético -aunque cada vez menos impensable- caso de una acción estadounidense sobre Groenlandia, la presidenta de la Comisión evitó la respuesta directa. Pero subrayó dos ideas nada menores: Groenlandia “puede contar con nosotros” y ese respaldo será “con actos, no solo con palabras”. En Bruselas, eso equivale a un portazo suave, pero portazo al fin.

Defensa europea: el tabú que ya no funciona

Mencionar “Ejército Europeo” sigue provocando urticaria en Bruselas y pánico en muchas capitales. Unos ven federalismo, otros la disolución de la soberanía nacional, y los más cínicos, una provocación ideológica. El rechazo suele ser proporcional a la comodidad que ofrece la dependencia.

El debate serio no va de banderas ni himnos, sino de preguntas incómodas: ¿qué pasa si Estados Unidos reduce de verdad su presencia militar en Europa? ¿Quién garantiza la seguridad europea si Washington decide que su prioridad ya no es el Báltico, sino Taiwán o si la megalomanía imperialista del Cesar hace estallar la OTAN ?

Esa posibilidad ya no es ciencia ficción; es planificación básica. Y ante ella, la UE no tiene plan B. Tiene Libros Blancos, presentaciones brillantes y conclusiones destinadas al olvido.

Propuestas realistas como la del comisario Andrius Kubilius -una fuerza europea de unos 100.000 soldados- van en la dirección correcta si se entienden sin sentimentalismo. No se trata de sumar brigadas como cromos ni de crear un “ejército Erasmus”, sino de una fuerza permanente, con mando propio, reglas claras, logística integrada y capacidad real de despliegue rápido.

El peligro no es crearla. El peligro es hacer lo de siempre: algo a medias, sin liderazgo político, sin financiación estable y sin doctrina común.

El gran argumento disuasorio es la duplicación. Y sí, duplicar sería un error. Pero la disyuntiva es tramposa. No se trata de Union Europea contra OTAN, sino de una Union dentro de la OTAN que deje de ser socio junior perpetuo.

La opción sensata es una fuerza europea certificable por la OTAN: financiada desde la UE, autónoma, interoperable e integrada en los planes aliados. La OTAN seguiría aportando lo que funciona: defensa colectiva y disuasión nuclear, con Francia y Reino Unido como pilares europeos. La Unión aportaría lo que hoy falta: financiación común, compras conjuntas, movilidad militar y menos vetos cruzados. Esto no debilita a la OTAN; la refuerza. Pero exige algo que Europa esquiva: asumir responsabilidad.

Más datos

Europa gasta más de 200.000 millones de euros al año en defensa. El problema es cómo lo hace: como una feria medieval, cada reino con su estandarte. Se duplican sistemas, se compite entre socios y se protegen industrias como símbolos patrios. Resultado: se gasta mucho, se compra caro y se depende de terceros. Casi el 80 % del armamento adquirido procede del exterior, sobre todo de Estados Unidos. Autonomía estratégica a base de importaciones. Brillante

Alemania rearma con culpa histórica, Francia protege su excepción nuclear, el Este vive obsesionado con Rusia y el Sur mira al Sahel y al Mediterráneo. Europa no solo se divide en banderas; se divide en amenazas percibidas. Sin cultura estratégica común, no hay ejército posible.

La soberanía aparece siempre cuando se habla de defensa europea. No molesta compartir moneda, fronteras o tribunales. Pero compartir mando militar ya es demasiado. La paradoja es grotesca: se renuncia a soberanía real -la capacidad de defenderse- para preservar una soberanía simbólica que no protege a nadie.

Un ejército europeo de 27 es una fantasía. La unanimidad es la mejor aliada de la irrelevancia. La única salida es una defensa a varias velocidades, basada en una coalición de Estados dispuestos a avanzar, abierta al resto, pero no secuestrada por los más reticentes. Así nació el euro. Así avanzó Schengen. Así deberá avanzar la defensa.

Groenlandia no es una anécdota. Es una alarma. El silencio de la OTAN no es diplomacia; es jerarquía. Y la pasividad europea ya no es prudencia: es negligencia estratégica.

Europa no necesita enviar soldados para una derrota segura; necesita demostrar que incluso cuando no puede ganar una guerra, sí puede hacer que una decisión imprudente salga cara

Europa llega tarde a un mundo donde la seguridad vuelve a ser poder, no discurso. Puede seguir jugando a la potencia normativa protegida por otros, o asumir de una vez que sin capacidad militar propia no hay autonomía. Y sin autonomía, no hay proyecto político creíble.

La pregunta ya no es si Europa puede permitirse una defensa común. La pregunta es cuánto tiempo más puede permitirse no tenerla.

Y mientras tanto, ¿qué hacer frente a las amenazas inminentes? Conviene abandonar el teatro. Nadie cree seriamente que fuerzas europeas puedan enfrentarse a una operación militar estadounidense en Groenlandia: sería breve, inútil y políticamente imposible.

Lo razonable no es simular una épica que nadie espera, sino respaldar a Dinamarca con algo más que solidaridad retórica: apoyo diplomático real mediante la constitución de una coalición europea sobre el Ártico -con presencia de Canadá, Noruega, Reino Unido e Islandia- en seguridad, inversiones, infraestructuras, presión política coordinada, y la insinuación clara -aunque incómoda- de que una ruptura de reglas también tendría costes para Washington en términos comerciales, estratégicos y de cooperación. Europa no necesita enviar soldados para una derrota segura; necesita demostrar que incluso cuando no puede ganar una guerra, sí puede hacer que una decisión imprudente salga cara. Porque seguir refugiándose en gestos simbólicos es elegir, una vez más, la comodidad del aplauso frente al riesgo de ejercer poder.