Llevamos años hablando de crispación. Una clase política que dictamina contra el otro -ya sea ministro, diputado, periodista o cualquiera que cuestione sus proclamas- con el cuello tirante y la mandíbula entumecida. Muchos argumentan que es el estrés el causante de tanta férula de descarga, pero también “la mala follá”, como dicen los granainos, provoca tensiones. Durante este tiempo han escaseado momentos donde el humor haya sido usado con ingenio; abundan palmadas para los nuestros, griterío y abucheos para el contrario. La tira cómica denostada, sin su valor caricaturesco y reflexivo. No estaría de más comprender que si se meten con uno con ironía y gusto, te ofrecen la oportunidad de entrar en el chiste con réplica y gracia. Y en el proceso, la piel se curte para distinguir entre lo ofensivo y lo burlesco.
No siempre ha sido así. Hay muchas anécdotas parlamentarias donde se demuestra que los ataques más mordaces arrancan risas y que las verdades mostradas con sarcasmo invitan a reírse de uno mismo, que es el modo más elevado de reconocer nuestros propios fallos. Es famosa la declaración de José Manuel García- Margallo cuando perdió en las primarias del PP al obtener 650 votos de un total de cerca de 58.000: “Quiero dar las gracias a los militantes que me han votado. Son tan pocos que podré hacerlo personalmente”. Parece sacado de un guion de los Hermanos Marx.
Hay muchas anécdotas parlamentarias donde se demuestra que los ataques más mordaces arrancan risas y que las verdades mostradas con sarcasmo invitan a reírse de uno mismo
Durante una sesión parlamentaria de la II República, el diputado Ángel Ossorio y Gallardo se quejaba de los males que sufría España. Finalizó su discurso con una frase con la que creyó conmover a los presentes “¿Y qué será de nuestros hijos?”. Una voz le respondió: “Al suyo lo hemos hecho subsecretario”. No sabemos si a Ossorio le haría gracia el comentario, lo que no hay duda es que sigue hoy levantando nuestras cejas al leerla.
