IA en el Senado: entre la modernización institucional y la responsabilidad democrática

Francisco Pérez Bes, adjunto de la Agencia Española de Protección de Datos y experto en Derecho Digital, analiza en Demócrata las directrices para el uso de IA por parte del Senado que se prevé entre en vigor el próximo mes de abril

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Francisco Pérez Bes es adjunto de la Agencia Española de Protección de Datos

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La reciente aprobación de directrices para el uso de inteligencia artificial por parte del Senado de España supone un hito importante en la relación entre tecnología y función parlamentaria, siguiendo la estela de otros órganos europeos que también han asumido normativa para un uso adecuado de la Inteligencia Artificial en la función parlamentaria.

La iniciativa española, que se prevé entre en vigor el 24 de abril de 2026, no se limita a incorporar una herramienta de moda, sino que pretende definir un marco que convierta la IA en un instrumento de servicio público, alineado con las exigencias constitucionales de calidad normativa, control político y transparencia que aplican a la cámara alta.

El planteamiento del documento parece acertado: las directrices recogen con claridad la existencia de riesgos en su utilización, entre los cuales podemos destacar la necesidad de supervisión humana, protección de datos y transparencia técnica en el uso de esta tecnología. Además, incorporan planes de formación para el personal y prevén evaluaciones de impacto cuando así lo requiera el uso de sistemas automatizados, incluyendo el impacto medioambiental de la tecnología implementada.

El objetivo declarado de dicha iniciativa (estructurada en riesgos y principios operativos, éticos y jurídicos, formación, directrices de uso y responsabilidad) es el de reforzar la eficiencia y la calidad de las funciones legislativas y administrativas del Senado. Si este enfoque se implementa con rigor, tal órgano podría situarse a la vanguardia de la adopción responsable de IA en el ámbito parlamentario europeo.

Desde el punto de vista político-institucional, la iniciativa envía una señal relevante: el uso de Inteligencia Artificial en el ámbito legislativo no es opcional ni puede ser improvisado. Y, en todo caso, debe ser regulado, algo especialmente valioso en un contexto de aceleración tecnológica.

Sin embargo, el verdadero desafío reside en la ejecución. La automatización y los datos pueden mejorar la capacidad analítica, pero también corren el riesgo de erosionar la deliberación humana o de homogeneizar perspectivas si no se gestionan con cautela. La supervisión humana, tal y como prevé también la normativa aplicable, debe funcionar como auténtico control de calidad y como instancia final de decisión.

La apuesta por la formación continua y por la capacitación es imprescindible, pero no suficiente. La transformación digital de una institución como esta exige recursos adecuados, calendarios realistas y acompañamiento técnico sostenido.

Sin embargo, el verdadero desafío reside en la ejecución. La automatización y los datos pueden mejorar la capacidad analítica, pero también corren el riesgo de erosionar la deliberación humana o de homogeneizar perspectivas si no se gestionan con cautela. La supervisión humana, tal y como prevé también la normativa aplicable, debe funcionar como auténtico control de calidad y como instancia final de decisión.

La transformación digital de una institución como esta exige recursos adecuados, calendarios realistas y acompañamiento técnico sostenido

La apuesta por la formación continua y por la capacitación es imprescindible, pero no suficiente. La transformación digital de una institución como esta exige recursos adecuados, calendarios realistas y acompañamiento técnico sostenido.

De lo contrario, podrían generarse brechas que amplíen desigualdades internas en lugar de corregirlas.

La transparencia constituye otro eje central. La obligación de documentar arquitectura, fuentes de datos y mecanismos de mitigación de riesgos es un avance significativo hacia la rendición de cuentas. No obstante, la cuestión decisiva es el alcance de la transparencia externa. ¿Qué información se hará pública? ¿Con qué nivel de detalle? ¿Existirá algún mecanismo de auditoría independiente? Sin capacidad de escrutinio efectivo, la transparencia puede no ser suficiente.

En este sentido, el documento prevé que la Secretaría General elaborará un informe anual sobre el uso de IA en el Senado, que será presentado a la Comisión de Seguridad de la Información del Senado, elevado a la Mesa de la Cámara y publicado, en cuanto proceda, en el Portal de Transparencia del Senado. Sin perjuicio de otros posibles contenidos, el informe incluirá usos específicos, estadísticas, evaluación de sistemas, incidencias y mejoras implementadas.

Desde el ángulo técnico y democrático, la idea de que la IA apoye —sin sustituir— la decisión humana es prudente y coherente con el principio de responsabilidad parlamentaria. La inteligencia artificial puede desempeñar funciones valiosas de análisis documental, criba de información, generación de escenarios o identificación de patrones normativos. Pero la interpretación política, la ponderación de valores y la responsabilidad última deben permanecer inequívocamente en manos de los representantes y del personal técnico cualificado.

La protección de datos es, asimismo, un elemento estructural. En un entorno parlamentario, donde confluyen datos personales, información sensible y procesos deliberativos, las salvaguardas deben ser robustas. Evaluaciones de sesgo, trazabilidad de decisiones automatizadas y mecanismos de revisión se convierten en condiciones mínimas sobre las que poder construir la legitimidad del uso de IA.

Obligaciones, todas ellas, que se trasladarán a los procesos de contratación pública en aquellos casos en los que sea necesario contar con proveedores externos de cara al desarrollo o implementación de esta tecnología.

El impacto institucional dependerá, en última instancia, de la cultura organizativa. Si el Senado consolida una cultura de innovación responsable, basada en principios éticos y jurídicos claros, podría establecer estándares replicables por otras instituciones públicas. Pero deberá vigilar también el riesgo de dependencia tecnológica: la IA debe ser un catalizador de deliberación informada, no un sustituto de la reflexión crítica.

Las directrices representan, en suma, un avance valiente hacia una administración más eficiente y una labor parlamentaria mejor fundamentada. Su éxito dependerá de algo menos visible que la tecnología: la calidad de su implementación, la solidez de los controles y la primacía innegociable de la deliberación humana y la rendición de cuentas democrática.

Si esos elementos se cumplen, el Senado no solo modernizará su funcionamiento; contribuirá a redefinir el estándar de gobernanza pública de la inteligencia artificial.

SOBRE LA FIRMA:

Francisco Pérez Bes es adjunto de la Agencia Española de Protección de Datos. Además, fue socio en el área de Derecho Digital de Ecix Group y es ex Secretario General del Instituto Nacional de Ciberseguridad (INCIBE).