Vivimos tiempos inquietantes, tiempos confusos, preocupantes. Alguien ha definido esta tercera década del siglo como el momento de la preocupación.
Desprovistos de autoridades, con todos los ídolos por tierra, desconfiando de las ideologías, la ciudadanía vuelve la vista hacia sus instituciones y encuentra instrumentación política, ruido mediático, polarización. Como si de pronto la representación política se hubiera vuelto nihilista y no creyera en su propia legitimidad, no creyera en el futuro, en la comunidad, en el bien común, en el compromiso ni en el esfuerzo compartido.
Como si al volver la mirada los liderazgos nos resultaran ajenos y las lejanas referencias de estabilidad aprehendidas a base de derecho internacional, respeto a los derechos humanos, solidaridad y multilateralidad hubieran sido un puro espejismo efímero.
Hay una manera de contribuir a la protección de la humanidad, y es no resignarse. – Ernesto Sábato
Como si de pronto hubiéramos olvidado la primera lección, esa que nos muestra que la deslegitimación institucional, y la del adversario político, inevitablemente nos deslegitima también a nosotros mismos y también a la convivencia plural que representamos… Instalando la cada vez más presente globalización de la desconfianza, la sensación de lejanía de las instituciones, la desafección.
Digamos que hay un cruce de frustraciones, derrotas y carencias que han provocado el momento perfecto para recomponer espacios que permiten romper los pactos democráticos, que permiten mirar a otro lado cuando un estrafalario liberalismo criminal está provocando un giro en la historia en términos de retroceso en el bienestar global, la desaparición de la clase media y de la percepción social de las clases trabajadoras .
Sin identidad ni orgullo de clase, admiten relatos más emocionales que no solo desprecian el papel fundamental del trabajo, la creación, el progreso, el mantenimiento de la vida sino que directamente van contra sus intereses más legítimos; relatos identitarios que nos animan a dejar de ser lo que somos, a parecernos a quienes nos desprecian, a despreciar, a temer, a odiar…
Imágenes fuertemente ideologizadas pero que son condición de posibilidad para la existencia de una ultraderecha que abiertamente propone la desigualdad civil como eje primordial de ese nuevo colonialismo financiero que controla los resortes del poder a nivel mundial de la mano de las identidades histéricas, la construcción del miedo para el disciplinamiento social, las migraciones como elemento de desestabilización política, la guerra al multiculturalismo… idearios reaccionarios que acogen el genocidio y se naturalizan sin ningún tipo de expresión de horror.
Como si no hubiéramos aprendido nada.
Vivimos tiempos de preocupación. Y lo más inquietante y confuso es que no estamos solo preocupados por lo que puede pasar, sino porque sabemos lo que ha pasado. Según el informe de 2023 de V-Dem, los avances democráticos de los últimos 35 años se han evaporado, el nivel promedio de democracia en el mundo durante 2022 se situaba en los niveles de 1986, en Europa del Este, así como América Latina y el Caribe, los niveles se refieren a finales de la Guerra Fría. El 72% de la población mundial vive en autocracias. Por primera vez en más de dos décadas hay más autocracias cerradas que democracias liberales.
Entre el año 1975 y el año 2021 en el mundo se han producido 43 rupturas democráticas, 43 países han dejado de ser democracias o por lo menos han dejado de ser democracias plenas.
Y la verdadera reflexión ha de partir de que estas rupturas democráticas no se han producido por sucesos violentos, golpes de Estado o guerras, sino por un progresivo deterioro de las instituciones democráticas dentro de los países: estamos ante la terrible realidad en la que líderes políticos fuertemente legitimados, partidos políticos que han ganado procesos electorales, comienzan un camino que deteriora progresivamente el Estado de Derecho.
Y además, en términos globales, de comprensión del momento político, hemos de constatar la convicción para la ciudadanía mundial de la sorprendente virtualidad de esta nueva realidad y, podríamos decir también, de una profunda resignación global, siendo el avance hacia conceptos novedosos como los que se empiezan a denominar como regímenes híbridos, autoritarismos electoralistas o autoritarismos competitivos.
Y mucho espectáculo.
Asistimos, pues, atónitos a la incesante información pública sobre deslegitimación de procesos electorales, la terrible realidad de que más procesos electorales no significan más democracia y, lo que para IDEA International significa negacionismo electoral: uno de cada cinco procesos electorales en el mundo es cuestionado o por grupos de la oposición o por grupos o movimientos sociales.
El mismo Donald Trump, hoy victorioso retador del poder judicial estadounidense, no solo no reconoció haber perdido las elecciones en el 2020, sino que propuso un golpe de estado institucional, mediatizado por campañas superadas por las redes sociales, por la información, «el big data«, las nuevas tecnologías, la reconfiguración de la comunicación política y los poderes mediáticos.
El escándalo de Cambridge Analytica… las enormes repercusiones de campañas como la del Brexit en Reino Unido, con resultados evidentes en la política interna de la Unión Europea… Pero también, insisto, en un mundo globalizado, en nuestros propios países.
La anulación del proceso electoral en Rumania durante este año, y después la retirada del candidato de la ultraderecha para un nuevo proceso electoral, para acabar entregando la idea de democracia y voluntad popular a un títere y una agenda que, de acuerdo a la tradición anglosajona, podríamos denominar iliberal.
Hace tiempo que los partidos políticos no son ya, en su sentido tradicional y convencional, los principales productores de información y contenidos para las campañas, sino que existen otros actores con herramientas globales de intervención y manipulación. Nuevas tecnologías y la difusión en redes sociales consolidan instrumentos y usos que antes eran más o menos accidentales para el resultado final electoral pero que ahora son determinantes y, por tanto, el debate es otro, ahora el debate es acerca de quién es capaz de controlar el debate público y en qué condiciones.
El debate público no se controla solo censurando voces o monopolizando el mensaje, el debate público lo domina el ruido, la polémica, la banalidad informativa, el infantilismo, el totum revolutum de la información que mezcla polémicas deportivas, con acontecimientos sociales y artificiales disensos, el ruido sobre el que solo los altavoces más potentes pueden alzarse ni siquiera ya para dar información sino para ocupar constantemente el espacio público, da igual con un meme que con un genocidio.
El viejo poder, las élites políticas que instrumentalizaban en exclusiva el control y el ejercicio de la difusión informativa tradicional, luchan por el control del ruido en un escenario diferente, y ese ruido, lo que se dice, lo que no se puede decir, el desconcierto en el debate público, la indiferencia aprendida de una ciudadanía empujada a sus pequeñas vidas por aturdimiento, es relevante no solo en cuanto a la influencia puntual sobre una opinión pública incapaz de formarse un criterio ni tan siquiera sobre los aspectos más relevantes, sino que acumula efectos directos sobre la legitimidad de nuestros sistemas democráticos.
