Cuando estamos sumergidos en una corriente que lo arrastra todo se nos hace difícil tener una visión panorámica y contemplar otros escenarios de forma realista. Más tarde la historia nos da una visión cenital y uno no entiende como pudo parecernos inevitable aquello que solo fue una etapa más en un devenir que siempre discurre de forma pendular.
El debate público atraviesa uno de esos momentos en los que la memoria corta confunde los síntomas con las causas. Hemos dado por finiquitado el wokismo dando lugar al auge del matonismo con su estilo broncos y amenazante. También se acrecienta la confusión interesada entre provocación y el ejercicio de libertad, como si todo hubiera ocurrido por generación espontánea. Pero lo que sucede se explica mejor como la consecuencia lógica de una cadena de reacciones, donde cada exceso prepara el terreno del siguiente y donde el ruido, por un tiempo, consigue hacerse pasar por destino.
Del activismo crítico a la identidad blindada
El wokismo nació, conviene recordarlo, en un clima cultural muy distinto al actual, cuando la visibilidad aún era una conquista y no una consigna. Series como Queer as Folk no aspiraban a sentar cátedra moral ni a ordenar el lenguaje, sino a mostrar vidas que hasta entonces apenas habían tenido espacio público, con todas sus aristas, excesos y contradicciones. Aquellos impulsos no eran una moda, se trataba de una reacción comprensible y noble frente a injusticias estructurales, abusos de poder y silencios cómplices.
El problema comenzó cuando esa energía dejó de operar como herramienta crítica y pasó a funcionar como identidad, cuando ser consciente sustituyó a pensar y la adhesión a un código moral bastó para reclamar inmunidad frente a la crítica. En ese punto, el wokismo empezó a empoderar a mamarrachos, gente sin especial talento ni rigor intelectual, pero con un olfato finísimo para detectar qué palabras otorgaban estatus moral en cada momento.
El lenguaje como tecnología de poder
El policorrectismo imperante en aquel tiempo no fue tanto una ética como una tecnología de blindaje; bastaba situarse del lado correcto del lenguaje para convertir cualquier objeción en sospecha y alejar del debate público cualquier atisbo de sentido común. Cuando la posición ideológica desbanca al argumento se crea un clima de disonancia cognitiva en la sociedad que tarde o temprano acaba por reventar las imposturas, especialmente si estas no pueden mantenerse con violencia de estado. La fatiga no llegó porque la sociedad se volviera súbitamente reaccionaria, sino porque empezó a percibir una desconexión obscena entre el discurso elevado y la práctica real.
De ese hartazgo emergió el matonismo que tiene como icono pop y punta de lanza a un totalitarista como Donald Trump y que ha terminado alimentando una fauna política marcada por la grosería, la irresponsabilidad y la ausencia de autocontrol. Llevamos inmersos en esta política de la grosería y la desvergüenza desde que la catarsis frente a la hipocresía moralizante anterior cambió el paradigma. Sabemos que el matón se presenta como alguien que dice «lo que nadie se atreve», cuando en realidad repite lo que sabe que le dará aplauso inmediato; sin embargo, caemos rendidos en mayor o menor medida a su lógica binaria destinada a no pasar por la corteza prefrontal. Su verdadero rostro lo vemos cada día: una política empobrecida, incapaz de construir nada que no sea ruido, y condenada a repetir los mismos gestos hasta el agotamiento.
Las malas formas sistemáticas agotan, el desprecio se vuelve rutina y la política acaba reducida a una competición de zascas en reels
El problema es que el matonismo, como el wokismo, también se agota. Su transgresión dura lo que tarda en convertirse en tics previsibles. Las malas formas sistemáticas agotan, el desprecio se vuelve rutina y la política acaba reducida a una competición de zascas en reels. En ese paisaje saturado empieza a intuirse una nueva demanda. No es épica ni moralizante, llegando a ser casi aburrida en su formulación, y precisamente por eso resulta subversiva: dirigentes que sepan comportarse. Políticos que no griten, que no humillen, que no conviertan cada intervención en una performance de testosterona o de superioridad moral. Personas capaces de discrepar sin destruir el espacio común. Lo que en el mundo anglosajón se describe cada vez con más frecuencia como «the adult in the room».
Esa figura existe, con matices, en otros idiomas y tradiciones políticas. En inglés se habla de «statesmanlike», que no alude a tibieza, sino a altura de miras. En francés, «mesuré» o «pondéré» evocan control y juicio. En alemán, «besonnen» tiene un prestigio enorme, asociado a la reflexión y al autocontrol. En italiano, «pacato» o «misurato» señalan una calma activa, no pasiva. El problema es que en español no tenemos una palabra que capture bien esa idea sin deslizarse hacia la sospecha de debilidad. «Moderado» ha sido contaminado por décadas de uso equívoco. Se ha entendido como alguien que no molesta, que no incomoda, que no toma partido. Pero esa es una caricatura interesada. Por eso resulta útil un neologismo como «civilario» que describa una forma de estar en la política en lugar de una posición ideológica; un término que habla de qué cómo se hacen las cosas y no de cómo se defienden.
Un civilario no es alguien que renuncia al conflicto. Al contrario: acepta que la política es conflicto, pero se niega a convertirlo en guerra tribal. No confunde firmeza con agresividad ni cortesía con sumisión. Puede sostener posiciones duras, incluso impopulares, sin recurrir al insulto ni al espectáculo. La diferencia con el moderado es crucial: el moderado, en su versión degradada, evita el conflicto para preservar una falsa armonía. El civilario lo afronta, pero entiende que el lenguaje y las formas no son un adorno, sino parte del fondo.
La civilidad como forma de liderazgo
La civilidad no es neutralidad. Es una técnica de convivencia en contextos de desacuerdo profundo. Exige más esfuerzo que el grito o la consigna, porque obliga a pensar, a escuchar y a responder. Este estilo empieza a reconocerse también fuera de nuestras fronteras, en dirigentes que sin aspavientos ni épica redentora han optado por reconstruir la autoridad desde la normalidad: desde Keir Starmer a Mark Carney, pasando por figuras como Friedrich Merz, todos ellos con perfiles distintos pero unidos por una misma voluntad de contemporizar sin claudicar y de poner límites sin teatralizarlos.
Es en este punto donde la actuación de Juan Manuel Moreno Bonilla tras el descarrilamiento del Alvia adquiere un valor que va más allá del episodio concreto. No hubo estridencia ni apropiación emocional del suceso. Tampoco prisas por convertir la tragedia en munición partidista ni en escenario para el lucimiento personal. El tono fue contenido, institucional, centrado en las víctimas y en el respeto a los tiempos judiciales y técnicos. Ese autocontrol, que a menudo se confunde con frialdad, es precisamente uno de los rasgos más claros de la política civilaria. Moreno Bonilla no intentó capitalizar el dolor ni sobreactuar cercanía. Compareció cuando tocaba, dijo lo que podía decirse y evitó el exceso retórico. En un contexto en el que muchos dirigentes entienden la empatía como exhibición y la firmeza como volumen de voz, esa forma de estar resulta casi anómala. No es moderación entendida como repliegue, no es esconderse ni diluir responsabilidades, sino asumir el papel institucional sin convertirlo en espectáculo.
Frente al wokismo performativo y al matonismo reaccionario, la política civilaria ofrece algo menos vistoso, pero más sólido
También es relevante lo que no hizo. No señaló culpables antes de tiempo, no simplificó un asunto complejo para satisfacer la ansiedad mediática, no utilizó un lenguaje inflamatorio ni moralizante. Esa renuncia consciente al ruido es una decisión política en sí misma, no una ausencia de política. Ahí es donde aparece con claridad el perfil civilario: entender que gobernar no siempre consiste en ocupar el centro del escenario, sino en sostenerlo. Este tipo de comportamiento no convierte automáticamente a nadie en referente moral indiscutible, pero sí señala una dirección. Moreno Bonilla encarna, al menos en este caso, un modelo de presidencia que muchos ciudadanos empiezan a percibir como necesario. Queremos políticos adultos, educados y cercanos. Frente al wokismo performativo y al matonismo reaccionario, la política civilaria ofrece algo menos vistoso, pero más sólido: competencia, contención y respeto por la inteligencia del ciudadano.
Tal vez por eso empieza a resultar verosímil plantear que este es el tipo de presidente que hoy necesita España. No un salvador ni un agitador, se trata de alguien capaz de ejercer el poder sin degradar el espacio público. Moreno Bonilla tiene una posición ideológica que uno puede compartir o no, pero lo relevante aquí no es el catálogo de sus ideas; lo que importa es la forma en que las administra, la conciencia institucional con la que actúa y la renuncia explícita a convertir cada episodio en un combate moral o en un espectáculo de feria. Esa, desde hoy, es la nueva forma de liderazgo.
sOBRE LA FIRMA:
Ángel Luis Fernández Recuero es consejero delegado y editor de Jot Down, Revista Mercurio y Menéame y Vicepresidente de la Asociación de Editores de Andalucía