La próxima semana, los ciudadanos volveremos a enfrentarnos a la fragilidad de nuestro sistema sanitario. La huelga médica, si bien es un derecho legítimo, proyecta una sombra de incertidumbre que recae, inevitablemente, sobre el eslabón más vulnerable: el paciente. Los aplazamientos de consultas y la demora en pruebas diagnósticas no son solo cifras estadísticas; son historias personales de angustia y espera.
No es mi propósito juzgar la idoneidad de las reivindicaciones médicas, pero sí es mi deber señalar —con absoluta firmeza— que el perjuicio asistencial es una carga que ya no podemos sostener. Siempre defenderé que la profesión sanitaria debe gozar de las mejores condiciones y retribuciones; ellos son nuestros cuidadores de primera línea. Sin embargo, cualquier desequilibrio en el sistema termina, de una forma u otra, comprometiendo la calidad del servicio al ciudadano.
Un sistema en cuidados intensivos
El diagnóstico de nuestra sanidad pública es de extrema gravedad. El crecimiento exponencial de las pólizas de seguros privados —con una facturación que ya supera sectores industriales como el del automóvil es el reflejo de una huida desesperada. El paciente no abandona el sistema público por voluntad, sino por necesidad, buscando la agilidad y la seguridad que años atrás eran la seña de identidad de nuestra red sanitaria.
No es mi propósito juzgar la idoneidad de las reivindicaciones médicas, pero sí es mi deber señalar —con absoluta firmeza— que el perjuicio asistencial es una carga que ya no podemos sostener
En este escenario de sombras, surge un rayo de esperanza: la tramitación del anteproyecto de ley de asociaciones de pacientes. Esta es una demanda histórica que, si se cumplen los términos negociados, marcará un hito en la defensa de nuestros derechos. Es el contraste necesario entre la parálisis asistencial y el avance legislativo.
Una ley que garantizara los derechos colectivos e individuales de los pacientes
Sin embargo, resulta doloroso admitir que el "Pacto de Estado por la Sanidad" parece hoy una utopía debido a la actual polarización política. Pero más preocupante aún es observar la creciente rivalidad entre los distintos colectivos profesionales. La disputa por competencias, diferencias salariales y estrategias contrapuestas fracturan un sistema que los pacientes concebimos como un todo indisoluble.
La sanidad debe ser un engranaje perfecto y sincronizado. No podemos permitirnos una fragmentación donde los intereses corporativos eclipsen el interés general.
La imagen reciente de acuerdos ministeriales que excluyen o ignoran a una parte tan esencial como es el cuerpo médico genera una profunda desconfianza. Como pacientes, observamos con recelo una gestión que parece fomentar la división en lugar de la cohesión.
Un Ministerio que firma acuerdos "a medias" no proyecta soluciones, unos profesionales que firman y dejan al margen a nuestros médicos no habla bien de ellos.
Me sorprende y solo tengo que observar como nuestros agricultores y ganaderos van a una, unidos y en defensa del sector agrario.
Una llamada a la responsabilidad
La huelga de médicos de la próxima semana no será motivo de orgullo para nadie. Desde la sociedad civil y las organizaciones de pacientes, exigimos:
- Diálogo real y constante: el Ministerio debe sentarse con los médicos de forma inmediata y efectiva.
- Entendimiento interprofesional: médicos, enfermeros y resto del personal sanitario deben deponer sus rivalidades. La sanidad es un ecosistema colaborativo, no un campo de batalla gremial.
- Atención de calidad: no es una petición, es un derecho de obligado cumplimiento.
Necesitamos una sanidad a la altura de nuestro país. Una sanidad donde el compromiso con el paciente esté por encima de cualquier sigla o interés particular.
Es hora de dejar de hablar de "salud" en los discursos y empezar a trabajar por ella en los despachos y en las consultas.