A estas alturas, pocas serán las empresas que no hayan experimentado con IA. Algunas, incluso, llevan años utilizándola de manera eficaz.
Tampoco es extraño ver cómo algunas han incorporado el uso de IA en sus marcos de gobernanza interna y de cumplimiento, mostrando una clara preocupación por garantizar un uso legal, responsable y diligente. “Hay que usarla, pero hay que usarla bien”, dicen.
Y, en este escenario, comienzan a oirse voces que sostienen que la inteligencia artificial no reduce necesariamente el trabajo: en muchos casos lo está reorganizando, acelerando e -incluso- intensificando.
Especialmente en estos últimos tiempos, en los que se celebra la adopción de la IA como una palanca automática de productividad, parece adecuado abrir el debate sobre el futuro de la productividad empresarial en la era de la IA y su repercusión en la carga de trabajo para los empleados.
El reverso de la promesa
El argumento empresarial usado para fomentar el uso interno de IA no ha variado: si se automatizan procesos con IA y se aceleran tareas técnicas, los trabajadores dispondrán de más tiempo para actividades de mayor valor. La lógica parece impecable.
Pero los datos cualitativos recogidos en investigaciones recientemente publicadas cuestionan dichos planteamientos y apuntan a una realidad más compleja: cuando una tecnología incrementa la capacidad de hacer, también puede ampliar las expectativas sobre el volumen de tareas que se pueden realizar con tales recursos y, en particular, la velocidad para concluirlas.
El efecto organizativo
Las investigaciones apuntan a tres mecanismos claros de intensificación de la carga laboral.
Primero, las tareas se amplían: lo que se resume en que hay personas que antes de tener a su disposición herramientas de Inteligencia Artificial no asumían determinadas funciones, pero que con ella empiezan a hacerlo porque la IA rebaja la barrera de entrada. El caso de programar o redactar documentos jurídicos, por ejemplo.
Segundo, la línea entre trabajo y descanso se difumina: lo que antes eran pausas se convierten ahora en microtiempos aprovechados para seguir produciendo (la ansiedad por un último prompt).
Tercero, alcanzar un estado de multitarea permanente: los empleados más intensivos en el uso de IA suelen mantener varios flujos abiertos a la vez, realizan más comprobaciones y sufren una mayor fragmentación atencional.
El debate no se limita a una mera cuestión sobre si somos más eficientes, sino si estamos ante un auténtico cambio en la arquitectura y en la gestión del trabajo.
Y si eso sucede sin reglas explícitas, existe un claro riesgo de que las organizaciones confundan el entusiasmo en la adopción de la IA con la sostenibilidad en su uso.
La ilusión de la ganancia
En esta reflexión asoma una paradoja: cuanto más fácil resulte hacer algo, más probabilidad hay de que se haga. Y cuanto se hace con IA, más se normaliza un nuevo estándar de velocidad.
Un estándar que no requiere que se imponga por mandato directo del empleador; basta con que se vuelva habitual.
En el caso de las empresas, tanto en las públicas como en las privadas, si se promueve que cada empleado se autorregule en su uso de la IA, en lugar de diseñar una “buena práctica común en el uso de IA”, lo más probable es que surja una tendencia a un uso intensivo y desordenado de la tecnología.
El efecto que se consigue es el opuesto al que se persigue: el ahorro de tiempo inicial se consume en la realización de nuevas tareas y microtareas, a lo que acompaña un sentimiento de ansiedad por no cumplir las nuevas expectativas de rapidez en su ejecución.
La necesidad de reglas
En este caso, no parece que la solución pase por frenar la adopción de la IA, sino que hay que dotarla de criterios. E integrar su uso en una estructura humana donde se establezcan límites, prioridades y tiempos.
Sin eso, la tecnología tenderá a empujar a los empleados hacia una disponibilidad continua que provocará el efecto contrario: erosionar la calidad del criterio de los empleados y aumentar el desgaste de los equipos.
Una pregunta de fondo
Ya ha quedado demostrado que con la IA podemos hacer más cosas y más rápidamente. La cuestión de fondo que se plantea al cuestionar su uso actual es qué coste organizativo y humano tiene ese “más”.
Si un uso incontrolado provoca más presión y más fatiga, la mejora de productividad no será tal; o será insostenible.
A la vista de todo lo anterior, quizás tengamos que plantearnos si el debate sobre la IA en la empresa debería desplazarse del rendimiento inmediato al diseño corporativo. Porque podría ocurrir que la verdadera -y ansiada- ventaja competitiva no venga solo del hecho de usar IA, sino de saber regularla internamente para lograr el prometido efecto multiplicador.
Y es en este punto en el que muchas organizaciones todavía no han empezado a pensar con suficiente seriedad.
SOBRE LA FIRMA:
Francisco Pérez Bes es adjunto de la Agencia Española de Protección de Datos. Además, fue socio en el área de Derecho Digital de Ecix Group y es ex Secretario General del Instituto Nacional de Ciberseguridad (INCIBE)