Merz y Macron replican en Múnich al giro trumpista: "Es la hora de una Europa fuerte"

Alemania y Francia escenifican en la Conferencia de Seguridad de Múnich un frente común ante la incertidumbre estratégica que llega desde Washington. Ambos líderes asumen que la autonomía europea solo será creíble si se apoya en una industria de defensa soberana y capaz

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Marco Rubio y Friedrich Merz, en la Cumbre de Seguridad de Múnich. Liesa Johannssen/Reuters/Pool/dp / DPA

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La Conferencia de Seguridad de Múnich ha dejado una imagen poco habitual en los últimos años: Alemania y Francia hablando con una sola voz ante la nueva fase de tensión transatlántica. El canciller alemán, Friedrich Merz, y el presidente francés, Emmanuel Macron, asumieron públicamente que el equilibrio estratégico que definió la seguridad europea durante décadas ya no puede darse por descontado.

“Es la hora de una Europa fuerte”, afirmó Macron. Merz fue igualmente explícito: en un contexto de rivalidad global entre potencias, ni siquiera Estados Unidos puede actuar solo. El mensaje no rompe la relación atlántica, pero sí marca un punto de inflexión: Europa debe prepararse para sostener su propia defensa si las garantías estadounidenses se debilitan.

Autonomía estratégica: sin industria propia no hay soberanía real

El debate ya no es retórico. La autonomía estratégica europea exige algo más que declaraciones políticas: requiere capacidad industrial, producción sostenida de armamento, sistemas tecnológicos propios y cadenas de suministro bajo control europeo. Sin esa base material, la soberanía sería puramente declarativa.

En Múnich se habló abiertamente de aumentar la producción militar y de reforzar las capacidades críticas, desde transporte estratégico hasta satélites o defensa aérea. El ministro alemán de Defensa reconoció que las reservas actuales son insuficientes. Y tanto París como Berlín asumen que la dependencia estructural de proveedores externos limita la libertad de decisión europea.

Ese planteamiento conecta con un proceso más amplio en el que varios países están reforzando sus industrias nacionales dentro de un marco europeo coordinado. España, por ejemplo, ha defendido la necesidad de consolidar una base tecnológica propia en defensa, con empresas como Indra desempeñando un papel creciente en sistemas electrónicos, mando y control o ciberdefensa. No se trata solo de gasto militar, sino de capacidad industrial estratégica.

El debate nuclear y la redefinición del equilibrio

Uno de los anuncios más sensibles fue la apertura de conversaciones para explorar cómo la disuasión nuclear francesa podría integrarse en una lógica europea más amplia. Es un paso delicado, porque afecta al núcleo de la soberanía nacional, pero refleja la magnitud del momento.

La cuestión de fondo es clara: si Estados Unidos deja de ser un garante automático de la seguridad europea, el continente debe construir sus propias garantías. Y eso implica inversiones sostenidas, coordinación política y una industria capaz de responder a escenarios de crisis.

Las diferencias entre París y Berlín sobre deuda común, diálogo con Moscú o programas industriales conjuntos siguen ahí. Pero en Múnich predominó un diagnóstico compartido: Europa no puede permitirse la fragmentación si quiere preservar su modelo democrático y su peso geopolítico.