Europa

Cómo España convenció a Europa: los nombres detrás de la adhesión

Una compleja operación diplomática en la que España midió tiempos, aceptó concesiones clave y supo jugar sus cartas políticas para asegurar su entrada en la Comunidad Europea sin quedar atrapada en una posición de desventaja estructural

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Llegar a un pacto que contente a todas las partes en Bruselas es misión prácticamente titánica. Las negociaciones sobre el desembarco de España en el proyecto europeo no se iban a quedar atrás. Más de sesenta rondas en seis años y decenas de grupos de trabajo dieron con el detalle de un acuerdo firmado mientras un país ultimaba los flecos de su transición democrática y la Comunidad Europea se perfilaba como el nuevo gran actor internacional.

La apertura de las conversaciones de forma oficial se produjo en febrero de 1979, previo paso por el Consejo de Ministros que presidía Adolfo Suárez. Los capítulos que entonces se abrieron versaban sobre aranceles, agricultura, pesca, unión aduanera y libre circulación, entre otros.

Mientras el exministro franquista ideaba la consolidación del nuevo régimen político, el titular de Asuntos Exteriores, Marcelino Oreja, trabajó fuera de las fronteras para impulsar la llamada “transición exterior”. ¿El objetivo? Aunar un consenso en el seno del país sobre Europa, a la vez que se inauguraban los canales políticos con las Comunidades.

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El equipo titular 

Ya en los inicios del proceso, al Ejecutivo nacional le inquietaba una cuestión principalmente. Se trataba de la repercusión que podía tener la entrada en la Comunidad Económica en sectores estratégicos como el agrícola o el pesquero. Por ello, la estrategia trazada pasaba por que fuesen los propios ministerios del ramo, y sus grupos de expertos, los que negociasen uno a uno los puntos con los servicios de la Comisión Europea.

La alineación del equipo que saldría a debutar estaba compuesta, entre otros, por José Lladó al frente de Comercio, Fernando Abril Martorell con el dorsal de Agricultura y Carlos Pérez-Bricio en el lateral de Industria. A finales de los setenta, las conversaciones eran todavía muy incipientes.

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Los documentos internos de aquellas negociaciones revelan que la fricción se generó en torno al impacto que se estimaba tendría el paso político a nivel económico en Europa y España. El resto de los países del continente expresaban que la entrada no se podría producir sin modificar los equilibrios del mercado común. Temían que el país no quisiera entrar únicamente al club, sino que este cambiara para poder admitirla.

El capitán de la “misión Bruselas” fue Raimundo Bassols. Su trabajo respondió al de jefe del equipo negociador. Diplomático de carrera, fue el responsable de transformar las inquietudes políticas de la joven democracia en documentos técnicos. Se le describiría como alguien meticuloso, poco dado a la retórica. Estudió al milímetro cada una de las carpetas y todos aquellos reglamentos comunitarios que guiarían el destino de la adhesión. Terminó por ser el embajador español ante la Unión.

Cambio de ciclo 

La llegada de los socialistas al Gobierno en el 82 supuso un cambio de rumbo en las conversaciones. Bajo la presidencia de Felipe González, la parte técnica ganó relevancia. Como secretario de Estado del ámbito, Manuel Marín articuló una delegación más profesionalizada, según reconocen diversas voces. Firme a lo largo de todas las rondas de contacto, reconoció que España no firmaría un texto que le situase en una “situación de inferioridad insuperable”.

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Cuando el acuerdo parecía alejarse, se optó por aceptar condiciones al principio difícilmente asumibles para cerrar los capítulos todavía pendientes. Fernando Morán, ministro de Asuntos Exteriores, se decantó por el pragmatismo: España prefería entrar con renuncias a perder la oportunidad de subirse al tren.

El conjunto negociador español, joven como la propia democracia del país, no tardó demasiado tiempo en constatar el carácter de las conversaciones en la capital comunitaria. Los nóveles funcionarios asistieron a un curso inmersivo sobre la compleja maquinaria comunitaria a medida que se iba abordando cada capítulo.

Por parte de la Comisión, el vicepresidente Lorenzo Natali lideró las conversaciones, junto con el por entonces comisario de Relaciones Exteriores Claude Cheysson. En la sala del Consejo Europeo, desde el principio se distinguieron dos posturas claras.

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Por un lado, el canciller alemán Helmut Kohl apostó por la ampliación de la Unión al sur como parte de la consolidación democrática de los países y el refuerzo de Occidente frente al bloque soviético. Ayudó también a desbloquear algunas cuestiones la posición favorable al acuerdo del ministro italiano Giulio Andreotti. En la madrugada de marzo del 85, en la que se logró “fumata blanca”, Italia ostentaba la presidencia rotatoria y fue quien apeló a una “buena voluntad de todos” a la hora de sellar la entrada. 

Ese mismo día, el ministro Morán se trasladó al Congreso de los Diputados, donde explicó ante el Pleno los detalles del texto final. “España va a acabar definitivamente con el complejo de inferioridad histórica que provocó su aislamiento y va a recuperar definitivamente su curso y su papel en Europa”, defendió.

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"No" es "no" 

El presidente francés François Mitterrand se mantuvo reticente prácticamente hasta ese mismo día. Cuestionaba las consecuencias que generaría tal decisión sobre la Política Agraria Común, con especial atención en sectores como el hortofrutícola o el vinícola. Por su parte, Margaret Thatcher, primera ministra del Reino Unido, justificó su negativa en el coste presupuestario que generarían nuevos miembros netamente receptores.

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Precios de entrada, calendarios de exportación y periodos transitorios fueron las claves que se discutieron durante varios años para completar este capítulo agrícola. El temor de París: el desembarco de productos españoles más baratos que dinamitase la competencia.

Como ocurre todavía hoy, aquel intercambio de cromos también se encalló en la cuestión pesquera. El país era responsable de una de las mayores flotas del continente, con largo recorrido en caladeros comunitarios. El Ejecutivo nacional acabó aceptando restricciones, exclusiones temporales y programas de desguace de barcos.

Francia por España 

Ahí, el papel del presidente de la Comisión, Jacques Delors, fue trascendental a la hora de desatascar las dudas de las capitales en estos puntos, según explican fuentes diplomáticas. Lo cierto es que asumió el liderazgo del Ejecutivo comunitario meses antes de la firma del acuerdo final, por lo que jugó un rol de estabilizador frente a los negociadores técnicos.

La “Comisión Delors” heredó en realidad el expediente de ampliación, a lo que se suma que Natali mantuvo su cartera en los años siguientes. Esto agilizó el hecho de  que el compromiso para cerrar el acuerdo en el mismo 1985 permaneciese intacto. Para el francés, este paso suponía una “recuperación histórica”, combinando los argumentos democráticos y económicos.

En la práctica, fue una de las piezas que dió forma al compromiso de Fontainebleau en 1984, dando respuesta a los británicos. Además, la relación de Delors con Mitterrand le facilitó que París acabara aceptando las salvaguardias en materia de agricultura. 

González en el Parlamento Europeo -

El sello de González 

Diez años más tarde, ante el Parlamento Europeo, González celebraría el proceso como un "imperativo moral" de la Unión y recordó a sus aliados que "la integración europea no es la causa de los problemas, sino el marco para encauzar las soluciones". "Debemos conjurar las actitudes miopes, los nacionalismos replegados o las rivalidades destructivas", setenció el líder del Ejecutivo español. 

Con la entrada en el proyecto europeo, España culminó su camino hacia una democracia plena. La adhesión trajo consigo la homogeneización normativa con las capitales más avanzadas en materia legislativa a nivel comunitario. Así, el país pasó a jugar un papel mucho más relevante en procesos como los de Maastricht o el euro.

Sánchez acto adhesión -

Superado el miedo del impacto en la economía nacional y europea, el país dejó atrás su rol periférico para impulsarse como una de las principales fuerzas del continente. A esto ayudaron los fondos, tanto estructurales como de cohesión, la apertura de las barreras comerciales, así como la internacionalización de la “marca España”. Sin embargo, la crisis financiera del año 2008 reflejó las grietas y vulnerabilidades.

En los últimos tiempos, España ha pasado a jugar un papel estratégico en las discusiones europeas. Pionero en avances sociales como el matrimonio igualitario o la normativa contra la violencia de genero. Mientras, ha tenido que hacer frente también a pulsiones internas como el proceso soberanista catalán o la actual polarización política a raíz de los reiterados escándalos de corrupción. Distintas voces en la capital comunitaria reconocen ahora que esto podría lastrar su imagen en el proyecto común.

 
 

Los artífices de la adhesión