Cuando el ninguneo colma el vaso: Europa empieza a hablar de soberanía

El exconsejero en la Representación de España ante la UE, Carlos M. Ortiz Bru, reflexiona en Demócrata sobre el nuevo rol de la Unión Europea en el contexto geopolítico abierto por Estados Unidos: "Europa no puede limitarse a ser la guardiana normativa de un orden internacional que otros sostienen con poder duro. Necesita, sin renunciar a ellas, algo más que normas"

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Durante años hubo una expresión que en Bruselas se pronunciaba con cuidado, casi con la incomodidad de quien teme estar diciendo algo inapropiado: autonomía estratégica. No estaba prohibida, pero tampoco era bienvenida. Sonaba demasiado ambiciosa, demasiado gaullista, quizá incluso demasiado europea.

La lógica dominante era otra. Estados Unidos garantizaba la seguridad del continente y Europa aportaba lo que mejor sabe producir: mercados, regulación, estabilidad institucional. Un reparto de papeles cómodo. Mientras Washington se ocupaba del poder duro, Bruselas podía dedicarse a gestionar normas, consensos y procedimientos. Ese equilibrio funcionó durante décadas.

Pero hay momentos en los que incluso las relaciones más estables empiezan a chirriar. Y la reciente guerra entre Estados Unidos e Irán -con Israel como protagonista militar inmediato- ha sido uno de esos momentos.

No porque el conflicto se libre en territorio europeo. Sino porque las decisiones que lo desencadenaron se tomaron ignorando completamente a Europa, pese a que sus consecuencias económicas, energéticas y estratégicas afectan directamente al continente. Ese ninguneo -abierto, casi despreocupado- ha colmado el vaso de lo asumible para muchos dirigentes europeos. Incluso para aquellos que durante años se sintieron cómodos en el reparto tradicional de papeles dentro de la alianza atlántica.

Por eso resulta especialmente significativo escuchar ahora a Ursula von der Leyen hablar ante diplomáticos europeos de una “nueva era geopolítica” y de la necesidad de que Europa asuma más responsabilidad estratégica en un mundo cada vez más inestable.

Conviene decirlo sin ironía: el diagnóstico es correcto. Y también merece reconocimiento, aunque haya llegado tarde y haya sido criticado por su ambigüedad en la declaración, a veces interpretada - ¿interesadamente? - como una renuncia a los valores fundacionales de la Unión, basados en el respeto y la defensa de las normas.

Durante mucho tiempo la propia von der Leyen encarnó una versión bastante ortodoxa del europeísmo atlántico: firme en la alianza con Estados Unidos, prudente ante cualquier discurso que pudiera interpretarse como una aspiración de autonomía estratégica. Que hoy sea ella quien hable abiertamente de responsabilidad estratégica europea indica hasta qué punto el contexto internacional está cambiando.

El problema es que la geopolítica suele avanzar más rápido que las instituciones que deben gestionarla.

La guerra que Europa no ha decidido

La guerra entre Estados Unidos e Irán ilustra con bastante claridad ese desfase. No se libra en territorio europeo, pero revela con notable crudeza el lugar que ocupa hoy la Unión en el tablero internacional. Un lugar secundario y si es que ocupa algún lugar.

Las decisiones estratégicas se toman en Washington, Tel Aviv o Teherán. Europa reacciona después. A veces con preocupación. A veces con prudencia. Casi siempre con declaraciones cuidadosamente equilibradas.

La declaración coordinada por la Alta Representante Kaja Kallas tras los primeros ataques es un ejemplo casi perfecto de diplomacia europea contemporánea: preocupación por la escalada, llamamientos a la contención, condena de la violencia. Todo cuidadosamente calibrado para preservar la unidad entre veintisiete gobiernos que rara vez ven el mundo exactamente de la misma manera. Lo que el texto evita con notable disciplina es llamar a las cosas por su nombre: un ataque preventivo contra un Estado soberano sin mandato internacional constituye una violación del derecho internacional. No es un lapsus. Es una decisión política.

Europa sigue presentándose como la gran defensora del orden internacional basado en reglas. Pero cuando ese orden es vulnerado por aliados estratégicos, la claridad jurídica se transforma de pronto en prudencia diplomática.

Cuando el desprecio estratégico cambia el tono

Lo verdaderamente significativo de esta crisis no es solo el conflicto en sí. Es el cambio de tono que empieza a percibirse en Europa.

Durante años, incluso cuando surgían desacuerdos con Washington, la reacción europea se movía dentro de un marco de discreción diplomática. Se criticaba en privado y se acompañaba en público. Esta vez el malestar es más visible. No tanto porque todos los Estados miembros compartan la misma lectura del conflicto -no la comparten-, sino porque muchos perciben que Europa ha sido tratada como un actor irrelevante en una crisis cuyas consecuencias le afectan directamente. Desde el precio de la energía hasta la estabilidad del Mediterráneo y del Golfo.

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Cuando las decisiones se toman sin consultar a quien tendrá que gestionar parte de sus efectos, la irritación estratégica empieza a aparecer incluso entre los aliados más disciplinados. Ese malestar explica en parte el cambio de discurso en Bruselas.

Tres Europas y ninguna estrategia

La reacción europea a la crisis iraní, aun el malestar, ha vuelto a exhibir el mismo patrón conocido. Una Unión fragmentada, incapaz de articular una posición común cuando más falta hace.

Por un lado, están los incómodos -España, la externa Noruega o Finlandia- que han recordado algo tan elemental que hoy empieza a sonar casi subversivo: bombardear un Estado soberano sin mandato internacional viola el derecho internacional, y el asesinato selectivo de dirigentes extranjeros difícilmente puede presentarse como justicia. Ni moral ni jurídica.

El entusiasmo por el “tiranicidio externalizado” es intelectualmente cómodo, pero políticamente irresponsable: aceptar que los Estados poderosos pueden eliminar dirigentes ajenos porque los consideran criminales abre un precedente que Europa difícilmente podrá cerrar. Sobre todo, porque no tiene el poder moral para utilizarlo, pero sí mucho que perder cuando otros lo hagan. Son, en realidad, simples obviedades. Obviedades además compartidas por buena parte de la ciudadanía europea, aunque hoy, en ciertos ambientes políticos, pronunciarlas empiece a sonar casi provocador.

Luego está la Europa del carraspeo crítico. Francia y el siempre postizo Reino Unido han ensayado una ligera distancia del guion estadounidense; París incluso ha dejado caer alguna referencia al incumplimiento del derecho internacional, con el tono de quien pide disculpas por resultar molesto. El Reino Unido ensaya su habitual ambigüedad post-Brexit -abstención crítica para caer, al final, en la acción activa-. Alemania, en cambio, ha optado por el alineamiento sin preguntas, con la aplicación diligente del alumno que no plantea dudas jurídicas que puedan incomodar al profesor. Italia acompaña disciplinada. Mucha “estabilidad regional”, mucha condena “a una de las partes” y un respaldo político y operativo inequívoco a Washington. Crítica estética arriba, apoyo real abajo.

Y finalmente, la Europa muda. Estados que no dicen nada, no porque no tengan opinión, sino porque han decidido que el silencio es más seguro que la coherencia. En plena guerra de Ucrania, incomodar a Estados Unidos se percibe como una temeridad existencial. Así que se calla. Y al callar, se legitima.

El problema no es la discrepancia. El problema es que nadie parece dispuesto a pagar el precio de convertir las normas en una posición de poder compartido.

El giro de von der Leyen

En este contexto, el cambio de tono de Ursula von der Leyen no es una anécdota. Durante años su liderazgo europeo estuvo asociado a una visión profundamente atlántica del papel del continente. La respuesta a la invasión rusa de Ucrania reforzó esa imagen: coordinación estrecha con Washington, defensa firme del vínculo transatlántico y prioridad absoluta a la cohesión occidental. Nada de eso desaparece ahora. Pero el énfasis empieza a desplazarse.

Cuando von der Leyen habla de reforzar la defensa europea, reducir dependencias estratégicas y actuar con mayor autonomía cuando los intereses europeos estén en juego, está reconociendo algo que durante mucho tiempo se evitó admitir en Bruselas: Europa no puede limitarse a ser la guardiana normativa de un orden internacional que otros sostienen con poder duro. Necesita, sin renunciar a ellas, algo más que normas. Necesita capacidad.

Entre la conciencia y el poder

El problema es que entre ese diagnóstico y la realidad política existe todavía una distancia considerable. Europa puede hablar cada vez más de geopolítica, pero sigue funcionando con estructuras pensadas para otro tiempo. La política exterior depende de los Estados miembros con intereses distintos distantes. Las decisiones estratégicas requieren unanimidad. Las capacidades militares siguen fragmentadas.

El resultado es conocido: cuando estalla una crisis internacional, Europa tarda en reaccionar, habla con múltiples voces y termina influyendo poco en el resultado. No es una cuestión de inteligencia política, es una cuestión de poder.

Soberanía o irrelevancia

Durante décadas Europa pudo permitirse esa ambigüedad. El orden internacional era relativamente estable y la protección estadounidense parecía incuestionable. Ese equilibrio se está agotando. Las grandes potencias compiten abiertamente. Las reglas se debilitan. Las crisis regionales vuelven a tener consecuencias estratégicas globales.

En ese contexto, el debate sobre la soberanía europea deja de ser una discusión académica, se convierte en una cuestión de supervivencia política. Por eso el cambio de discurso en Bruselas merece atención. Señala que algo empieza a moverse en la conciencia estratégica europea: hablar de soberanía ya no es una excentricidad, empieza a ser una necesidad.

Pero reconocer el problema es solo el primer paso. El verdadero desafío es transformar esa conciencia estratégica en capacidad real. Porque en el orden internacional que se está configurando hay una regla bastante simple: los actores que no ejercen poder terminan viviendo bajo el poder de otros. Y Europa lleva demasiado tiempo confiando en que esa regla no se aplicaría también a ella.

Si quiere evitarlo, tendrá que empezar por decisiones que hasta hace poco parecían impensables: definir intereses estratégicos propios -aunque no siempre coincidan con los de Washington-, dotarse de capacidades reales de defensa y disuasión, y actuar con una voz política reconocible cuando su seguridad esté en juego. Nada de eso será sencillo en una Unión atravesada por sensibilidades estratégicas muy distintas, como muestran las ya evidentes “tres Europas”.

Pero la alternativa es aún menos cómoda: seguir hablando de soberanía mientras otros ejercen el poder. Y en el mundo que está emergiendo, la soberanía retórica suele ser simplemente otra forma de dependencia.