La democracia no cae, se desgasta: Occidente empieza a parecerse peligrosamente a lo que critica

El exconsejero en la Representación de España ante la UE, Carlos M. Ortiz Bru, reflexiona en Demócrata sobre los resultados del último informe del V-Dem Institute que alertan de una deriva de autocratización se profundiza en las principales potencias de occidente

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Hubo un momento -no hace tanto- en el que hablar de “crisis democrática” en Occidente era casi de mal gusto. Eso pasaba en otros sitios. En países con instituciones débiles, historia complicada o líderes con demasiada afición por los balcones. Aquí no. Aquí teníamos controles y balance, prensa libre y esa fe casi religiosa en que, pase lo que pase, el sistema aguanta.

El problema ya no es externo

Pues bien: el sistema no solo no aguanta siempre, sino que empieza a dar señales bastante claras de fatiga. Y no lo dice un tertuliano en un mal día. Lo dice el informe 2026 del V-Dem Institute, una de las bases de datos más completas sobre calidad democrática, construida a partir de cientos de indicadores y miles de expertos. Su conclusión principal no es especialmente tranquilizadora: “La tercera ola de autocratización continúa y se profundiza”.

Conviene detenerse un segundo en la palabra, porque aquí empieza el malentendido. No estamos hablando de golpes de Estado ni de dictaduras clásicas. “Autocratización” describe algo bastante más incómodo: el deterioro progresivo de una democracia sin dejar de ser formalmente una democracia. Elecciones hay. Instituciones también. Pero funcionan cada vez peor.

Y lo más incómodo no es eso. Es que ya no estamos hablando de un fenómeno lejano. Estamos hablando de Estados Unidos, la Unión Europea y, en menor medida -pero sin excepciones morales-, España.

Estados Unidos: deterioro discutido, pero real

Estados Unidos ha pasado años siendo el estándar contra el que se medía todo. No era perfecto, pero era el punto de referencia. Hoy es otra cosa. El informe señala un deterioro claro en indicadores clave: confianza electoral, independencia institucional, polarización.

Ahora bien, conviene no exagerar -o al menos no simplificar-. Estados Unidos no es una autocracia, ni parece estar a las puertas de convertirse en una. Muchos analistas subrayan, con razón, la robustez de sus instituciones: tribunales, estados federados, contrapesos reales. Y también señalan que parte del estilo político reciente está más ligado a liderazgos concretos e ideologías neoconservadoras impregnada de ideología sociocultural fundamentalista religiosa que a un cambio estructural irreversible.

Y, sin embargo, el patrón existe. Cuestionamiento de procesos electorales, presión sobre instituciones, uso cada vez más instrumental de las reglas. Nada de esto rompe el sistema. Pero lo tensiona y corrompe. Y lo hace, además, con una velocidad poco habitual en democracias consolidadas. El problema no es que Estados Unidos haya dejado de ser una democracia. Es que está contribuyendo a normalizar una versión de la democracia bastante más frágil.

El presidente estadounidense, Donald Trump, en el marco de su discurso sobre la guerra en Irán Europa Press/Contacto/Alex Brandon - Pool via CNP -

Europa: el deterioro que no hace ruido

Europa lleva años observando estos procesos con una mezcla de preocupación y condescendencia. Como si el problema fuera serio, sí, pero esencialmente ajeno.

No lo es tanto. En Europa del Este, el deterioro es visible: Hungría, Checoslovaquia o Polonia han protagonizado conflictos abiertos sobre independencia judicial, medios de comunicación o equilibrio institucional. Durante años se trató como anomalías. Cada vez cuesta más sostener esa idea.

“Autocratización” describe algo bastante más incómodo: el deterioro progresivo de una democracia sin dejar de ser formalmente una democracia”

En Europa occidental el proceso es distinto. No hay rupturas, hay desgaste. Polarización creciente, fragmentación política, deterioro del debate público, desconfianza institucional. Nada que genere titulares inmediatos. Pero sí lo suficiente como para ir erosionando el funcionamiento del sistema.

Existe además otra lectura -menos citada, pero relevante-: que el problema no es tanto un exceso de poder político como su desplazamiento. Decisiones cada vez más importantes se toman en espacios menos directamente sometidos al control electoral: tribunales, organismos internacionales, grandes actores económicos. No es necesariamente autoritarismo. Pero sí plantea preguntas incómodas sobre quién decide realmente.

Europa, en cualquier caso, sigue instalada en una idea optimista: que su arquitectura institucional la protege de casi todo. La experiencia reciente sugiere que no tanto.

La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen BENOIT DOPPAGNE / Belga Press / ContactoPhoto -

España: normalidad… con fricción constante

España ocupa una posición incómoda. No está en crisis democrática. No está en autocratización severa. Sigue siendo una democracia funcional, con elecciones limpias y derechos garantizados.

Pero tampoco está completamente al margen de la tendencia. Los datos apuntan a algo menos dramático, pero más persistente: erosión leve y sostenida.

Si hay un factor que aparece de forma recurrente en los análisis comparados es la polarización. Y España, en eso, no va precisamente con retraso. La política se ha convertido en un juego de suma cero donde el adversario no es legítimo, el acuerdo es sospechoso y el conflicto es rentable.

Esto no conduce automáticamente a una autocracia -conviene decirlo-. Pero sí genera un entorno en el que el deterioro institucional resulta más probable y, sobre todo, más tolerable.

A esto se suman bloqueos prolongados, disputas por el control institucional y una percepción creciente de politización. Nada de esto rompe el sistema. Pero lo desgasta. Y la democracia, como cualquier estructura compleja, rara vez colapsa de golpe. El ecosistema mediático y digital hace el resto: sobreexposición al conflicto, desinformación e incentivos constantes para la confrontación. No es un problema menor. Es estructural.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, interviene durante una sesión de control al Gobierno, en el Congreso, a 25 de marzo de 2026, en Madrid (España). César Vallejo Rodríguez - Europa Press -

El verdadero riesgo: acostumbrarse

Si uno junta Estados Unidos, Europa y España, aparece un patrón bastante consistente. Polarización creciente, tensiones institucionales, deterioro del debate público y uso cada vez más instrumental de las reglas. Y todo ello sin abandonar formalmente la democracia.

Ese es el verdadero cambio de época. Antes las democracias caían. Ahora se vacían. No hay momento fundacional. No hay punto de no retorno claramente identificable. Hay, simplemente, acumulación.

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Ahora bien, tampoco conviene caer en el determinismo. La desconfianza, la polarización o el mal funcionamiento institucional no conducen necesariamente a la desaparición de la democracia. Pueden, simplemente, hacerla funcionar peor. Lo cual ya es bastante problema.

Más allá de los síntomas, hay una causa de fondo que aparece una y otra vez: la desconexión entre sistema y ciudadanía. No siempre en forma de corrupción explícita, sino en algo más difuso: influencia desigual, percepción de injusticia y sensación de que las reglas no son iguales para todos.

Cuando eso ocurre, pasa algo importante: la democracia deja de ser percibida como útil. Y cuando deja de ser útil, deja de ser defendida.

El detalle que nadie quiere decir en voz alta

Hay, sin embargo, un elemento aún más incómodo en todo esto: buena parte de este deterioro no es accidental, es funcional.

La polarización moviliza, el conflicto genera atención y la tensión permanente simplifica la política hasta hacerla electoralmente rentable. En otras palabras, el sistema no solo se está desgastando; en algunos casos, está siendo utilizado exactamente así porque funciona mejor para quienes compiten dentro de él.

“Reducir la polarización es difícil, pero no imposible si se modifican los incentivos que la hacen rentable”

No es que los incentivos fallen. Es que están perfectamente alineados con este resultado. Y mientras esa lógica no cambie, pedir moderación o calidad democrática es casi un ejercicio de nostalgia.

Nada está roto… todavía

La tentación, llegados a este punto, es el cinismo. Pero no todo está perdido. Ni mucho menos.

Reforzar instituciones no es un eslogan, es diseño: independencia real, límites efectivos y controles que funcionen incluso cuando incomodan. Reducir la polarización es difícil, pero no imposible si se modifican los incentivos que la hacen rentable. Proteger el espacio informativo es imprescindible en un entorno donde la desinformación ya no es una anomalía, sino parte del sistema.

Y, sobre todo, queda lo más complicado: volver a conectar la democracia con la ciudadanía. Porque si la gente percibe que el sistema funciona, lo defenderá. Si no, buscará otra cosa. Y la historia sugiere que esa “otra cosa” no siempre mejora el resultado sino que lo empeora.

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Occidente no está al borde de una ruptura democrática inmediata. Pero tampoco está donde cree estar. Estados Unidos ha demostrado que el deterioro puede ser rápido. Europa, que puede ser silencioso. España, que puede ser constante.

El mayor riesgo no es la autocratización abierta. Es algo bastante más sutil: acostumbrarse a una democracia de menor calidad y empezar a considerarla suficiente. Porque en ese momento, cuando el listón baja sin que nadie proteste demasiado, el problema deja de ser político y pasa a ser cultural.

La democracia occidental no está cayendo, pero sí adaptándose peligrosamente a estándares cada vez más bajos. Y lo más inquietante es que empieza a parecernos normal.