Orbán calienta las urnas a golpe de veto: así ha tensado a la UE antes de las elecciones húngaras

Budapest llega a los comicios tras meses utilizando el veto como herramienta política en Bruselas, bloqueando ayudas a Ucrania, paquetes de sanciones contra Rusia y decisiones clave del Consejo Europeo, en lo que los diplomáticos definen como una estrategia que combina presión institucional y cálculo electoral

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En Bruselas, la cita del próximo domingo es una fecha que lleva tiempo marcada en el calendario. Una de las voces más díscolas de la Unión Europea mide sus fuerzas en unos comicios que, en el continente, se plantean como un auténtico referéndum sobre el respaldo al proyecto comunitario

Hungría, que durante años se ha visto desde distintas capitales como el laboratorio político de los partidos ultraderechistas, afronta una de las elecciones más trascendentales de los últimos tiempos, tanto por su impacto interno como por sus implicaciones externas. Todo ello enmarcado en un contexto geopolítico marcado por la guerra en Ucrania y por la posición ambigua que Budapest ha mantenido respecto a Moscú. Un escenario en el que la cercanía del Gobierno húngaro al Kremlin de Vladimir Putin ha situado al país en el centro de las tensiones comunitarias.

El veto como instrumento de poder en la UE

El actual primer ministro, Viktor Orbán, ha diseñado la coyuntura electoral como una disyuntiva entre “paz y guerra”, una simplificación que le permite polarizar el debate interno y trasladar la presión al ámbito internacional. En este relato, las instituciones comunitarias y Ucrania son presentadas como actores externos que tratan de interferir en la campaña electoral, reforzando así su discurso soberanista.

Dichas acusaciones han sido amplificadas por el partido del Gobierno, Fidesz-KDNP, especialmente tras conocerse —a través de medios internacionales— la coordinación entre el ministro de Asuntos Exteriores húngaro, Peter Szijjártó, y su homólogo ruso, Serguéi Lavrov, en reuniones de alto valor estratégico como las del Consejo Europeo o las negociaciones sobre paquetes de sanciones contra el Kremlin. Unos contactos que en Bruselas se observan con creciente preocupación.

Hungría es un submarino de Rusia dentro de la Unión Europea”, llegó a afirmar el ex jefe de la diplomacia europea, Josep Borrell, en una entrevista con Demócrata. Más allá de la contundencia de la expresión, lo cierto es que el veto de Viktor Orbán se ha consolidado como una herramienta política recurrente. Cada vez que los Estados miembros tratan de adoptar medidas para presionar a Rusia y frenar los ataques sobre Kiev, Budapest recurre a su capacidad de bloqueo.

En materia de política exterior, las normas de funcionamiento de la Unión Europea exigen unanimidad, lo que otorga a cada Estado miembro un poder enorme para condicionar decisiones estratégicas. Como fuentes diplomáticas consutadas apuntan; Orbán ha sabido explotar esta debilidad estructural, convirtiendo el veto en un instrumento de negociación constante, ya sea para obtener concesiones o para reforzar su discurso interno.

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Te conozco "bacalao"

A día de hoy, Hungría mantiene el bloqueo al préstamo de 90.000 millones de euros para Ucrania, que los Veintisiete habían acordado previamente durante una reunión en diciembre y que ahora requería una aprobación final por parte de los embajadores comunitarios. Este veto se aleja de ser un asunto meramente simbólico. Como el propio presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, recordó en vísperas de las vacaciones de Navidad, estas partidas son esenciales para sostener el funcionamiento del Estado ucraniano, que ve cómo sus arcas públicas se deterioran a medida que se prolonga el conflicto.

Fue en marzo cuando el presidente del Consejo Europeo, António Costa, criticó abiertamente lo que consideraba una “violación del principio de cooperación leal”, denunciando que Orbán estaba socavando acuerdos que ya habían sido adoptados por unanimidad. Cabe recordar que Budapest había dado su brazo a torcer sobre el préstamo de reparaciones parcialmente al asegurarse que no formaría parte de las aportaciones estatales para la configuración del préstamo, un movimiento que evidenció su estrategia de presión selectiva.

En tiempos de elecciones, la gente no es racional”, sentenció la Alta Representante, Kaja Kallas, en referencia a la postura del Gobierno húngaro. Una declaración que refleja la frustración creciente en Bruselas ante el uso político de decisiones estratégicas en plena campaña electoral.

Hungría, junto con Eslovaquia, mantiene también su negativa al vigésimo paquete de sanciones contra Rusia, lo que bloquea un nuevo intento de los europeos de aumentar la presión sobre Moscú. Orbán justifica su postura en la crisis energética derivada del ataque al oleoducto Druzhba, una de las principales fuentes de suministro del país. Budapest exige garantías para proteger esta infraestructura estratégica, mientras que Eslovaquia utiliza el veto como palanca para negociar compensaciones o exenciones.

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El Parlamento Europeo llegó a aprobar en el verano de 2024 una resolución en la que condenaba la reunión de Orbán con Vladimir Putin. “El Parlamento condena la reciente visita del primer ministro húngaro a la Federación de Rusia; subraya que no representó a la UE y considera que es una flagrante violación de los Tratados”, señalaba el texto, respaldado por más de 400 eurodiputados. La resolución coincidió con el veto húngaro al uso del fondo de reembolso destinado a garantizar apoyo militar a Ucrania, lo que intensificó aún más las tensiones institucionales.

La guerra en Ucrania también ha reactivado el debate sobre la ampliación de la Unión Europea. El inicio de la invasión a gran escala de Moscú sobre Kiev supuso un impulso a las negociaciones de adhesión de países candidatos como Ucrania y Moldavia. En este escenario, Viktor Orbán volvió a jugar sus cartas.

Salir de la sala: ¿la solución definitiva? 

En la cumbre del Consejo Europeo de diciembre de 2023, el primer ministro húngaro se negó inicialmente a respaldar la apertura de conversaciones con ambos países. La solución que encontraron los líderes europeos fue tan pragmática como reveladora: un receso informal —un café, un paseo— que permitió la ausencia de Orbán de la sala, evitando así un veto formal. Sin embargo, el gesto no eliminaba el problema de fondo, ya que Budapest mantenía la capacidad de bloquear el proceso en fases posteriores.

Desde entonces, Hungría ha retrasado al menos siete decisiones de política exterior y seguridad relacionadas con Ucrania. No obstante, expertos como Domènec Ruiz, representante del CIDOB en Bruselas, advierten de que esta estrategia “tiene un límite”, especialmente si el resto de socios decide explorar mecanismos alternativos de decisión.

En otro episodio de fricción, Hungría bloqueó decisiones vinculadas al Estado de derecho, incluyendo el desbloqueo de 22.000 millones de euros de los fondos europeos condicionados a reformas democráticas. Aunque estas decisiones corresponden formalmente al Ejecutivo comunitario, el Consejo se ha convertido en el espacio donde Orbán ejerce su capacidad de presión.

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Durante su presidencia rotatoria del Consejo en el segundo semestre de 2024, el país fue acusado de neutralizar o diluir iniciativas relacionadas con derechos fundamentales y libertad de prensa, reforzando la percepción de que Budapest utiliza su posición institucional para frenar avances en áreas sensibles para la Unión.

Una Unión ante sus propias contradicciones

La estrategia de Viktor Orbán para revalidar su cargo pasa por presentar cada uno de estos bloqueos como una defensa de la soberanía húngara frente a las presiones de Bruselas. Su discurso busca consolidar la idea de que su Gobierno protege el acceso a energía rusa barata y la autonomía estratégica del país, en línea con una narrativa euroescéptica cada vez más consolidada.

Sin embargo, este pulso constante también está teniendo efectos profundos en el funcionamiento de la Unión Europea. “No se puede permitir que ningún Estado miembro socave la credibilidad de las decisiones adoptadas colectivamente”, llegó a advertir António Costa, poniendo de relieve el riesgo de desgaste institucional.

Fuentes diplomáticas deslizan ya la necesidad de reformar el sistema de toma de decisiones. “Es imprescindible superar la regla de la unanimidad”, apuntan. Con 27 Estados miembros, el derecho de veto se ha convertido en un obstáculo estructural en materias clave como la política exterior y de seguridad. Pensar en una Unión ampliada a 30 o 32 países bajo este mismo sistema, concluyen los expertos, resulta sencillamente inviable.

En este contexto, las elecciones en Hungría no solo determinarán el futuro político de Viktor Orbán, sino que también servirán como indicador del grado de cohesión de la Unión Europea en un momento crítico. Más allá de las urnas, lo que está en juego es la capacidad del bloque para actuar con unidad frente a desafíos externos y tensiones internas.

El primer ministro de Hungría, Viktor Orbán (i) recibe al presidente del Consejo Europeo, António Costa, en el monasterio Karmelita el 25 de febrero de 2025. MINISZTERELNÖKI SAJTÓIRODA/BEN
El primer ministro de Hungría, Viktor Orbán (i) recibe al presidente del Consejo Europeo, António Costa, en el monasterio Karmelita el 25 de febrero de 2025. MINISZTERELNÖKI SAJTÓIRODA/BEN -

El resultado marcará, en última instancia, si la Unión avanza hacia una mayor integración o queda atrapada en sus propias reglas, en un escenario donde el consenso empieza a mostrar signos evidentes de agotamiento.