Europa ante el desafío de su propia defensa (II): de la retórica estratégica a la realidad industrial

El exconsejero en la Representación de España ante la UE, Carlos M. Ortiz Bru, reflexiona en Demócrata sobre la redefinición de la política europea para impulsar su propia defensa: "Europa habla de un mercado común de defensa. En la práctica, ese mercado sigue siendo una suma de mercados nacionales cuidadosamente protegidos"

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RUTTE | European Council

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Hace apenas seis meses escribía en este mismo medio que Europa había despertado, al fin, de la ilusión de una paz perpetua y comenzaba a enfrentarse al desafío de su propia defensa. El diagnóstico era claro: más gasto militar, más programas europeos y un discurso cada vez más insistente sobre la llamada “autonomía estratégica”. En estos meses, el escenario internacional no ha hecho más que confirmarlo con una contundencia difícil de ignorar.

Las guerras, como los incendios mal apagados, rara vez permanecen confinadas donde empiezan. Se expanden, contaminan regiones enteras y obligan a todos los actores a tomar posición. La guerra de Ucrania sigue abierta, Oriente Medio vuelve a tensarse periódicamente y la rivalidad geopolítica global -de Washington a Pekín, pasando por Moscú- continúa intensificándose. Europa responde con una mezcla de preocupación estratégica, prudencia burocrática y retórica institucional. Dicho de otro modo: el continente sigue hablando con solemnidad de “soberanía estratégica” mientras intenta definir qué significa en la práctica.

No sería justo negar que algo se mueve. La Comisión Europea ha acelerado sus iniciativas en defensa, impulsando instrumentos financieros, programas industriales y mecanismos de cooperación que hace apenas una década habrían parecido impensables. Fondos, préstamos, proyectos conjuntos, estrategias tecnológicas: la maquinaria comunitaria trabaja con intensidad. El problema es que la realidad estratégica europea no se decide únicamente en Bruselas, sino en las capitales nacionales, donde los reflejos de soberanía siguen siendo determinantes.

Conviene, además, no perder de vista una limitación estructural: la Unión Europea no dispone de competencias plenas en defensa ni de un presupuesto acorde con sus ambiciones. En ausencia de una reforma de los tratados -poco probable a corto plazo- cualquier avance significativo en armamento común deberá articularse mediante fórmulas intergubernamentales flexibles, coaliciones de países o mecanismos ad hoc, cuya gobernanza y procesos de decisión siguen sin definirse.

Rutte y Sánchez
Rutte y Sánchez - OTAN

Y ahí es donde empieza el verdadero problema.

El mercado europeo que nunca fue europeo

En teoría, Europa habla de un mercado común de defensa. En la práctica, ese mercado sigue siendo una suma de mercados nacionales cuidadosamente protegidos.

A diferencia de otros sectores económicos, la defensa nunca ha sido realmente un mercado libre. Es un mercado político, condicionado por la soberanía nacional. Las empresas no compiten solo por eficiencia o innovación, sino dentro de marcos definidos por los Estados. No viven realmente en un ecosistema continental, sino en sistemas nacionales. Dependen de sus ministerios de Defensa, que financian programas, fijan necesidades, adjudican contratos y, no menos importante, controlan exportaciones. El resultado es previsible: las decisiones industriales responden a intereses nacionales más que a una lógica europea.

Cada país protege a sus campeones industriales, mantiene empleo y capacidades dentro de sus fronteras, y cada programa europeo es el resultado de equilibrios políticos más que de planificación estratégica.

Europa proclama la necesidad de una base industrial común, pero actúa como si cada país pudiera sostener la suya propia. El resultado es una paradoja conocida: el continente dispone de recursos considerables, pero los dispersa con una eficiencia admirablemente baja.

En este contexto, conviene subrayar un elemento clave: el verdadero instrumento de una política europea de armamento no es tanto los programas de I+D o las subvenciones, como la contratación pública. En defensa, quien compra define el mercado. La creación de mecanismos de adquisición conjunta a escala europea -todavía embrionarios- plantea retos complejos: desde la definición de requisitos comunes hasta el reparto industrial entre países, probablemente mediante fórmulas de “retorno justo” que equilibren intereses sin bloquear los programas.

Al mismo tiempo, las guerras recientes están transformando la naturaleza del poder militar. Aunque Europa mantiene capacidades sólidas en sistemas convencionales, los conflictos actuales subrayan la importancia creciente de tecnologías como los drones, los sistemas de inteligencia y la ciberdefensa. Desarrollarlas requerirá no solo inversión, sino nuevas formas de cooperación y aprendizaje en algunos casos apoyándose en la experiencia operativa de países que ya están en primera línea de estos conflictos.

Francia: la estrategia como política de Estado

Francia sigue siendo el único país europeo que aborda la defensa con verdadera coherencia estratégica digna de ese nombre.

París entiende desde hace décadas que la industria militar no es solo un sector económico, sino un instrumento de poder nacional. Sus grandes empresas -Thales, Dassault, Naval Group- funcionan como extensiones de su política exterior. Cuando Francia vende armamento, vende también influencia y presencia estratégica.

El presidente francés, Emmanuel Macron. Julien Mattia/Le Pictorium via Z / DPA
El presidente francés, Emmanuel Macron. Julien Mattia/Le Pictorium via Z / DPA -

Además, dispone de una cultura estratégica consolidada, reforzada por su disuasión nuclear y por una tradición de autonomía militar que forma parte de su identidad política. Francia no habla de soberanía estratégica; la práctica.

Alemania: el gigante industrial en busca de estrategia

Alemania, por su parte, es un actor imprescindible y al mismo tiempo ambivalente.

Cuenta con una base industrial formidable y recursos financieros que podrían transformar la defensa europea. Sin embargo, su relación histórica con el poder militar sigue siendo compleja. Durante décadas, ha ejercido liderazgo económico mientras delegaba la seguridad en el marco transatlántico.

La guerra de Ucrania ha obligado a revisar ese equilibrio. El fondo extraordinario de defensa anunciado por el gobierno alemán es una señal clara, pero transformar recursos en poder estratégico requiere algo más que presupuestos: exige una visión política sostenida. Alemania intenta construirla, aunque todavía con cautela y recelo disimulado de vecinos.

El canciller de Alemania, Friedrich Merz, en una fotografía de archivo Michael Kappeler/dpa
El canciller de Alemania, Friedrich Merz, en una fotografía de archivo Michael Kappeler/dpa -

Además, el aumento del gasto no se ha traducido necesariamente en una apuesta por la industria europea. Alemania -como otros países- sigue recurriendo en gran medida a equipamiento estadounidense, lo que introduce una tensión evidente con el objetivo de autonomía estratégica.

Italia: el pragmatismo industrial

Italia juega una partida más discreta pero eficaz.

Roma ha desarrollado una estrategia industrial centrada en posicionar a sus empresas -especialmente Leonardo- en sectores clave: helicópteros, electrónica, espacio y sistemas avanzados. Busca nichos donde ser socio imprescindible en grandes programas europeos.

La primera ministra italiana, Georgia Meloni Europa Press/Contacto/Vincenzo Nuzzolese
La primera ministra italiana, Georgia Meloni Europa Press/Contacto/Vincenzo Nuzzolese -

No aspira al liderazgo absoluto, pero sí a evitar la irrelevancia, y lo está logrando con bastante habilidad.

España: entre la ambición y la dependencia

España, en cambio, refleja bien las contradicciones de la defensa europea.

Ha aumentado su inversión, modernizado parte de sus capacidades militares y reforzado su participación en programas europeos. El esfuerzo es real y merece reconocimiento. Sin embargo, el país sigue enfrentándose a una limitación estructural: su industria de defensa continúa dependiendo en gran medida de decisiones nacionales y de alianzas industriales dominadas por socios más poderosos.

La tentación de centrarse exclusivamente en crear “campeones nacionales” resulta políticamente atractiva en el discurso, pero ignora una realidad incómoda: el mercado de defensa del futuro será necesariamente europeo, no nacional. Convertir esa lógica en el eje de la estrategia implica perder de vista dónde se decidirá realmente la partida. Levantar grandes empresas aisladas en un ecosistema continental cada vez más integrado es, en el mejor de los casos, optimista; en el peor, simplemente anacrónico.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, interviene durante una sesión de control al Gobierno, en el Congreso, a 25 de marzo de 2026, en Madrid (España).César Vallejo Rodríguez - Europa Press
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, interviene durante una sesión de control al Gobierno, en el Congreso, a 25 de marzo de 2026, en Madrid (España). César Vallejo Rodríguez - Europa Press -

España dispone de capacidades relevantes -navales, aeroespaciales y tecnológicas- y empresas con potencial para desempeñar un papel significativo en el ecosistema europeo de defensa. Pero para lograrlo necesitará algo más que programas nacionales o planes industriales bien diseñados: necesitará una estrategia clara de integración industrial europea impulsada desde la propia política española. Y esa estrategia exige algo que con frecuencia escasea en este terreno: liderazgo político sostenido.

La construcción de una verdadera posición española en la defensa europea no puede dejarse únicamente en manos de las empresas ni resolverse a través de acuerdos técnicos entre ministerios. Requiere una implicación directa y continuada del Gobierno para definir una posición estratégica del país y negociar su lugar en la futura arquitectura industrial europea. España debe dejar de limitarse a participar en proyectos diseñados por otros y empezar a influir en su concepción y gestión desde el inicio.

Ello implica asumir varias responsabilidades políticas concretas; promover, con los principales socios europeos, una verdadera integración industrial, construir alianzas estables para garantizar su presencia en los grandes programas europeos del futuro y -quizá lo más difícil- contribuir a generar confianza para compartir tecnología, coordinar investigación, facilitar el acceso a la inteligencia estratégica y aceptar concentraciones empresariales de dimensión europea.

La defensa europea no se construirá solo con fondos comunitarios ni con documentos estratégicos, sino cuando los gobiernos asuman que la soberanía tecnológica no puede ser la suma de soberanías industriales aisladas. Si España quiere tener peso, deberá participar activamente en ese diseño político, no limitarse a ocupar el espacio que otros decidan dejarle.

En la defensa europea, como en la política internacional en general, los países no ocupan el lugar que creen merecer, sino el que son capaces de negociar y construir. Y esa es, probablemente, la verdadera tarea pendiente de la política española en esta nueva etapa estratégica.

Otros actores

A este panorama conviene añadir países como Suecia, cuya empresa Saab demuestra que economías más pequeñas pueden mantener capacidades tecnológicas avanzadas.

Keir Starmer, primer misnitro de Reino Unido. -/UK House Of Commons VIA PA Wir / DPA
Keir Starmer, primer misnitro de Reino Unido. -/UK House Of Commons VIA PA Wir / DPA -

Fuera de la Unión, el Reino Unido sigue siendo una potencia militar relevante, con una industria avanzada y tradición estratégica sólida. Sin embargo, su salida de la UE ha complicado su relación con los nuevos instrumentos europeos y ha reducido su influencia en la arquitectura industrial del continente.

El verdadero obstáculo: la voluntad política

En última instancia, el problema de la defensa europea no es tecnológico ni financiero, sino político.

Europa dispone de recursos, empresas y talento. Lo que falta es la voluntad de convertir ese potencial en una estrategia coherente. Pero claro, eso implicaría ponerse de acuerdo en cuestiones tan triviales como el liderazgo, la financiación o el control. Mientras los países sigan priorizando sus intereses industriales inmediatos por encima de la lógica europea, la autonomía estratégica seguirá siendo, en gran medida, una elegante fórmula retórica.

Ursula von der Leyen

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Construir una defensa europea exige decisiones difíciles. Significa aceptar una mayor especialización industrial, concentrar recursos en programas comunes y avanzar hacia un verdadero mercado europeo de defensa. Supone, en definitiva, asumir la seguridad como un bien colectivo.

De la retórica a la realidad

Europa ha avanzado más en defensa en los últimos cinco años que en las dos décadas anteriores. Sin embargo, sigue atrapada entre la necesidad de actuar como potencia estratégica y la persistencia de reflejos nacionales profundamente arraigados.

La defensa europea no se construirá en Bruselas, sino en las capitales nacionales, donde se toman las decisiones clave. Eso no hace irrelevantes a las instituciones europeas, pero su papel dependerá de la capacidad de los Estados para transformar ambiciones en mecanismos concretos, especialmente en financiación y contratación.

La historia europea muestra que la integración avanza en momentos de crisis, y la defensa podría ser uno de ellos. Para España, la cuestión es clara: decidir si quiere contribuir a diseñar la futura arquitectura industrial y tecnológica de la defensa europea y gestionar su pertenencia en los órganos decisorios o limitarse a ocupar el espacio que otros definan.

La ventana de oportunidad existe, pero no será permanente.

En un continente donde todos hablan de autonomía estratégica, pero pocos están dispuestos a ceder soberanía industrial, convertir ese concepto en políticas reales exige liderazgo político, capacidad de negociación y visión estratégica.

Porque la seguridad no se construye con discursos ni con estrategias cuidadosamente redactadas: se construye con decisiones. Y hasta ahora, Europa -y también España- ha demostrado una notable habilidad para seguir posponiéndolas.