Europa no se hunde. Europa gana tiempo mientras el agua sube. Convoca cumbres, redacta conclusiones, invoca valores y anuncia estrategias a diez o veinte años vista mientras la realidad avanza a la velocidad de los hechos consumados. Todo con modales impecables, todo con una serenidad institucional admirable y, cada vez más, con una eficacia alarmantemente limitada.
No asistimos a una tragedia épica. Europa no cae como Roma ni implosiona como la Unión Soviética. Se desvanece con elegancia. No por falta de inteligencia ni de recursos, sino por algo mucho más europeo: una incapacidad estructural para decidir a tiempo, acompañada siempre de un documento explicativo.
Europa no cae como Roma ni implosiona como la Unión Soviética. Se desvanece con elegancia
Estos días lo hemos vuelto a ver. En Davos, Europa habló de responsabilidad global mientras otros hablaron sin rodeos de intereses. En Groenlandia, la geopolítica se expresó sin metáforas ni comunicados conjuntos. En Ucrania, la guerra sigue marcando el ritmo estratégico del continente, mientras Europa oscila entre la retórica moral y la prudencia temerosa. En la guerra comercial larvada, responde con advertencias legales a actores que hace tiempo han decidido ignorarlas.
Nada de esto es nuevo. Lo inquietante es que ya no sirve fingir que lo es.
Durante décadas, Europa actuó como si la historia hubiera terminado y el poder duro fuera una grosería del pasado. Creyó que la interdependencia económica garantizaba la paz, que el comercio sustituía a la disuasión y que las normas, bien redactadas y correctamente financiadas, se defendían solas. Fukuyama escribió, Europa asintió… y Bruselas legisló.
Mientras tanto, otros hicieron cosas menos refinadas. Estados Unidos acumuló poder mientras externalizaba valores. China construyó hegemonía con paciencia imperial. Rusia convirtió el resentimiento en doctrina estratégica. Turquía ensayó su nostalgia otomana. Europa, fiel a su vocación, produjo directivas, estrategias marco y planes a largo plazo que nadie pensaba ejecutar en condiciones de crisis real.
Europa se convenció de que tener razón bastaba. De que la superioridad moral compensaba la debilidad estratégica. De que nadie se atrevería a desafiar a un continente que hablaba el lenguaje correcto, aunque careciera de medios para imponerlo. Y se atrevieron.
Hoy la Unión Europea es una superpotencia normativa en un mundo que ya no cree en las normas. Un faro ético rodeado de piratas. Un profesor de filosofía explicando a gritos a gente armada por qué no debería pegarse. Redacta resoluciones mientras otros redactan ultimátum. Emite comunicados sobre derechos humanos mientras otros despliegan divisiones. Y cuando la realidad no encaja con sus valores, concluye -con gran dignidad- que la realidad está mal diseñada.
Raymond Aron lo formuló con crudeza: las democracias creen que la historia es razonable; los imperios saben que no lo es. Europa creyó. Otros actuaron.
El problema no es solo externo. Internamente, la Unión ha conseguido una proeza notable: construir un sistema político exquisitamente incapaz de decidir cuándo más lo necesita. Veintisiete gobiernos, veintisiete intereses legítimos, veintisiete razones impecables para no hacer nada. Todos hablan de Europa. Ninguno gobierna realmente como europeo.
La unanimidad se ha convertido en coartada, el veto en instrumento de política doméstica y el consenso en parálisis elevada a virtud. No faltan ideas; sobra pánico al conflicto interno. Nadie quiere explicar que la seguridad cuesta dinero, que el poder implica riesgo y que la decadencia también es una opción política, aunque raramente se confiese en público.
Durante décadas, además, Europa vivió bajo un malentendido cómodo: que Estados Unidos estaría siempre ahí. Que la OTAN era eterna. Que Washington protegería, pagaría y decidiría mientras Europa criticaba desde la barrera con elegante superioridad moral. El atlantismo fue una coartada perfecta para no crecer, no invertir y no asumir responsabilidades estratégicas propias.
Hoy Estados Unidos mira al Pacífico, a China y a sí mismo. Europa descubre, con sorpresa genuina, que ya no es el centro del mundo. El paraguas sigue ahí, pero ya no cubre igual. Y cuando el protector duda, el protegido entra en pánico… o en negación. Europa, fiel a su trayectoria, ha elegido durante demasiado tiempo la negación.
Mucha narrativa, poca munición
La guerra volvió al continente con tanques, trincheras y muertos. Historia en estado puro. ¿Y Europa? Solidaria, comprometida, indignada… y estructuralmente insuficiente. Sanciona, condena, apoya, pero no dirige. Envía armas con cuentagotas y discursos a granel. No decide el curso del conflicto ni su final. No tiene disuasión autónoma, ni capacidad industrial suficiente, ni estrategia común. Habla de “paz justa” sin poder imponerla y de “victoria” sin medios para sostenerla.
En defensa, Europa habla como si la guerra fuera un proyecto cultural. Mucha narrativa, poca munición. Veintisiete ejércitos, sistemas incompatibles, presupuestos insuficientes y una fe casi religiosa en que la guerra no debería ocurrir… porque es fea. Europa no es pacifista: es incapaz de defenderse y ha decidido llamar a eso virtud.
Económicamente, la Unión regula como si aún produjera y redistribuye como si aún creciera. Debate normas de competencia mientras pierde campeones industriales. El diagnóstico de Draghi es incómodo pero certero: Europa premia la prudencia, penaliza el riesgo y castiga la escala. Sin integración real de mercados de capitales, sin inversión común y sin músculo financiero, no hay futuro competitivo. Mientras otros subsidian, planifican y ejecutan, Europa evalúa, consulta y pospone.
Europa habla como si la guerra fuera un proyecto cultural. Mucha narrativa, poca munición
En ese vacío prosperan los nacionalismos. No como anomalía, sino como consecuencia lógica. Cuando Europa no protege, cada Estado intenta protegerse solo. Cuando el centro no decide, las periferias gritan. Lo llamamos populismo para no admitir que es miedo sin respuesta común.
Todo esto es conocido, no es una novedad, son verdades que ya no admiten replicas, pero que conviene recordarlas. Pero ¿significa que la única salida es “más Europa”? No exactamente, y aquí conviene matizar. Significa mejor Europa donde sea imprescindible -defensa, industria, energía, financiación-, pero también más responsabilidad inmediata de los Estados miembros, sin esconderse tras Bruselas.
Ser potencia
Sí, es necesario avanzar hacia una Europa capaz de actuar como potencia, aunque eso implique romper tabúes, aceptar geometrías variables y dejar atrás la unanimidad permanente. Sin escala no hay poder, y sin poder no hay valores que se sostengan. No es ideología: es aritmética básica.
Se han cometido errores, se han perdido oportunidades, se ha perdido tiempo, pero también hay cosas que pueden hacerse ya, sin tratados nuevos ni cumbres solemnes. Los Estados pueden aumentar de inmediato su capacidad industrial de defensa, coordinar compras, simplificar procedimientos, asumir costes políticos internos y dejar de utilizar a la Unión como coartada para la inacción. La excusa de “Europa no nos deja” pierde fuerza cuando Europa, sencillamente, no decide.
Y hay algo aún más urgente: dejar de hacer el ridículo estratégico. Menos gestos grandilocuentes, menos declaraciones vacías, menos amenazas legales sin respaldo real. Más sobriedad, más coherencia entre palabras y medios, más silencio útil.
Europa no está derrotada. Está retrasada. Y el retraso, en política internacional, se paga caro.
No hay tercera vía cómoda. O Europa acepta que el poder implica conflicto, riesgo y decisiones impopulares y actúa -aunque eso incomode, divida y obligue a elegir- o seguirá deslizándose hacia una irrelevancia educada, convencida hasta el final de que tenía razón.
La historia no premia la corrección moral, sino la capacidad de actuar cuando hablar deja de ser suficiente. Y en un mundo que ha vuelto a creer en el poder, seguir creyendo solo en las palabras no es virtud: es suicidio con buena dicción.