Europa ha descubierto la autonomía estratégica. O, siendo honestos, ha descubierto que pronunciarla en voz alta resulta reconfortante, aunque no implique necesariamente practicarla. Autonomía estratégica en defensa, en industria, en energía, en finanzas, en materias primas, en chips, en hidrógeno, en baterías y, si nadie introduce un mínimo de pudor, pronto también en la producción de tornillos soberanos con etiquetado geopolítico de origen. Todo muy solemne, muy técnico, muy europeo y, por ahora, profundamente retórico.
Sin embargo, hay un detalle menor -solo uno- que sigue quedando cuidadosamente fuera del debate. Quizá por pudor, quizá por miedo a ser señalado como “iliberal”, quizá por la simple y persistente comodidad de no mirar donde incomoda: la información.
Porque Europa puede fabricar tanques, regular plataformas, imponer aranceles verdes y emitir deuda conjunta, pero sigue explicándose el mundo -y explicándose a sí misma- a través de medios que no son europeos, no responden a intereses europeos y no tienen el menor incentivo para priorizar valores europeos. Lo hace, además, con una mezcla de resignación, ingenuidad y superioridad moral que, observada desde fuera, oscila entre lo pintoresco y lo alarmante.
La neutralidad, siempre ajena
La dependencia mediática europea no es una teoría conspirativa ni una exageración retórica. Es estructural, sistémica y perfectamente visible. Reuters, Associated Press y Bloomberg fijan la agenda informativa global. Financial Times interpreta la realidad para las élites económicas europeas. Politico -ese oráculo moderno de Bruselas- decide qué importa, quién es fiable, quién es sospechoso y quién merece ser observado con preventiva desconfianza. Todo ello desde una lógica editorial anglosajona, fundamentalmente estadounidense, que nadie oculta… excepto Europa, que insiste en comportarse como si no existiera.
No hace falta que estos medios mientan. Sería burdo, ineficiente e innecesario. Basta con ordenar la realidad, decidir qué merece portada, qué se degrada a nota secundaria y qué desaparece por completo. La hegemonía informativa no consiste en falsear los hechos, sino en administrar su relevancia jerarquizándola. Y Europa lleva décadas aceptando, sin discusión ni resistencia, que esa administración la ejerzan otros.
La hegemonía informativa no consiste en falsear los hechos, sino en administrar su relevancia jerarquizándola
Lo verdaderamente inquietante es que muchos gobiernos europeos no solo toleran esta situación, sino que la celebran activamente. Aplauden con entusiasmo la implantación en su territorio de grandes medios y plataformas de influencia ajena, como si se tratara de inversiones productivas neutrales o gestos de amistad desinteresada. Lo hacen con la esperanza -tan persistente como infundada- de que, llegado el momento, esos actores “comprendan”, suavicen o incluso respalden sus políticas internas. Una esperanza conmovedora, si no fuera porque ignora un principio elemental: estos medios no están ahí para apoyar a gobiernos europeos, sino para defender intereses, marcos y prioridades que no son los suyos.
El episodio de las críticas a Pedro Sánchez por su posición frente a las grandes tecnológicas -Meta, Telegram y compañía- es revelador. En Politico y otros medios de influencia anglosajona, cualquier intento europeo de regular, cuestionar o simplemente incomodar a plataformas digitales estadounidenses se presenta automáticamente como una deriva autoritaria, un ataque a la libertad de expresión o una peligrosa tentación intervencionista. El guion es invariable: Europa regula demasiado, molesta al mercado y no entiende la innovación. Resulta casi enternecedor observar cómo, cuándo Estados Unidos hace exactamente lo mismo -o algo mucho más agresivo-, se le denomina defensa legítima de la seguridad nacional.
Aquí aflora uno de los dogmas más persistentes y menos examinados del ecosistema europeo: el mito del periodismo neutral. Ese periodismo etéreo, supuestamente suspendido por encima de intereses, valores y relaciones de poder, que curiosamente solo es considerado neutral cuando coincide con los intereses de quien domina el relato. Estados Unidos financia medios internacionales, fundaciones, think tanks, programas académicos y redes de influencia con total naturalidad sin que nadie se escandalice. Europa, en cambio, entra en crisis moral cada vez que se plantea apoyar medios propios: “¿y si es propaganda?”, “¿y si se politiza?”, “¿y si alguien se siente incómodo?”.
El resultado es una paradoja que roza lo obsceno: Europa desconfía tanto de sí misma que ha externalizado su narrativa global a actores que no tienen que entenderla, porque su función no es comprender Europa, sino defender con eficacia los intereses de quien les financia. Y luego se sorprende cuando sus posiciones aparecen caricaturizadas, trivializadas o directamente incomprendidas en el debate internacional.
Europa no es Estados Unidos. No lo es ni debería aspirar a serlo, y menos en el contexto actual. Su modelo social, su concepción del Estado, su relación con el mercado y su tradición política son distintas y ahora distantes. Cree -al menos en el plano declarativo- en el multilateralismo, la regulación, la cohesión social y cierto equilibrio entre mercado y democracia. Pretender que medios anglosajones, financiados y consumidos en otro ecosistema político y cultural, vayan a priorizar espontáneamente estos valores no es idealismo: es una forma particularmente sofisticada de autoengaño estratégico.
Europa no es Estados Unidos. No lo es ni debería aspirar a serlo, y menos en el contexto actual
Mientras tanto, seguimos escuchando y repitiendo que la información debe dejarse al mercado. Como si el mercado informativo global fuera un espacio neutral, abierto y competitivo, y no uno de los ámbitos más concentrados, asimétricos y politizados del planeta. Como si la información no fuera una infraestructura crítica. Como si moldear percepciones, narrativas y consensos no fuera una herramienta de poder más eficaz -y más barata- que muchos sistemas de armas.
Soberanía mediática como infraestructura estratégica
Europa debería empezar por lo elemental: reconocer que la información es poder. Tan poder como la energía, las telecomunicaciones o la defensa. Y actuar en consecuencia. Eso exige políticas públicas claras, financiación sostenida y visión estratégica. No para controlar contenidos ni dictar editoriales, sino para garantizar una esfera mediática europea fuerte, plural y con capacidad real de influencia y de competir en igualdad de condiciones.
¿Debe Europa apoyar medios, consorcios, fundaciones, think tanks, programas académicos y redes de influencia que defiendan intereses y valores europeos? Sí. Sin complejos. Sin disculpas anticipadas. Sin catecismos morales. Apoyar no significa escribir, dirigir o insinuar titulares desde un despacho en Bruselas, sino crear las condiciones materiales para que existan. Si apoyar a Airbus no es propaganda, apoyar medios europeos tampoco debería serlo. La diferencia es simple: un avión no disputa el relato; un titular sí.
Otro paso razonable -y sorprendentemente ignorado- es fomentar la cooperación entre medios europeos. El continente está lleno de excelentes medios nacionales, con profesionales de primer nivel, que compiten entre sí en mercados cada vez más estrechos mientras los grandes actores globales operan en escala continental. Una red europea de medios independientes que comparta corresponsales, investigaciones y plataformas no es una fantasía federalista: es realismo competitivo.
¿Debe Europa apoyar medios que defiendan intereses y valores europeos? Sí. Sin complejos
Y luego está la ausencia más clamorosa, casi insultante por lo evidente: una agencia europea de noticias con peso global. Mientras Reuters y AP sigan siendo la fuente primaria de información internacional, Europa seguirá hablando con palabras prestadas. Podrá comentar, matizar y reaccionar, pero no marcar agenda. Y quien no marca agenda, se limita a obedecerla.
La pregunta final es incómoda, quizá excesivamente geopolítica para una Europa que prefiere verse a sí misma como un foro de debate permanente: ¿queremos ser un actor global o simplemente un gran mercado regulado?
Porque sin soberanía mediática, la autonomía estratégica europea será siempre incompleta, frágil y reversible. Tendremos industrias, ejércitos y reglamentos, pero no relato. Y en un mundo donde el poder se ejerce cada vez más a través de la percepción, renunciar al relato propio no es ingenuidad: es una rendición cuidadosamente racionalizada.
Europa puede seguir fingiendo que esto no va con ella. Puede seguir celebrando la llegada de medios ajenos como si fueran aliados naturales y escandalizándose cada vez que alguien sugiere apoyar los propios. Puede seguir leyendo con devoción cómo otros explican quién es, qué hace mal y por qué siempre llega tarde. O puede, por una vez, tomarse en serio su propia retórica y asumir que la soberanía también se escribe en titulares.