Europa a primera hora: café, Financial Times y el “oráculo” de POLITICO

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El presidente Donald Trump participa en una entrevista con Bev Turner de GB News

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En Bruselas la soberanía europea se ejerce temprano. Muy temprano. No en el Parlamento ni en el Consejo, sino a la hora del desayuno, ese momento sagrado en el que aún no se ha decidido nada, pero todo el mundo ya sabe quién manda hoy. Ministros, comisarios, eurodiputados, diplomáticos, asesores y lobistas repiten un ritual tan automático como tranquilizador: abrir el Financial Times para comprobar que el mundo sigue hablando inglés, y POLITICO para que alguien les traduzca qué pensar sobre Europa antes de que Europa tenga la tentación de pensarse sola.

No es información: es coaching institucional. No es lectura: es alineamiento profiláctico. POLITICO no se consulta para entender qué ocurre, sino para aprender qué conviene considerar relevante. Su autoridad se acepta con una fe casi teológica, pese a que sus cifras de audiencia -ese molesto recordatorio empírico- insisten en que se trata de una influencia más citada que leída, más reverenciada que comprobada. Pero en Bruselas importa menos cuántos leen que quién dice haber leído.

El Financial Times aporta el clima general; POLITICO distribuye los mapas del poder. Su función no es informar, sino ordenar: quién asciende, quién cae y quién ya puede empezar a ser mencionado con ese tono amable que precede al olvido. Su prestigio se apoya en una virtud real: acceso privilegiado a la micro vida de las instituciones. Publica lo que la prensa nacional no puede —o no quiere— contar: la cocina del poder europeo, donde las decisiones no se toman, se deslizan; no se votan, se sugieren.

Pero creer que POLITICO se limita a informar es una ingenuidad casi entrañable. Su talento no está en describir el poder, sino en organizarlo mentalmente para consumo interno. No fiscaliza: coreografía. No investiga: jerarquiza. No pregunta: orienta. Todo con titulares ingeniosos, gráficos elegantes y la constante sensación de que lo que ocurre no podía haber ocurrido de otro modo.

Europa decide; América edita, con sello MAGA

Hay un detalle que en Bruselas se menciona con la incomodidad de quien habla de dinero en una cena elegante: POLITICO es un medio inequívocamente estadounidense. La propiedad será alemana, la redacción estará en Bruselas y la decoración será europeísta, pero el centro de gravedad sigue firmemente anclado en Virginia, donde el poder se entiende sin complejos y la influencia no se disfraza de pluralismo.

No fue casual que la amenaza de Trump de cancelar suscripciones federales provocara más sudores fríos que cualquier crisis institucional europea. Desde entonces, la diligencia editorial se ha vuelto ejemplar. POLITICO funciona como una embajada narrativa permanente: sin bandera, sin control democrático europeo y con acceso preferente a los pasillos comunitarios. Todo ello bajo el patrocinio ideológico de una Administración cuyos emisarios han prometido, con entusiasmo poco diplomático, la “abolición de Europa”.

Y aun así, POLITICO actúa como árbitro natural de la política europea. Nadie lo ha elegido, nadie lo ha autorizado, pero reparte credenciales de relevancia con la naturalidad de quien se siente en casa. Porque, en el fondo, lo está.

El boletín oficioso bien escrito de Bruselas

POLITICO se define como perro guardián del poder, aunque en la práctica ejerce más bien de su community manager premium. Su obsesión por el who’s up / who’s down convierte la política europea en una serie por entregas a lo “Juego de Tronos”, donde lo importante no es qué se decide, sino quién aparece bien colocado en la foto mientras no decide nada.

Habla un idioma que entienden perfectamente comisarios, lobistas y asesores, pero que resulta misteriosamente ajeno para la mayoría de los ciudadanos

El resultado es un periodismo brillante en la forma y extraordinariamente cómodo en el fondo, diseñado para un ecosistema que prefiere hablar de equilibrios internos antes que de decisiones políticas. Más que fiscalizar el poder, POLITICO lo acompaña con comprensión empática. Su europeísmo es cuidadosamente dosificado: crítico en lo irrelevante, exquisitamente prudente en lo esencial y siempre alineado con los grandes consensos atlánticos, esos que no necesitan votarse porque vienen incorporados de fábrica.

Desde su torre de cristal, POLITICO habla un idioma que entienden perfectamente comisarios, lobistas y asesores, pero que resulta misteriosamente ajeno para la mayoría de los ciudadanos. No pretende ser popular ni democrático: es el medio de una élite que se lee a sí misma para confirmarse que sigue siendo imprescindible.

Y la élite responde con entusiasmo. POLITICO es lectura obligatoria, termómetro de estatus y certificado de existencia política. Se comenta en los pasillos, se disecciona en los despachos y se cita como si fuera jurisprudencia. Los mismos políticos que alertan solemnemente sobre injerencias mediáticas extranjeras miden su relevancia por el número de veces que aparecen mencionados. No es dependencia: es una relación madura, abierta y perfectamente asimétrica.

Aspiraciones de oráculo, funciones notariales

POLITICO no se limita a informar sobre el poder europeo: lo valida. Funciona como una suerte de notaría narrativa donde no se crean realidades, pero se certifican jerarquías. Decide quién cuenta, quién incomoda y quién puede ser ignorado sin mayores explicaciones. Aparecer en sus páginas equivale a una consagración discreta; desaparecer, a una irrelevancia administrativa perfectamente ordenada.

No legisla, pero busca condicionar; no gobierna, pero intenta orientar; no decide, pero establece qué decisiones merecen atención. Cuando POLITICO publica, los despachos toman nota; cuando guarda silencio, los asuntos pierden densidad política. Es un poder sin mandato ni rendición de cuentas, pero reconocido como referencia.

Desde esa lógica, resultó coherente -casi didáctico- que POLITICO proclamara a Donald Trump como la figura más influyente de Europa. No fue una provocación, sino una conclusión editorial. Trump no representa a ningún ciudadano europeo, no responde ante sus instituciones y ha mostrado un desprecio abierto por el proyecto comunitario. Precisamente por ello encaja con precisión en el perfil del poder contemporáneo: influencia sin responsabilidad, presión sin negociación y capacidad de desestabilización sin coste directo.

Desde una perspectiva jurídica, el gesto es difícil de justificar; desde una institucional, desconcertante; desde una geopolítica, eficaz. POLITICO no necesitó alterar normas ni intervenir en procesos formales: bastó con ordenar simbólicamente el tablero y dejar que Bruselas interiorizara la jerarquía. Nombrar es gobernar, especialmente cuando no se gobierna formalmente.

El Tratado de la Unión Europea habla de democracia representativa; POLITICO habla de influencia. En Bruselas, ambos conceptos conviven, aunque no coticen al mismo precio a primera hora de la mañana.

Neutralidad weaponizada: la cortesía como arma

La neutralidad deja de existir cuando siempre se invita a los mismos y nunca se incomoda a nadie verdaderamente poderoso. La entrevista a Trump fue un ejercicio magistral de hospitalidad editorial. Preguntas suaves, silencios estratégicos y una ausencia tan escrupulosa de contexto jurídico europeo que casi podía confundirse con delicadeza diplomática.

Trump insultó a dirigentes europeos, cuestionó la soberanía del continente y ridiculizó políticas comunes sin que nadie interrumpiera el flujo natural del monólogo. El entrevistador escuchó con atención, publicó con diligencia y evitó cualquier gesto que pudiera interpretarse como contradicción. Confrontar habría sido grosero; contextualizar, innecesario; recordar el marco jurídico europeo, de mal gusto.

Entrevistar sin confrontar es aceptar. Publicar sin contextualizar es normalizar. El mensaje implícito fue impecable: Europa es el decorado, no el sujeto. El anfitrión sonríe, el invitado habla y el escenario cumple su función esencial en la nueva dramaturgia del poder: estar presente sin molestar.

El desarme normativo como consejo amistoso

POLITICO no se limita a legitimar al líder: también amplifica a sus intérpretes autorizados. Cuando el enviado de Trump a Bruselas sugiere que Europa debería dejar de ser “el regulador del mundo”, no está proponiendo un debate académico, sino una renuncia estratégica. no informa: traduce un interés. Traducido al lenguaje jurídico: abandono voluntario de soberanía normativa.

Brussels Effect es uno de los pocos instrumentos reales de poder global europeo, y pedir su abandono equivale a una elegante invitación a la irrelevancia. POLITICO lo presenta como una opinión más. Neutralidad, lo llaman. En este contexto, es cortesía estratégica.

Progresismo de escaparate, colonialismo narrativo

POLITICO se presenta como moderno, progresista y europeísta. En la práctica, ejerce como un sofisticado dispositivo de disciplina blanda. No necesita atacar frontalmente: le basta con redistribuir la relevancia simbólica.

El tratamiento de Teresa Ribera es ejemplar. No se la desacredita, no se la ridiculiza, no se la ataca. Algo mucho más eficaz: se la aísla y ningunea. Se la describe como figura relevante pero políticamente sola, con escaso peso económico y marginal frente a comisarios “más influyentes”. Todo muy educado. Todo perfectamente quirúrgico.

La pérdida de ambición del Pacto Verde aparece, así como una consecuencia casi natural de fuerzas impersonales, nunca como una decisión política concreta. Ribera no es incómoda para determinados intereses; simplemente está desalineada. Insistir en que el Pacto Verde no nació para tranquilizar consejos de administración se presenta como una excentricidad. Tener principios, en este ecosistema, es una forma de marginalidad.

El mensaje es claro: la política climática es aceptable siempre que no pretenda alterar demasiado el orden económico existente. Cuando lo hace, deja de ser ambición y pasa a ser obstinación. En este relato, la coherencia ideológica no es virtud, sino falta de pragmatismo

Cuando la influencia se disfraza de expansión editorial

El anuncio de una edición española de POLITICO para 2026 no responde a ningún impulso filantrópico. Llega, como por instinto, en el momento exacto: crisis institucional, retórica hostil desde Washington y un entusiasmo iliberal que vuelve a cotizar al alza. No hace falta recurrir a teorías conspirativas; basta con reconocer el olfato. Resulta especialmente curioso que el desembarco se salte Italia -con un gobierno cómodamente alineado con el conservadurismo norteamericano- y apunte, en cambio, al único gran gobierno progresista del continente. No existen las casualidades, solo las casualidades bien financiadas. Y en el ecosistema mediático, más aún.

Tal vez el problema sea que el patriotismo democrático tiene escasa rentabilidad en los mercados

La ironía final es casi poética: esta operación cuenta con capital europeo, incluso español. Entidades que deberían velar por la estabilidad jurídica apoyan un proyecto que erosiona la autonomía política del continente.

Más inquietante aún es el respaldo de personas próximas al partido del Gobierno. Predicar soberanía mientras se entrega el control del relato no es incoherencia: es rendición maquillada de responsabilidad institucional. Sin entrar en el persistente ejercicio de autodesgaste del gobierno central español, el escenario que dejan unas elecciones generales plantea una incógnita menos explícita y más reveladora: ¿qué arquitectura de poder resulta realmente cómoda para quienes observan desde fuera? ¿Y qué pieza conviene que no esté sobre el tablero? Mientras se debate el menú y se discuten los cubiertos, el plato principal ya está decidido en la cocina.

Tal vez el problema sea que el patriotismo democrático tiene escasa rentabilidad en los mercados, o que la defensa del proyecto europeo ofrece menos retorno que la buena sintonía con Washington.

Gobernar también es dejar de leer obedientemente

Europa regula mercados, datos y competencia, pero ha renunciado a proteger el espacio donde se decide qué importa, quién manda y qué acaba pareciendo inevitable. Esa renuncia no es casual: la clase política, administrativa y empresarial ha delegado ese terreno en lecturas producidas fuera del continente, consumidas cada mañana como si fueran neutrales y no profundamente políticas. No se construyeron relatos propios ni campeones mediáticos capaces de disputar ese espacio, y el vacío -como siempre fue ocupado desde fuera y para fines ajenos.

Ese mismo ecosistema dirigente no solo acepta ese marco externo, sino que lo interioriza y lo reproduce, hasta el punto de gobernar con categorías prestadas y prioridades importadas. Convencida de que leer es un acto inocente, la élite ´bruselense asume sin demasiada resistencia un relato que acaba condicionando su percepción de lo relevante y lo inevitable.

Europa necesita periodistas, medios y relatos propios, no para fabricar propaganda, sino para dejar de actuar como eco disciplinado de intereses ajenos. Si Europa no se cuenta a sí misma, otros lo harán.

Europa no ha perdido soberanía: la ha externalizado y la consume cada mañana, entre café y croissant, con una devoción admirable.

SOBRE LA FIRMA: Carlos M. Ortiz Bru es exconsejero de Transportes y Telecomunicaciones en la Representación de España ante la Unión Europea y administrador civil del Estado.