Groenlandia y el matón: el tamaño importa

El eurodiputado del Grupo Socialista y ponente del acuerdo pesquero entre la Unión Europea y Groenlandia, Nicolás González Casares, analiza la responsabilidad del continente sobre la Isla, después de que Estados Unidos muestre su voluntad de hacerse con su territorio

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Nicolás González Casares

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Estuve en Groenlandia el pasado mes de septiembre. Mi viaje no fue turístico ni casual: acudí como uno de los eurodiputados ponentes en el marco del acuerdo pesquero entre la Unión Europea y este territorio autónomo del Reino de Dinamarca. Un acuerdo estratégico que regula el acceso a recursos pesqueros a cambio de apoyo financiero y cooperación, y que reconoce explícitamente la singularidad política, social y cultural de Groenlandia.

"Volví profundamente impresionado"

Groenlandia es, en muchos sentidos, un tesoro de la humanidad. No es romanticismo, son hechos objetivos. Cerca del 80 % de su superficie está cubierta de hielo, y apenas alrededor del 5 % del territorio es realmente habitable. Es una de las regiones más extremas del planeta, con una biodiversidad frágil, un enorme reservorio de agua dulce y uno de los pocos grandes espacios que siguen siendo, en gran medida, salvajes.

Allí viven algo más de 56.000 personas, mayoritariamente inuit. Comunidades que han logrado adaptarse a la vida moderna sin romper con sus tradiciones. Cazan, pescan, viven del turismo y, en las últimas décadas, han mejorado de forma notable sus condiciones de vida. Y hay una razón fundamental para ello: Dinamarca no ha antepuesto la explotación intensiva de los recursos a la preservación del territorio ni a la dignidad del pueblo inuit. Ha optado, con aciertos y errores, por un equilibrio entre desarrollo, autonomía y protección del medio.

Justo lo contrario de lo que cabría esperar de alguien como Donald Trump.

Un pueblo pequeño, orgulloso y con derecho a decidir

El pueblo groenlandés quiere más autonomía. Y lo quiere con razón. Lleva miles de años habitando uno de los territorios más duros del planeta. Groenlandia les pertenece, no como consigna política, sino como realidad histórica, cultural y humana.

La idea de Trump de anexionar Groenlandia —llegando incluso a insinuar la vía militar— no responde a una lógica de seguridad ni de cooperación internacional. Es la lógica del matón. Y no es solo una percepción europea: una amplísima mayoría de los groenlandeses rechaza cualquier integración en Estados Unidos, prefiere mantener su estatus de autonomía dentro del Reino de Dinamarca y, llegado el caso, se siente mucho más cercana a Europa que a Washington. Los últimos datos afirman que el pueblo groenlandés opta por estar en la UE (hasta un 60%) y que mayoritariamente rechazan pertenecer a EEUU (85%).

Groenlandia es inmensa: más de 2,1 millones de kilómetros cuadrados, con una costa que supera los 44.000 kilómetros, una de las más largas del mundo. Su capital, Nuuk, apenas supera los 19.000 habitantes. Esta combinación convierte a Groenlandia en un territorio fácil de conquistar desde un punto de vista militar, pero extraordinariamente difícil de defender frente a una agresión sostenida. Protegerla exigiría un despliegue militar masivo y permanente que ninguna potencia —ni siquiera Estados Unidos— puede asumir sin debilitar otros frentes estratégicos.

El Ártico, el clima y la obsesión por el tamaño

Es cierto que el Ártico se ha convertido en una región de creciente interés estratégico. El cambio climático —que Trump sigue negando— está abriendo progresivamente nuevas rutas de navegación por la fusión de la banquisa, y revalorizando zonas hasta ahora inaccesibles. Groenlandia cuenta con recursos minerales relevantes, incluidos minerales críticos para la transición energética y digital.

Pero sería ingenuo pensar que esta es la principal motivación de Trump.

Si el interés fuera estrictamente militar, Estados Unidos ya dispone de acuerdos con Dinamarca que le permiten presencia estratégica en la isla. De hecho, Washington ha reducido su despliegue militar en Groenlandia en las últimas décadas. Si el interés fuera económico, Dinamarca ha mostrado reiteradamente disposición al diálogo y a acuerdos razonables sobre explotación de recursos.

La clave parece ser otra, más simple y más inquietante

Trump ha llegado a decir, al observar un mapa de Groenlandia, “Look at the size of this. It’s massive” y a continuación que “debería ser parte de Estados Unidos” precisamente por esa enorme extensión territorial. No es una frase menor ni anecdótica: revela una concepción del poder profundamente territorial, casi decimonónica, donde el tamaño físico del país se confunde con su grandeza política.

Groenlandia tiene una superficie de más de 2,16 millones de kilómetros cuadrados. Si Estados Unidos se anexionara la isla —algo jurídicamente inaceptable— su territorio pasaría de unos 9,8 millones de km² a cerca de 12 millones. Se situaría así mucho más cerca de la superficie de Rusia y superaría claramente a Canadá.

No es un detalle menor. Con Groenlandia, Estados Unidos ampliaría de forma drástica su frontera ártica, se colocaría a escasos cientos de kilómetros de Rusia y reforzaría su presencia directa en el Alto Norte. Una expansión territorial de este calibre no tiene precedentes en el mundo occidental contemporáneo.

Aquí aparece otro dato inquietante: Canadá también ha sido objeto de amenazas veladas de anexión por parte de Trump. No es casual.

En inglés, “great” puede significar “grandioso”, pero cuando hablamos de tamaño físico se utiliza “big”. Y todo indica que, para Trump, hacer América “great again” pasa por hacerla “bigger”.

El abismo transatlántico

Cualquier amenaza seria sobre Groenlandia —y más aún cualquier intento de anexión— abriría un conflicto de enorme calado entre Estados Unidos y Europa. La OTAN quedaría, de facto, herida de muerte, Ucrania tendría muy difícil encontrar una salida justa y estable al conflicto y Vladimir Putin aprovecharía la fractura.Trump parece asumir que Europa no se atreverá a plantarle cara. Tal vez acierte si Europa duda o mira hacia otro lado.Pero no hacerlo sería claudicar como europeos.

Groenlandia no es solo una isla remota en el mapa. Es una prueba decisiva de si la UE está dispuesta a defender su modelo, sus valores y el multilateralismo. En un mundo cada vez más brutal, la neutralidad ante el abuso no es prudencia. Es rendición.

SOBRE LA FIRMA:  Nicolás González Casares es diputado del Parlamento Europeo por el PSOE y miembro del Grupo de la Alianza Progresista de Socialistas y Demócratas (S&D).