La presión crece sobre Europa a medida que avanzan los acontecimientos en el contexto internacional. Estados Unidos mantiene su voluntad de hacerse con la isla de Groenlandia “a las buenas o a las malas”. Los agricultores se concentran en las principales capitales del continente oponiéndose al acuerdo comercial firmado con el Mercosur. Entre todo, la Comisión trata de recuperar el liderazgo político por la vía de la simplificación regulatoria.
En este contexto, cada vez son más las voces que reclaman al continente una respuesta contundente ante un momento que puede convertirse en la propia refundación del proyecto europeo. La vicepresidenta ejecutiva del Ejecutivo europeo, Teresa Ribera, ya advirtió a sus aliados de que las amenazas “no eran aceptables”. Otra de las posturas críticas con la administración norteamericana es la del vicepresidente del Parlamento Europeo, Javi López (1985).
El eurodiputado socialista reflexiona en Demócrata acerca de los retos a los que se enfrenta el continente en el nuevo orden mundial que se abre. En el diseño del esquema de la defensa comunitaria, reconoce su predisposición a la puesta en marcha de un “ejército europeo propio” pero afirma que “antes se pueden hacer muchas cosas: compras conjuntas de equipamiento, interoperabilidad, intercambio de inteligencia, un mando militar único”. “Hay que gastar más, pero sobre todo gastar mejor, de forma más coordinada y más europea”, defiende el catalán.
Pregunta: ¿Es Estados Unidos un aliado todavía para la Unión Europea?
Respuesta: Ha dejado de actuar como tal, es evidente. La relación transatlántica entre Estados Unidos y la Unión Europea ha vertebrado en gran medida la política exterior europea y las relaciones internacionales durante la segunda mitad del siglo XX, y nosotros queremos seguir teniendo las mejores relaciones posibles con Estados Unidos.
Pero lo cierto es que la retórica y las acciones —y especialmente lo que la Casa Blanca ha plasmado en su estrategia de seguridad nacional— dejan muy claro que existe una hostilidad hacia los intereses europeos. Se pretende participar e interferir en nuestros procesos electorales apoyando a fuerzas de extrema derecha y el paraguas de seguridad que había permitido depender de la defensa estadounidense para proteger a la Unión Europea hoy se ha cerrado.
P: ¿Ha estado la Comisión Europea a la altura de la respuesta que se esperaba ante las acciones de Estados Unidos?
R: Creo que durante el último año la estrategia ha sido errática. Se ha seguido una lógica de adulación, que probablemente es la que entiende Trump, pero también hemos visto una cierta sensación de vasallaje por parte de algunos dirigentes europeos.
Ha sido francamente avergonzante ver a personas adultas actuando así y, sobre todo, ha sido ineficiente, porque Trump —y diría que la actual administración estadounidense— solo entiende la lógica de la fuerza. Por tanto, sin renunciar a relaciones constructivas con Estados Unidos, estas deben ser firmes en la defensa de los intereses europeos.
Basta con observar qué actores han conseguido encajar sus intereses en su relación con Washington: México, China o Brasil, que han marcado claramente sus líneas rojas. En este contexto, hay algunas excepciones honrosas, y una de ellas es, sin duda, el Gobierno español. Siempre se ha mostrado como un aliado constructivo de Estados Unidos, pero firme en la defensa del derecho internacional y de los intereses de Europa y de los españoles
P: ¿Se han planteado en algún momento retirar el apoyo a la Comisión Europea por estas respuestas consideradas tímidas?
R: No, son cosas diferentes. Además, esto no es solo atribuible a la Comisión Europea. Me temo que también lo es a buena parte de los gobiernos nacionales dirigidos hoy por el Partido Popular Europeo. No ha sido una decisión exclusiva de la Comisión, sino del entramado de poder europeo, con honrosas excepciones.
Europa necesita estabilidad y una Comisión que funcione, que centre sus esfuerzos en impulsar la competitividad, movilizar inversiones y dejar de lado esta lógica de la simplificación como solución mágica a los problemas económicos. Hay que profundizar el mercado interior, diversificar nuestra economía con nuevos socios y asumir nuestra propia seguridad. Es decir, avanzar hacia una Europa más autónoma e independiente en seguridad, energía y protección de nuestra opinión pública.
P: En este contexto, Groenlandia ha abierto un escenario inesperado. ¿Es necesario reconfigurar el esquema de defensa europeo?
R: Tras la invasión rusa a gran escala de Ucrania, la arquitectura de seguridad europea quedó rota y es necesario reconstruirla. A eso se suma una nueva realidad en Estados Unidos, que no empieza solo con Trump: desde hace una década Washington viene diciendo que tiene otras prioridades estratégicas y que no quiere hacerse cargo de nuestra seguridad.
Con una arquitectura de seguridad rota, una amenaza directa del Kremlin sobre la integridad territorial europea y sin las alianzas de protección del pasado, Europa debe asumir de forma autónoma su seguridad. Eso implica una defensa europea digna de ese nombre, con capacidades propias y mayor coordinación.
El último paso sería un ejército europeo, que me gustaría ver, pero antes se pueden hacer muchas cosas: compras conjuntas de equipamiento, interoperabilidad, intercambio de inteligencia, un mando militar único. Hay que gastar más, pero sobre todo gastar mejor, de forma más coordinada y más europea.
R: ¿Es aplicable el artículo 42.7 de los tratados en el caso de Groenlandia?
R: A mi modo de ver, sí, en tanto en cuanto afecta directamente a ciudadanos europeos. Es cierto que Groenlandia no forma parte de la Unión Europea, pero sus habitantes son ciudadanos daneses y, por tanto, ciudadanos de la Unión, protegidos por la legislación europea.
En cualquier caso, si Estados Unidos intentara cambiar el statu quo por la fuerza, la respuesta no sería militar, sino económica, diplomática y política, con un enorme alcance geopolítico. Para empezar, la OTAN tal y como la conocemos dejaría de existir.
P: Europa acaba de firmar el acuerdo con Mercosur tras 25 años de negociación. ¿Qué recorrido le augura en el Parlamento Europeo?
R: Es nuestra respuesta al mundo de Trump y a la lógica imperial actual. Mientras Estados Unidos ofrece a América Latina la doctrina Monroe, nosotros ofrecemos un acuerdo de asociación con altos estándares laborales, medioambientales y sociales.
Es un ejercicio práctico de multilateralismo en un mundo que hoy lo necesita y refuerza nuestra alianza con América Latina, una región de interés estratégico para España. Brasil, por ejemplo, es uno de los pocos países que habla de tú a tú con la Unión Europea y cuenta con un liderazgo global como el de Lula.
Es el mayor acuerdo comercial firmado por la Unión Europea. Espero que en 2026 podamos firmarlo definitivamente en Paraguay y aprobarlo en el Parlamento Europeo.
P: El acuerdo no convence a todos los agricultores. ¿Entienden sus demandas?
R: Por supuesto. Han sido muy escuchadas en los últimos años. Se han introducido cuotas limitadas para productos agroalimentarios de Mercosur, cláusulas espejo para garantizar estándares equivalentes y un refuerzo de los controles fitosanitarios.
Además, para sectores como el vino o el aceite de oliva es una enorme oportunidad. Somos muy competitivos y la apertura de mercados debería verse como una oportunidad, no como una amenaza.
P: El Partido Popular español se opone ahora a Mercosur y Vox quiere llevarlo al Tribunal de Justicia de la UE. ¿Cómo valoran esta oposición?
R: Vox y Patriotas se han convertido en embajadores de intereses extranjeros dentro de la Unión Europea. Cualquier iniciativa que refuerce la autonomía europea intentan boicotearla.
Lo incomprensible es la deriva del Partido Popular español. Sus eurodiputados han trabajado durante décadas para que este acuerdo saliera adelante. Esta postura solo se explica por el miedo electoral a Vox y supone un grave error que debilitará su voz en Europa.
P: Por último, ¿está Europa retrocediendo en su ambición climática?
R: Está en riesgo. Vemos señales preocupantes, como la flexibilización de los objetivos para el sector del automóvil. El Pacto Verde Europeo es una hoja de ruta fundamental, pero está siendo atacado por la extrema derecha y por parte del Partido Popular Europeo.
Es irresponsable no solo por la realidad del cambio climático, que afecta especialmente a Europa y al Mediterráneo, sino porque el Pacto Verde es una agenda de soberanía europea: reduce dependencias externas, impulsa nuestra competitividad y crea empleo de calidad. Defenderlo es defender el futuro económico, social y estratégico de Europa.