Europa lleva veinticinco años negociando un acuerdo comercial con el Mercosur. Veinticinco. Para ponerlo en perspectiva: cuando empezaron por el entonces el Comisario español Manuel Marín las conversaciones, el euro aún no circulaba, China no era la fábrica del mundo y Estados Unidos seguía creyendo -al menos en público- en el multilateralismo. Desde entonces, el planeta ha cambiado de eje varias veces. Europa, en cambio, sigue debatiendo si firmar o no un acuerdo que ella misma diseñó.
El Acuerdo UE-MERCOSUR no es perfecto. No lo es ningún acuerdo comercial que no se limite a intercambiar aranceles, sino que aspira a ordenar relaciones económicas, políticas y estratégicas entre dos bloques continentales. Pero convertir sus imperfecciones en excusa para no ratificarlo empieza a parecer menos una defensa de valores y más una renuncia estratégica cortoplacista.
Porque lo que está en juego ya no es solo comercio. Es presencia, influencia y credibilidad.
Un acuerdo que llega tarde… pero aún a tiempo
Desde el punto de vista estrictamente económico, el acuerdo es relevante, aunque no revolucionario. No va a duplicar el PIB europeo ni a inundar los supermercados de carne sudamericana mañana por la mañana. Lo que sí hace es algo más prosaico e importante: reduce barreras, da previsibilidad y abre mercados en una región de más de 260 millones de personas que, nos guste o no, va a seguir creciendo.
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Para la UE, significa mejor acceso para su industria -automóvil, maquinaria, química, farmacéutica- y para sus servicios, así como protección de indicaciones geográficas que son casi una cuestión identitaria. Para el Mercosur, supone entrar en el mayor mercado regulado del mundo con condiciones equitativas y un marco estable que incentive inversiones de calidad.
Pero quedarse solo en el balance de exportaciones e importaciones es no entender el momento histórico. El verdadero valor del acuerdo no está en las décimas de crecimiento, sino en el mapa.
América Latina: el continente que Europa no puede permitirse perder
Durante décadas, Europa dio por descontada América Latina. Demasiado cercana a Estados Unidos como para ser realmente autónoma, demasiado lejana como para ser prioritaria. Mientras Bruselas miraba hacia el Este o hacia su propio ombligo institucional, otros actores actuaban.
Estados Unidos nunca dejó de considerar el continente como su zona natural de influencia, aunque su política haya oscilado entre el intervencionismo y el desinterés. China, en cambio, llegó sin discursos morales, con chequeras, infraestructuras y acuerdos bilaterales rápidos. Hoy es el primer o segundo socio comercial de muchos países latinoamericanos y un actor clave en sectores estratégicos: energía, minería, telecomunicaciones.
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Y Europa, ¿dónde está Europa?
Ratificar el acuerdo con el Mercosur no es un gesto nostálgico hacia una “comunidad de valores” atlántica. Es una decisión de realismo político. Si la UE no ocupa espacio económico y normativo en América Latina, otros lo harán. Y no necesariamente bajo estándares laborales, ambientales o de transparencia que luego tanto nos gusta defender en los discursos.
Geoestrategia, esa palabra incómoda en Bruselas
A Europa le incomoda hablar de poder. Prefiere hablar de reglas, procesos y equilibrios. Pero el mundo actual no espera a que terminemos de redactar informes de impacto. Estados Unidos compite abiertamente con China. Los BRICS se consolidan como polo alternativo. El multilateralismo clásico se resquebraja. Y la UE, si no quiere convertirse en un gran regulador sin influencia, necesita alianzas reales y permanentes.
El acuerdo UE-MERCOSUR es una de las pocas palancas geoestratégicas que Europa tiene a su alcance sin recurrir a la coerción ni a la confrontación. Es comercio, sí, pero también es política exterior. Es decirle a América Latina que Europa no solo aparece cuando hay cumbres, sino cuando hay decisiones estructurales que tomar.
Además, el Mercosur no es un socio cualquiera. Incluye a Brasil y Argentina, actores centrales del Sur Global y miembros -o aspirantes- del núcleo duro de los BRICS. Establecer con ellos una relación preferente basada en normas europeas es una forma inteligente de influir en la arquitectura global sin imponerla.
Los renuentes: entre el miedo y la incoherencia
Las resistencias al acuerdo dentro de la Unión Europea no sorprenden a nadie, especialmente en un continente donde el calendario electoral tiende a pesar más que el estratégico. Francia encabeza la oposición, acompañada por países con sectores agrícolas sensibles y por gobiernos que han aprendido a afinar el oído cuando el ruido de los tractores empieza a competir con el de las urnas. Los argumentos se repiten con puntualidad: competencia desleal, riesgo ambiental, defensa del modelo agrícola europeo.
Algunos son atendibles; otros, con algo de perspectiva, notablemente selectivos. Resulta llamativo que la sostenibilidad se convierta en línea roja infranqueable en este acuerdo y en criterio flexible en otros contextos, o que la defensa del agricultor europeo suela omitir -con elegante discreción- los largos periodos de adaptación y los mecanismos de salvaguardia previstos en el texto.
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El agricultor indefenso, elevado ya a figura retórica recurrente, sirve así de argumento transversal desde París hasta Bruselas, especialmente útil en tiempos de campañas permanentes y calles inflamables. Conviene distinguir, sin embargo, entre proteger al campo y utilizarlo como coartada respetable para aplazar decisiones incómodas.
El acuerdo con Mercosur no deja a la Unión inerme frente al mercado global: incorpora cláusulas para frenar importaciones cuando los volúmenes se disparan o los precios entran en lógica de dumping, permite reactivar aranceles con una agilidad poco habitual en la arquitectura comunitaria y mantiene intactas -sin atajos ni reinterpretaciones creativas- las normas europeas de seguridad alimentaria. Nada entra en el mercado europeo sin cumplir exactamente los mismos requisitos que se exigen a los productores comunitarios.
El problema, por tanto, no parece ser la ausencia de instrumentos, porque mecanismos de salvaguarda haberlos, haylos, sino el temor político a gestionar su aplicación en un clima de agitación social. Cada tractor bloqueando una autopista es también, conviene no olvidarlo, una oportunidad para quienes viven de convertir el malestar en capital electoral.
Renunciar a un acuerdo estratégico por miedo a la protesta, o por el temor a que la extrema derecha capitalice el descontento agrícola, puede resultar comprensible desde la lógica doméstica, pero es una pésima y suicida estrategia continental. Rechazar un acuerdo por temor a no saber hacerlo cumplir equivale, en el fondo, a admitir que la UE duda de su propia capacidad regulatoria y de su peso como actor global. Y esa duda, situada en el corazón del debate, dice bastante más sobre las inseguridades europeas que sobre los riesgos reales del acuerdo con Mercosur.
¿Defender valores o exportarlos?
Otro de los reproches recurrentes al acuerdo es que no garantiza de forma suficiente el cumplimiento de los compromisos ambientales, especialmente en lo relativo a la deforestación. Es un debate legítimo y necesario. Pero conviene hacerse una pregunta incómoda, de esas que rara vez aparecen en los eslóganes: ¿qué capacidad real de influencia tiene Europa sobre la Amazonía sin acuerdo alguno? La respuesta es sencilla y poco épica: muy poca. Sin un marco vinculante, la UE se limita a protestar desde la barrera, a emitir comunicados y a invocar principios mientras otros actores firman contratos, financian infraestructuras y consolidan posiciones sin exigir contrapartidas ambientales.
Un acuerdo no es una varita mágica ni convierte de la noche a la mañana al Mercosur en un paraíso verde por iluminación moral europea. Pero sí crea marcos de diálogo estructurado, mecanismos de seguimiento y capacidad de presión política continuada que no existen en el vacío. Con él, la UE puede condicionar, acompañar y -sí- exigir. Sin él, renuncia voluntariamente a cualquier palanca de influencia real y se refugia en una superioridad moral tan reconfortante como estéril.
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La alternativa, por tanto, no es entre acuerdo y defensa del modelo agrícola europeo o protección ambiental. La alternativa es entre un Mercosur con presencia europea -con normas, condicionalidades y escrutinio- y un Mercosur cada vez más integrado en dinámicas económicas donde Bruselas no pinta nada, mientras otros actores, menos escrupulosos y más decididos, ocupan el espacio que Europa deja libre. Y en ese escenario, conviene no engañarse: ni la selva se protege ni el agricultor europeo se defiende desde la abstención estratégica, sino desde acuerdos que permiten, precisamente, influir sobre su destino.
Credibilidad europea: firmar lo que se negocia
Hay otro aspecto menos comentado, pero crucial: la credibilidad. La UE se presenta como defensora del comercio basado en reglas en un mundo fragmentado. Negocia durante décadas, alcanza acuerdos complejos y luego duda en ratificarlos por miedo a sus propias sombras. El mensaje hacia fuera es devastador.
¿Por qué un país o bloque debería invertir capital político negociando con Europa si, al final, la ratificación depende de vetos cruzados, mayorías ajustadas y debates internos eternos? El coste reputacional de no ratificar el acuerdo con el Mercosur sería enorme y duradero. No se trata de tragar sin más. Se trata de asumir que gobernar -también en comercio- implica elegir entre opciones imperfectas.
Ratificar el Acuerdo UE-MERCOSUR no resolverá todos los problemas de Europa ni de América Latina. Pero enviará una señal clara: que la UE entiende el momento histórico, que no quiere quedar atrapada entre Washington y Pekín, y que está dispuesta a jugar un papel propio en el mundo.Rechazarlo, en cambio, sería una victoria simbólica para el repliegue, el cortoplacismo y la ilusión de que la irrelevancia puede gestionarse con buenas intenciones.
Europa puede permitirse mejorar el acuerdo en su aplicación. Lo que no puede permitirse es seguir dudando mientras otros deciden. Porque en geoestrategia, como en política, el vacío nunca permanece vacío. Y esta vez, si Europa no está, alguien más ocupará su lugar.