Viktor Orbán, el espejo en el que se mira Abascal para dar la batalla cultural contra el consenso europeo

Tras catorce años de hegemonía en Hungría, el líder del Fidesz se ha convertido en el faro ideológico de la derecha radical española. Su estrategia, basada en el control férreo de la justicia, el desafío constante a las cuotas migratorias de Bruselas y una relación pragmática con el Kremlin, sirve hoy de hoja de ruta para un Santiago Abascal que aspira a replicar su modelo en España

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Ilustración Demócrata

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Cuando la puerta de la sala del Consejo Europeo se cierra, emergen distintos tipos de líderes entre los Veintisiete. Están quienes buscan el acuerdo a toda costa; quienes alargan las conversaciones para terminar cediendo y anotarse el tanto; quienes negocian con discreción fuera de los micrófonos; y, finalmente, quienes encuentran justificación a un bloqueo tras otro mientras interlocutan directamente con el Kremlin. El primer ministro húngaro, Viktor Orbán, encaja en esta última categoría.

Un perfil forjado en la confrontación

Durante casi dos décadas en el poder, Orbán ha jugado a ser una de las voces más críticas con la acción de los europeos desde dentro de la propia Unión Europea. Jurista de formación, se ha ganado la reputación de ser una de las figuras más polémicas de la política comunitaria, con un fuerte control sobre instituciones clave de su país, como los medios de comunicación o organismos de la judicatura.

Al igual que muchos diplomáticos, políticos y funcionarios que orbitan por los pasillos de la capital comunitaria, amplió sus estudios en University of Oxford, donde entró en contacto con movimientos estudiantiles contrarios al comunismo. Aquella etapa marcaría sus primeros pasos políticos.

Su salto a la esfera pública llegó durante el funeral de una figura vinculada al fin de la ocupación soviética en Hungría, cuando un discurso suyo —directo y cargado de simbolismo— le catapultó a la notoriedad nacional. Con apenas veinticinco años, cofundó el partido Fidesz, con el que décadas después consolidaría su hegemonía.

De reformista liberal a arquitecto del poder nacional-conservador

Diez años más tarde, Fidesz ganaría sus primeras elecciones. Aquel gobierno conservador fue, en comparación con etapas posteriores, más pragmático. Apostó por la integración en el bloque atlántico, proceso que culminaría con la entrada de Hungría en la OTAN. También impulsó una política económica austera orientada a reducir el déficit.

Sin embargo, esa etapa no bastó para consolidar su liderazgo. En 2002 perdió el poder y no lo recuperaría hasta 2010, cuando regresó con una mayoría de dos tercios. Ese periodo en la oposición fue clave: Orbán rediseñó su estrategia política hacia una línea más combativa, identitaria y basada en la polarización del electorado.

El primer ministro de Hungría, Victor Orbán Europa Press/Contacto/Lev Radin -

A su juicio, la oposición no debía limitarse a competir en gestión; debía dominar el marco cultural. En esos años tanteó entornos liberales —incluso con vínculos con la internacional liberal—, aunque su formación viró progresivamente hacia un conservadurismo nacional más marcado. Ese giro ideológico se hizo explícito en 2014, cuando defendió abiertamente la idea de una “democracia iliberal”, un modelo que, según él, debía alejarse del liberalismo político occidental para construir un Estado orientado a la comunidad nacional.

Dentro de sus fronteras, Orbán ha construido un sistema que combina conservadurismo social, populismo nacionalista y euroescepticismo selectivo. Su discurso gira en torno a conceptos como la “soberanía nacional” o los “valores cristianos tradicionales”.

Su gobierno denuncia de forma recurrente la política migratoria europea y lo que define como “ideología de género”, enmarcándolo como una supuesta injerencia de Bruselas en asuntos internos. Paralelamente, ha impulsado un modelo en el que el partido de gobierno domina la administración pública, los medios de comunicación y diversos organismos de control.

El socio incómodo de Bruselas

En la capital comunitaria, algunos recuerdan el intento inicial de Fidesz de integrarse en el Partido Popular Europeo. Con el tiempo, sin embargo, Orbán ha pasado a ser considerado uno de los interlocutores más difíciles dentro de la Unión Europea.

Su uso del veto en el Consejo para bloquear decisiones sobre Ucrania, sanciones a Rusia o fondos europeos ha sido recurrente. Estas posiciones llevaron al Parlamento Europeo a calificar su estrategia como una “instrumentalización” del derecho de veto. De fondo, este posicionamiento ha contribuido al auge de un modelo político que se extiende por Europa con figuras como Marine Le Pen o Santiago Abascal.

El presidente de Rusia, Vladimir Putin. Europa Press/Contacto/Mikhail Metzel/Kremlin Pool -

Mientras buena parte de los líderes europeos se posicionan frontalmente contra el Kremlin y las políticas de Vladimir Putin, Orbán ha optado por una vía distinta: una relación más ambigua y pragmática con Rusia. Más allá de los vínculos entre miembros de su gobierno y sus homólogos en Moscú, el dirigente húngaro defiende la necesidad de energía barata y negociación. Al mismo tiempo, ha buscado acercamientos con otros polos de poder como China, diversificando sus alianzas internacionales.

La red internacional del soberanismo

Uno de los pilares de su estrategia exterior ha sido la creación de una red de alianzas con líderes de la derecha radical o nacional-conservadora en Europa. Su objetivo: consolidarse como referente del soberanismo antisistema.

En este contexto, su relación con el expresidente estadounidense Donald Trump es especialmente simbólica. Ambos comparten críticas a la inmigración, al liberalismo cultural y a las élites internacionales. Trump ha llegado a elogiarle públicamente como un “líder duro e inteligente”. Esta conexión llega hasta el punto de que figuras del entorno republicano como JD Vance, hayan participado en actos de campaña esta misma semana en Hungría acusando a los “burócratas de Bruselas” de interferir en el proceso electoral.

Santiago Abascal y Viktor Orbán, este sábado 21 de marzo en la CPAC en Budapest, Hungría. VOX -

En España, Santiago Abascal ha enmarcado los comicios húngaros como un referéndum sobre la soberanía nacional frente a Bruselas. Ambos líderes comparten espacio político en el grupo de los Patriotas por Europa, una plataforma impulsada por Orbán.

El principal activo electoral de Orbán reside en sectores que abarcan desde los votantes más conservadores hasta amplias capas del mundo rural. También conecta con ciudadanos que priorizan el orden y la identidad nacional frente al cambio. En este terreno, ha sabido transformar problemas cotidianos —como la inmigración o la energía, especialmente tras tensiones en infraestructuras como el gasoducto Druzhba— en batallas de carácter casi civilizatorio.

Referéndum a la europea 

La oposición frontal a decisiones europeas estratégicas —como los préstamos de apoyo a Ucrania o los paquetes de sanciones contra Rusia— ha convertido las elecciones en Hungría en algo más que una cita nacional.

Se trata, en buena medida, de un plebiscito sobre el rumbo de la propia Unión Europea. Bruselas observa con escepticismo y cautela un proceso electoral que no solo definirá el futuro político de Hungría, sino también el equilibrio interno de una Unión tensionada entre integración y soberanía.

Orbán, fiel a su estilo, no plantea estas elecciones como una simple renovación de mandato. Las presenta como una batalla ideológica en la que, una vez más, se posiciona frente a las instituciones europeas. Y, como ha demostrado a lo largo de su trayectoria, está dispuesto a llevar esa confrontación hasta sus últimas consecuencias.