El hijo del último sah de Irán intenta aprovechar la ola de protestas y busca llegar al poder con respaldo de EEUU

Reza Pahlavi intenta aprovechar las protestas en Irán para presentarse como alternativa al régimen y reclama a EEUU apoyo, incluso militar, para llegar al poder.

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Las movilizaciones de las últimas semanas en Irán por la grave crisis económica y el deterioro de las condiciones de vida han devuelto al primer plano a Reza Pahlavi, hijo del depuesto sah, que trata de canalizar el malestar social para presentarse como opción en una hipotética transición política. Sin embargo, no parece disponer de una base sólida de seguidores, ni siquiera entre quienes llevan años protestando contra la cúpula de la República Islámica.

Pahlavi, que tenía 17 años y recibía instrucción militar en Estados Unidos durante la Revolución Islámica de 1979 que expulsó del poder a su padre, Mohamad Reza Pahlavi, se reivindica desde entonces como heredero legítimo y sostiene que tiene derecho a ponerse al frente del país si se produce un cambio de régimen. En numerosas ocasiones ha abogado por esta vía, llegando en los últimos días a pedir abiertamente a Washington una intervención militar en territorio iraní.

El 9 de enero difundió en redes sociales un mensaje directo al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, para solicitar su “apoyo” a una “acción” en favor de los “millones de valientes iraníes” que se han levantado contra las autoridades. Estas respondieron con un corte casi total de Internet y de las comunicaciones, mientras calificaban las protestas como operaciones de “terroristas” respaldados por Estados Unidos e Israel.

Pahlavi, que definió a Trump como “un hombre de paz”, subrayó la necesidad de que el mandatario estuviera “preparado para intervenir” para “ayudar al pueblo de Irán”, en pleno cruce de amenazas desde la Casa Blanca sobre un eventual ataque para frenar la represión. Según ONG con sede en países occidentales, la respuesta de las fuerzas de seguridad habría dejado miles de muertos.

Desde su residencia en Estados Unidos, el hijo mayor del último sah intenta proyectarse como relevo de la República Islámica aprovechando el impulso de las protestas, que según Teherán ya han sido “controladas”. Pese a ello, el propio Trump ha deslizado recientemente que duda de que Pahlavi cuente con un respaldo real que avale sus aspiraciones de poder.

Aun así, Pahlavi sigue llamando a nuevas concentraciones y concede entrevistas a distintos medios, en las que promete un giro radical en la política exterior iraní si se logra “la caída del régimen” y él asume la jefatura del Estado.

La dinastía Pahlaví y el legado del sah

El argumento de Pahlavi sobre su supuesto derecho a gobernar se apoya en el origen de la dinastía pahlaví, fundada por su abuelo, Reza Jan, designado sah en 1925, cuatro años después de liderar un golpe de Estado y tras la destitución de Ahmed Shah Qayar, último monarca de la dinastía Qayar, en el trono desde finales del siglo XVIII.

Ese mismo año, la Asamblea Constituyente decidió derrocar al último Qayar y autorizar el nombramiento de Jan como sah de Irán. Asumió el cargo como Reza Shah Pahlavi –también conocido como Reza I–, hasta que en 1941 se vio obligado a abdicar en plena invasión británica y soviética, debido a su alineamiento con las potencias del Eje durante la Segunda Guerra Mundial.

Le sucedió su hijo Mohamad Reza Shah –Reza II–, mientras el antiguo monarca partía al exilio, donde falleció. El segundo y último sah de la dinastía pahlaví gobernó Irán hasta 1979, en un periodo marcado por la fuerte represión de la disidencia y por un ambicioso programa de reformas para nacionalizar sectores estratégicos e impulsar símbolos vinculados al pasado persa.

El reinado de Reza II también estuvo atravesado por el golpe de Estado de 1953 contra el primer ministro secular Mohamad Mosadeq, que intentó nacionalizar la industria petrolera. La operación fue organizada por Estados Unidos y Reino Unido después de que el sah abandonara temporalmente el país, al que regresó cuando el levantamiento triunfó.

En las dos décadas posteriores, la deriva autoritaria del régimen y los abusos de la Policía Secreta, la SAVAK, alimentaron el malestar de fuerzas liberales, marxistas e islamistas, hasta desembocar en la Revolución Islámica. El levantamiento forzó de nuevo la huida del sah y su muerte en el exilio, un destino similar al de su padre.

Reza II abandonó Irán antes de que el ayatolá Ruholá Jomeini asumiera el liderazgo supremo, cargo que mantuvo hasta su fallecimiento en 1989. Durante ese periodo, la jerarquía chií se consolidó en el poder mediante la represión de grupos revolucionarios de izquierda y afrontó ocho años de guerra contra el Irak de Sadam Husein (1980-1988), apoyado por Estados Unidos.

Así se cerraron cerca de cinco décadas de una dinastía relativamente breve que Reza Pahlavi pretende resucitar. Para ello, ha buscado apoyarse en la fuerza militar estadounidense y en las amenazas de Trump sobre una posible ofensiva, una estrategia que él mismo ha reclamado en múltiples ocasiones y que podría minar cualquier apoyo interno que aún conserve.

Las promesas del aspirante al trono

En un comunicado difundido el jueves, Pahlavi denunció que “bajo el yugo de la República Islámica, Irán es identificado en las mentes con el terrorismo, el extremismo y la pobreza” y afirmó que “el verdadero Irán es un Irán diferente, bello, amante de la paz y floreciente”. “Es el Irán que existía antes de la República Islámica y el que surgirá de sus cenizas cuando la República Islámica caiga”, dijo.

Entre sus compromisos, aseguró el fin del “programa militar nuclear de Irán”, cuya existencia niega Teherán frente a las acusaciones, principalmente de Estados Unidos e Israel, que en junio de 2025 llegaron a lanzar una ofensiva militar con este argumento, causando más de 1.100 muertos y desatando un conflicto de doce días. Lejos de debilitar al Gobierno, aquella operación se tradujo en un aumento de las muestras internas de apoyo a las autoridades.

El desarrollo nuclear iraní se remonta precisamente a los años 50, bajo el régimen del sah y con apoyo de Estados Unidos, aunque en las últimas décadas ha estado rodeado de sospechas y críticas. Las tensiones repuntaron en 2018, cuando Trump retiró a Washington del acuerdo firmado en 2015, que imponía controles estrictos para garantizar el carácter civil del programa.

Pahlavi añadió que, si vuelve al trono, “cesará inmediatamente el apoyo a grupos terroristas” y “actuará como un amigo y fuerza estabilizadora en la región”, incluyendo la “normalización” de las relaciones con Estados Unidos y el “reconocimiento inmediato” de Israel. Este último punto es especialmente sensible por la historia reciente, marcada por la ofensiva israelí sobre la Franja de Gaza y el ataque de junio de 2025.

“Buscaremos la expansión de los ‘Acuerdos de Abraham’ –con los que varios países árabes establecieron relaciones con Israel con la mediación de Trump– hacia los ‘Acuerdos de Ciro’ –en referencia a Ciro el Grande, instaurador de la dinastía aqueménida en el siglo VI antes de Cristo– para unir un Irán libre con Israel y el mundo árabe”, esgrimió, antes de insistir en que todo ello abriría “un nuevo capítulo” en el que Teherán pondría sus recursos energéticos al servicio de “un mundo libre”.

“Un Irán democrático abrirá su economía al comercio, la inversión y la innovación”, remarcó Pahlavi, que defendió que “no se trata de una visión abstracta, sino de una visión práctica”. Con este discurso perfila un eventual programa político, a la espera de un apoyo decisivo de Washington mediante una intervención que le catapulte al poder, algo que se antoja poco probable a la luz de las reservas expresadas por el propio Trump.