¿Es este el principio del fin del régimen iraní? Cinco fracturas que ya no tienen remedio

La muerte del ayatolá Alí Jamenei en los bombardeos de Israel y Estados Unidos no es solo la eliminación de un líder. Para los analistas Kristian Feigelson y Ebrahim Salimikouchi, publicados este domingo en la revista francesa Telos, representa el punto de inflexión de un régimen que llevaba años agrietándose desde dentro: cinco rupturas profundas que han erosionado los pilares sobre los que la República Islámica construyó su poder desde 1979

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El hijo del derrocado sha, Reza Pahlavi. Marijan Murat/dpa

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La jornada del sábado dejó sobre la mesa algo más que el parte de bajas de una operación militar. Con la muerte de Jamenei confirmada por los propios medios estatales iraníes, la pregunta que circula en las cancillerías y en los centros de análisis de todo el mundo ya no es si el régimen resiste el golpe, sino si tiene sentido como proyecto político. 

Dos expertos en política iraní, Kristian Feigelson y Ebrahim Salimikouchi, publicaron este domingo en la revista de análisis político francesa Telos un ensayo que pone en perspectiva lo que está ocurriendo: no es solo una crisis militar, es la culminación de un proceso de erosión interna que viene de lejos.

Su tesis central es que los regímenes no caen principalmente por la presión exterior. Caen cuando dejan de convencer a sus propios ciudadanos.

El velo, el primer muro que cayó

El análisis arranca con el movimiento Mujer, Vida, Libertad, desencadenado en septiembre de 2022 tras la muerte bajo custodia policial de Mahsa Amini. Para el régimen, el velo obligatorio nunca fue solo una norma religiosa: era una demostración permanente de que el Estado podía imponer su voluntad sobre el cuerpo de sus ciudadanas. 

Cuando miles de mujeres comenzaron a quitárselo en público, y miles de hombres las respaldaron abiertamente, algo se quebró. Los autores comparan esa ruptura con la caída del muro de Berlín: no fue un cambio cultural, fue el derrumbe visible del miedo interiorizado que sostenía el orden teocrático.

El espejismo de la potencia regional

Durante dos décadas, Irán construyó su imagen de gran potencia regional apoyándose en una red de milicias aliadas que se extendía desde el Líbano hasta el Yemen. Ese relato se ha deshecho progresivamente. 

La debilitación del Hezbolá, el golpe al Hamás, la caída de Bachar al Asad en Siria y la presión sobre otras redes vinculadas a Teherán han puesto en evidencia que Irán gastó más de 20.000 millones de dólares en sostener esa influencia desde 2012 y ha obtenido, a cambio, un retroceso estratégico sin precedentes.

La disuasión que nunca existió

El tercer pilar que se ha derrumbado es el militar. El régimen vendía durante años la imagen de una potencia invulnerable, con infraestructuras nucleares enterradas y un arsenal balístico que ponía en jaque a sus adversarios. 

La guerra de doce días de junio de 2025, en la que Israel eliminó a varios altos mandos de la Guardia Revolucionaria y Estados Unidos golpeó los centros nucleares de Fordow, Natanz e Isfahán, evidenció lo contrario. Irán perdió entonces entre un tercio y la mitad de sus misiles balísticos. La promesa de invencibilidad quedó al descubierto.

Una alternativa que ya se puede imaginar

Desde su fundación, la República Islámica sostuvo una ecuación política sencilla: no hay alternativa posible, por tanto no hay cambio posible. Esa ecuación ya no funciona. En las universidades iraníes han vuelto a sonar, en las últimas semanas, los mismos eslóganes de las manifestaciones de la calle. 

La figura del hijo del último sha, Reza Pahlaví, gana visibilidad internacional aunque sea prácticamente desconocida para las generaciones que solo han conocido el poder de los ayatolás. Lo más relevante, señalan los autores, no es quién encarna la alternativa, sino que esa alternativa ya es pensable, nombrable y debatida en voz alta dentro del propio país.

El traumatismo de enero de 2026

El quinto punto de fractura es el más reciente y, quizás, el más irreparable. Los días 8 y 9 de enero de 2026, la represión de las manifestaciones dejó decenas de miles de muertos y más de 300.000 heridos en pocas jornadas. Los testimonios documentados hablan de heridos rematados en hospitales y familias obligadas a pagar para recuperar los cuerpos de sus hijos. Ante esa brutalidad, el régimen esperaba silencio y disciplina. 

Obtuvo lo contrario: familias que se negaron a someterse al ritual oficial del duelo, jóvenes que cantaron y bailaron junto a las tumbas de los caídos como acto de resistencia. Una forma de decirle al poder teocrático que ya no tiene autoridad ni sobre el modo en que los iraníes lloran a sus muertos.

¿El principio del fin?

Los autores de Telos concluyen con una advertencia: la historia política demuestra que los regímenes raramente caen solo por presión exterior. Se derrumban cuando la sociedad deja de creer en el relato que los justifica. Ese relato, en el caso de la República Islámica, lleva años siendo cuestionado desde dentro.

Lo que añaden los bombardeos de este fin de semana es una variable nueva: la decapitación de la cúpula del régimen en pocas horas. Junto a Jamenei cayeron, según las fuentes, el jefe del Estado Mayor del Ejército, el comandante en jefe de los Guardias de la Revolución, el ministro de Defensa y el secretario del Consejo de Seguridad Nacional.

Queda pendiente, como apuntan los propios analistas, la pregunta más difícil: a qué precio y en beneficio de qué perspectivas reales para el pueblo iraní. En 2018, el imán del viernes de Mashhad, Ahmad Alam al-Hoda, advirtió públicamente que si los mulás llegaran a irse, dejarían tras de sí "una tierra quemada". Esa frase resuena hoy con una fuerza distinta.