La cuenta oficial de Instagram del Partido Demócrata estadounidense (@thedemocrats) publicaba recientemente un vídeo con imágenes de archivo de la era del presidente John F. Kennedy. El texto que lo acompaña, breve y directo: "Our Kennedys 💙". El post pasaría sin más por una curiosidad nostálgica o por una mera apuesta estética si no formara parte de un patrón más amplio y deliberado que lleva meses tomando forma dentro del partido: la recuperación sistemática del imaginario político de JFK como herramienta de comunicación de cara a las elecciones de noviembre de 2026, un intento de reconstruir una narrativa política positiva después de casi una década en la que el discurso demócrata ha girado, principalmente, en torno a la oposición a Donald Trump.
La pregunta que se hacen estrategas y analistas dentro del Partido Demócrata es cómo dejar de ser el partido anti-Trump para volver a ser un grupo propositivo y con iniciativa y la respuesta que están ensayando tiene sabor sesentero: se echan en brazos del llamado efecto Camelot (idealización romántica de un liderazgo político) para tratar de alzar el vuelo.
Tipografías retro, fotografías en blanco y negro, diseño editorial inspirado en los años sesenta y un lenguaje político centrado en la esperanza y el servicio público se están convirtiendo en rasgos cada vez más visibles en la comunicación de algunos dirigentes demócratas, apuntando a tendencia.
Un intento de recuperar el optimismo político
Durante los últimos años, gran parte del discurso de los demócratas se ha articulado en torno a la oposición al trumpismo y a la defensa de las instituciones frente a lo que el partido considera amenazas democráticas. Estrategas y analistas dentro del partido sostienen que ese enfoque ha generado una agotada narrativa política, principalmente defensiva, y que la recuperación del imaginario Kennedy busca volver a situar el mensaje en torno al optimismo político, la renovación generacional y la idea de misión nacional.
La presidencia de Kennedy sigue siendo percibida en Estados Unidos como un periodo simbólico de modernización, liderazgo cultural y ambición colectiva, marcado por hitos como el impulso a la carrera espacial o la retórica de servicio público que definió su mandato.
Entre los dirigentes demócratas que han incorporado ya este estilo retro destaca el pujante legislador texano James Talarico, cuya comunicación política —desde la tipografía utilizada en sus materiales hasta el tono de sus discursos— remite de forma explícita al imaginario del liderazgo idealista asociado a la presidencia de Kennedy.
Talarico, de 36 años, acaba de ganar las primarias demócratas para el Senado de Texas. Ex maestro de escuela y seminarista presbiteriano, ganó la primaria con una estética visual deliberadamente artesanal y anticoporativa: tipografías imperfectas, blanco y negro, un 'branding' que Fast Company analizó esta semana como un rechazo explícito al lenguaje político corporativo de las últimas décadas. No es estética Kennedy en sentido estricto, pero sí comparte con ella la misma apuesta por una política que parezca humana, no manufacturada.
qué es el 'efecto camelot'
Jackie Kennedy y la construcción de un mito
El término "Camelot" aplicado a la presidencia Kennedy no surgió de forma espontánea ni fue acuñado por ningún periodista. Lo acuñó la propia Jackie Kennedy, deliberadamente, una semana después del asesinato de su marido en Dallas.
En una entrevista concedida al periodista Theodore White, de la revista Life, en noviembre de 1963, Jackie evocó repetidamente el musical de Broadway 'Camelot' -que JFK escuchaba antes de dormir- y sus versos finales: "No dejes que se olvide que hubo un lugar, por un breve momento brillante, que se llamó Camelot".
Los editores de Life, que aguardaban a tener la entrevista para cerrar la edición de la revista, a un coste de 30.000 dólares la hora, quisieron suavizar el énfasis puesto por Jackie Kennedy en esa metáfora pero esta se negó y editó ella misma el texto.
Lo que el empecinamiento de Jackie Kennedy construyó en aquel momento no fue un recuerdo, sino un mito: la imagen de una era dorada que nunca volvería a repetirse y cuya pérdida debía llenar de melancolía y sentido de urgencia moral a cualquier americano que se identificara con sus valores.
El mito de Camelot no describe lo que ocurrió realmente durante la presidencia Kennedy, sino cómo sería recordada. Es una construcción deliberada que también sirvió para ocultar las partes menos glamurosas de la presidencia Kennedy: la victoria electoral por los pelos, los fracasos internacionales, las infidelidades del presidente. El brillo del mito y las sombras de la realidad han convivido siempre.
Cuando el Partido Demócrata recupera hoy ese imaginario no está apelando a un recuerdo colectivo espontáneo, está reproduciendo una operación de control narrativo que ya funcionó una vez.
No es cuestión de nostalgia, sino de estrategia.
Relevo generacional en el partido
El recurso a esa estética sesentera también coincide con un debate interno sobre el liderazgo generacional en el Partido Demócrata. Durante años, las figuras centrales del partido han estado representadas por dirigentes veteranos como Joe Biden, Nancy Pelosi o Chuck Schumer.
Ahora, una nueva generación de políticos demócratas intenta abrirse espacio político dentro del partido. Entre los nombres que con más frecuencia aparecen en ese relevo generacional figuran Alexandria Ocasio-Cortez, Pete Buttigieg, Raphael Warnock o el propio Talarico.
En ese contexto, la referencia a Kennedy funciona como símbolo de renovación generacional, al evocar la figura de un presidente joven que representó un cambio político y cultural en Estados Unidos.
I’m running for the U.S. Senate.
— James Talarico (@jamestalarico) September 9, 2025
Billionaires have taken over Texas and taken over America — but together, we can take power back for working people.
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Patriotismo liberal frente a la polarización
Otro de los objetivos de esta estrategia comunicativa sería la de recuperar una narrativa de patriotismo liberal que algunos demócratas consideran debilitada en el debate político estadounidense.
El legado de Kennedy combina elementos que el partido busca volver a integrar en su discurso: orgullo nacional, ambición tecnológica, liderazgo internacional y expansión de derechos civiles. Esa combinación permite construir una narrativa patriótica alternativa tanto al nacionalismo impulsado por Trump como al enfoque más tecnocrático que caracterizó en parte a la política demócrata durante la última década.
Para algunos analistas, la reaparición del imaginario Kennedy se asocia a la tradición liberal estadounidense del siglo XX, representada por presidentes como Franklin D. Roosevelt, Kennedy o Lyndon B. Johnson. En ese relato histórico, el Partido Demócrata se presenta como motor de grandes transformaciones nacionales, desde el New Deal hasta la expansión de los derechos civiles.
La estética Kennedy como un instrumento simbólico para reactivar esa narrativa: la política como proyecto colectivo de progreso, liderazgo moral y renovación generacional. La saga familiar como patrimonio moral del partido frente a un Trump que ha rebautizado el Kennedy Center con su propio nombre y anunció su cierre para "renovación". Los demócratas llevan semanas usando ese conflicto como símbolo de agresión cultural: en febrero, un grupo de congresistas demócratas envió una carta acusando a Trump de comportarse "como un artista de grafiti delincuente" al añadir su nombre al único memorial nacional dedicado a JFK.
Al mismo tiempo, Jack Schlossberg, nieto de JFK, lleva semanas siendo el político demócrata que acapara más atención por parte de los medios americanos. A sus 33 años, Schlossberg se presenta a las primarias demócratas en el distrito 12 de Nueva York para ocupar el escaño del congresista jubilado Jerry Nadler. Su campaña no tiene gestor formal, se basa en redes sociales y el apellido lo precede en cada presentación pública. El mensaje que vehicula es explícito: los Kennedy son de los demócratas, no de Trump.
El precedente de la campaña de Obama
En cualquier caso, tratar de capitalizar la figura mítica de Kennedy es una estrategia recurrente entre los demócratas dado que en no pocas ocasiones ha funcionado. La campaña presidencial de Barack Obama, en 2008, también utilizó una narrativa generacional de renovación política inspirada indirectamente en la tradición del presidente asesinado en Dallas.
Obama lanzó su candidatura en Springfield (Illinois), lugar simbólicamente asociado a Abraham Lincoln, y recibió durante las primarias el respaldo decisivo de Ted Kennedy, hermano de JFK. En aquel momento, Obama no imitaba a Kennedy, se presentaba como su continuación natural.
La campaña de Obama introdujo, además, una estética política innovadora para la era digital, simbolizada en el célebre cartel “Hope” creado por el artista Shepard Fairey.
En 2008 el Partido Demócrata se encontraba en una fase de expansión política tras la presidencia de George W. Bush. Ahora, los demócratas se encuentran con un desgaste institucional y de búsqueda de una nueva identidad política tras el ciclo dominado por Trump. Aunque el contexto sea distinto, el camino comunicativo al que parece encomendarse el Partido Demócrata para reconquistar la Casa Blanca es parecido.
La iconografía Kennedy es patrimonio demócrata y, aunque la prensa americana se pregunta si el legado JFK sigue siendo valioso, en el partido aún una mayoría lo ve como el oro en tiempos de crisis, un valor considerado seguro en el que refugiarse.
Memoria política como herramienta de comunicación: Kennedy, Sánchez y el 'No a la guerra'
Por otra parte, vemos cómo la política contemporánea utiliza cada vez más referencias históricas y culturales para construir relato político.
Reactivar símbolos conocidos del pasado permite a los líderes actuales conectar con identidades políticas profundas del electorado, algo especialmente relevante en contextos de polarización y competencia narrativa entre bloques ideológicos.
Si se aprecia esta tendencia en Estados Unidos, con la recuperación demócrata del imaginario de John F. Kennedy, a través de estética visual y branding político, en España el recurso de lo retro ha sido un oportuno, reciente e inesperado as en la manga al que ha recurrido el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, mediante el lenguaje político y ese 'No a la guerra' resucitado para oponerse al ataque estadounidense e israelí contra Irán al margen de la legalidad internacional.
Sánchez ha querido regresar a un marco político propicio para sus intereses. No está describiendo la realidad geopolítica actual, está activando una identidad política y un marco interpretativo. El lema pacifista e institucional remite directamente a las movilizaciones contra la participación de España en la guerra de Irak en 2003, durante el Gobierno de José María Aznar, y conecta con la identidad histórica de la izquierda española.
En contextos de incertidumbre o polarización, los partidos tienden a recuperar momentos del pasado que simbolizan movilización social, victorias políticas y consensos históricos. El 'No a la guerra' de 2026 de Sánchez busca activar emociones y a su electorado.