Médicos sin Fronteras (MSF) ha alertado de que, en el último mes, Burundi se ha transformado en el principal destino de un nuevo flujo masivo de congoleños que huyen del conflicto que asola desde hace años el este de República Democrática del Congo y que, a finales de 2025, vivió un nuevo episodio con la toma rebelde de la ciudad de Uvira.
La coordinadora de emergencias de MSF, Carolina López-Led, describe la situación como la “mayor afluencia de refugiados en años”, mientras la organización subraya que los cálculos de la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR) indican que, solo desde el 5 de diciembre, han llegado a los campamentos burundeses más de 100.000 personas, en su gran mayoría congoleños. “La llegada de tantas personas en tan poco tiempo nos ha pillado a todos por sorpresa”, ha admitido la cooperante.
La realidad en los campamentos es ya extrema. A comienzos de enero, la Organización Ciudadana por la Paz y la Convivencia Comunitaria (CPCC), una ONG local, cifró en 105 los refugiados congoleños fallecidos en los campos de Burundi en apenas dos semanas debido al hambre, la falta de medicamentos y la ausencia de refugio adecuado.
López-Led ha advertido de que nuevos asentamientos como el de Busuma, donde tratan de sobrevivir unas 60.000 personas, están “muy lejos de los estándares mínimos en cuanto al acceso al agua, los alimentos y la atención sanitaria”. Ante este escenario, Médicos Sin Fronteras está reforzando su intervención de emergencia con la construcción de una clínica en el campamento, en un contexto de alto riesgo de aumento de infecciones respiratorias y de brotes epidémicos como malaria, sarampión y cólera.
Los equipos de MSF también coordinan la entrega de bidones, mosquiteras, jabón y otros artículos esenciales de higiene para más de 1.500 personas en el campamento de tránsito de Makombe. Los pacientes que necesitan atención médica especializada son trasladados al hospital del distrito de Cibitoke. En este sentido, un 42% de las personas recién llegadas ha dado positivo en las pruebas de malaria.
En la actualidad, cada persona instalada en el campamento de Busuma dispone de 2,5 litros de agua diarios, una cantidad muy inferior a los cinco litros que marcan los estándares internacionales como mínimo para garantizar la supervivencia y aún más lejana de los 15 litros fijados como referencia de los estándares humanitarios básicos. Además, existe de media una letrina por cada 98 personas, es decir, aproximadamente la mitad de lo recomendado como mínimo.
Los equipos de MSF distribuyen 51.000 litros de agua al día mediante camiones cisterna y trabajan en alternativas más sostenibles que permitan incrementar el volumen de reparto. La necesidad de ampliar el acceso a agua potable sigue siendo enorme, sobre todo para frenar la propagación de enfermedades de transmisión hídrica, como el cólera.
“Las autoridades y las organizaciones humanitarias estamos haciendo todo lo posible para responder a las necesidades lo más rápido que se pueda. Estamos comprometidos a mejorar el acceso a la atención sanitaria esencial y trabajaremos para seguir garantizando servicios gratuitos y de alta calidad a las personas refugiadas”, ha explicado López-Led antes de lanzar una seria advertencia: “Si las organizaciones que estamos desplegadas aquí no recibimos refuerzos rápidamente, no podremos hacer frente a la magnitud de las necesidades porque, ahora mismo, la situación corre un enorme riesgo de empeorar rápidamente”, ha avisado López-Led.