Perú celebra este domingo unas elecciones generales marcadas por la máxima fragmentación política de su historia reciente, con más de 27 millones de ciudadanos llamados a las urnas para elegir al que será su noveno presidente en apenas una década. La cita electoral llega en un contexto de desgaste institucional y desafección ciudadana, con un total de 35 candidatos en liza, una cifra sin precedentes en el país.
La elevada dispersión del voto hace prácticamente inevitable una segunda vuelta, prevista para el 7 de junio, ya que ningún aspirante parece en condiciones de superar el 50% necesario para ganar en primera ronda.
Una década de inestabilidad política
El proceso electoral se produce tras diez años de profunda crisis política, en los que Perú ha encadenado gobiernos débiles, destituciones y escándalos de corrupción. En este periodo, cuatro expresidentes han sido procesados o encarcelados, entre ellos Alejandro Toledo, Ollanta Humala o Pedro Castillo, este último condenado tras su intento fallido de disolver el Congreso en 2022.
Este escenario ha erosionado la confianza en las instituciones. Según diversos estudios, ocho de cada diez peruanos consideran que la mayoría de los políticos son corruptos, en un país donde el voto es obligatorio pero el abstencionismo sigue siendo significativo debido a factores económicos y geográficos.
Fujimori parte como favorita en un tablero fragmentado
En este contexto, la candidata de Fuerza Popular, Keiko Fujimori, aparece como la principal favorita en las encuestas. Hija del expresidente Alberto Fujimori, concentra gran parte del voto conservador y parte con ventaja en un escenario donde ningún candidato supera el 20% de intención de voto.
Su principal fortaleza radica en la cohesión del llamado “fujimorismo”, frente a una izquierda fragmentada y a una oferta política muy dispersa. Todo apunta a que estará presente en una eventual segunda vuelta, aunque sigue siendo incierto quién será su rival.
Entre los posibles contendientes destacan perfiles también conservadores como el empresario Rafael López Aliaga o el presentador Carlos Álvarez, que ha ganado terreno en la recta final con un discurso antisistema.
Giro conservador en el electorado
Uno de los elementos más relevantes de estas elecciones es el avance del voto conservador, que ha crecido de forma notable en los últimos años. Factores como la inseguridad, la inmigración o la crisis institucional han favorecido este desplazamiento ideológico.
Este giro se traduce en una mayor presencia de candidatos de derechas en la parte alta de las encuestas, mientras que las opciones progresistas llegan debilitadas tras el desgaste del gobierno de Pedro Castillo.
Economía sólida pese a la crisis política
A pesar de la inestabilidad institucional, Perú mantiene una situación económica relativamente sólida, con un crecimiento cercano al 3% y una inflación contenida. El país se ha consolidado como un actor relevante en el comercio internacional, con una economía abierta y fuerte presencia en sectores estratégicos como la minería.
El cobre, del que Perú es uno de los principales productores mundiales, sigue siendo uno de los pilares económicos, especialmente en un contexto global marcado por la demanda tecnológica y energética.
No obstante, los expertos advierten de que la incertidumbre política ha limitado el potencial de crecimiento y podría empezar a afectar a la estabilidad institucional si se prolonga.
División territorial y nueva arquitectura política
Otra de las claves del proceso electoral es la brecha entre Lima y las zonas rurales, especialmente en el sur andino, donde históricamente ha predominado el voto progresista. Sin embargo, las nuevas generaciones están mostrando comportamientos más volátiles y menos ideologizados.
Además, estas elecciones marcan el regreso a un sistema bicameral, con la incorporación de un Senado, lo que modifica el equilibrio institucional y refuerza el poder legislativo en un país que busca estabilidad tras años de crisis.
Un resultado abierto
Con un electorado dividido, una oferta política sin precedentes y una fuerte desconfianza hacia la clase dirigente, Perú afronta unas elecciones decisivas para su futuro inmediato.
El resultado no solo determinará el próximo Gobierno, sino también la capacidad del país para cerrar una etapa de inestabilidad crónica y recuperar la confianza en sus instituciones.