Trump sacude el tablero global con aranceles y operaciones militares en su primer año de regreso a la Casa Blanca

Un año después de volver a la Casa Blanca, Trump reordena el mapa global con aranceles, intervenciones militares y un giro estratégico sobre Ucrania.

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El presidente de EEUU, Donald Trump, llega a la Casa Blanca tras un viaje. Europa Press/Contacto/Andrew Leyden

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Un año después de volver a instalarse en el Despacho Oval, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha trastocado el equilibrio internacional con una ofensiva arancelaria dirigida incluso contra sus socios tradicionales, tensando alianzas históricas como la OTAN y exhibiendo el músculo militar de Washington con intervenciones en Irán, Venezuela o Yemen.

Tras consumar su retorno a la Presidencia en las elecciones de 2024, la comunidad internacional se preguntaba cuál sería la hoja de ruta del magnate en su segunda etapa al frente del país. Doce meses más tarde, Trump ha dejado patente una estrategia exterior abiertamente intervencionista, que combina el uso del poder militar y la defensa a ultranza de los intereses económicos de Estados Unidos para reforzar su dominio en el hemisferio.

Reivindicando la doctrina Monroe del siglo XIX, resumida en el lema “América para los americanos”, Trump pretende actualizar ese enfoque con su propio "corolario" y priorizar la primacía estadounidense frente a la influencia de China y Rusia.

Este giro se produce a costa de las alianzas que Washington ha cultivado durante más de cien años. Europa queda en una posición especialmente delicada en un entorno global cada vez más competitivo, con una Rusia en guerra en suelo europeo, una China que mantiene las fricciones comerciales y unos Estados Unidos que amenazan con retirar el paraguas de seguridad de la OTAN.

Aranceles a gran escala también contra aliados

La implantación de nuevos aranceles sobre las principales potencias económicas fue el primer movimiento de Trump para abrir lo que él considera una nueva etapa en las relaciones internacionales.

Con el argumento de corregir el déficit comercial de Estados Unidos, el presidente no dudó en imponer gravámenes a numerosos sectores e industrias a escala global, con especial incidencia en la Unión Europea, China, México y Canadá. Ramas como el acero y el aluminio, la automoción, el vino, los productos agrícolas, los semiconductores, la energía y la industria farmacéutica pasaron a ser objetivo directo del Departamento de Comercio.

Tras el impacto inicial, socios tradicionales como la Unión Europea iniciaron una negociación contrarreloj para suavizar la amenaza. Después de meses de tensas conversaciones con altos cargos estadounidenses, Bruselas aceptó finalmente un recargo general del 15% sin medidas de represalia, con el objetivo de proteger sectores sensibles como el del automóvil, que antes soportaba un 27,5%.

El único dirigente que ha mantenido un pulso sostenido con Trump ha sido el presidente chino, Xi Jinping, que tras una respuesta inicial de choque terminó pactando una retirada recíproca de tasas. Aun así, el mandatario estadounidense ha defendido los frutos de su política comercial: “Ahora somos el país más rico y respetado del mundo, casi sin inflación y con un precio récord en el mercado de valores”.

Operaciones en Irán, Yemen, Venezuela y ataques contra Estado Islámico

En el plano internacional, Trump ha adoptado un perfil más agresivo que en su primer mandato para restaurar la hegemonía estadounidense en Occidente, reactivando a pleno rendimiento las herramientas de “poder duro”, tanto económicas como militares. El eje de esta estrategia pasa por extender la presencia de Estados Unidos en el hemisferio norte, exigiendo a sus aliados que se alineen con sus prioridades en materia de estabilidad y seguridad terrestre y marítima.

La primera aplicación de esta doctrina, recogida de forma explícita en la nueva Estrategia de Seguridad Nacional del Departamento de Estado, se produjo en Yemen. En marzo, la Administración lanzó una “acción militar decisiva y contundente” contra la insurgencia hutí, respaldada por Irán, en respuesta a los ataques contra la navegación en el mar Rojo.

Poco después se intensificaron las fricciones con Teherán, al sostener Washington que el régimen iraní no había abandonado sus ambiciones nucleares. En el contexto de la guerra entre Irán e Israel, marcada por nueve días de lanzamiento de misiles de largo alcance, Trump ordenó bombardear tres instalaciones nucleares iraníes, entre ellas la simbólica planta de Fordo, atacada con bombas de alta penetración.

El presidente calificó la operación como un “éxito espectacular” y aseguró que el ataque logró “destruir la capacidad nuclear de Irán”. Paralelamente, el Pentágono ha llevado a cabo en estos meses decenas de incursiones contra objetivos de Estado Islámico en Siria e Irak, con unos 80 ataques registrados en el primer año del nuevo mandato.

El punto culminante de esta nueva etapa en la política exterior estadounidense llegó el 3 de enero, con la intervención militar en Venezuela que terminó con la captura del presidente, Nicolás Maduro, tras meses de tensiones entre ambos líderes por el presunto respaldo del Gobierno venezolano a redes de narcotráfico. La operación confirmó que Washington estaba dispuesto a recurrir a la fuerza, tras el histórico despliegue militar previo en el Caribe.

Presiones sobre Groenlandia, Cuba, México y Canadá

La detención de Maduro en su residencia oficial envalentonó a Trump, que ha redoblado sus advertencias contra otros países de la región, con Cuba en el punto de mira, y también contra vecinos como México y Canadá. A este último país incluso lo ha mencionado en alguna ocasión como posible futura anexión.

Las ambiciones expansivas del presidente no se limitan a rivales geopolíticos clásicos como Irán o Venezuela, sino que alcanzan también a estrechos aliados como Dinamarca. Trump ha intensificado la retórica de confrontación en torno a Groenlandia, territorio ártico bajo soberanía danesa que Estados Unidos aspira a controlar, alegando la creciente presencia de China y Rusia en la zona.

Los intentos de las potencias europeas por alcanzar un compromiso no han dado resultados tangibles. Trump mantiene firme su objetivo de incrementar la influencia estadounidense sobre la isla, mientras los países europeos tratan de reforzar su posición mediante maniobras y ejercicios militares en el Ártico.

Giro sobre Ucrania, acercamiento a Rusia y pacto para Gaza

Además de desempeñar un papel clave en la reconfiguración de Oriente Próximo, dando vía libre a Israel para atacar a Hezbolá en Líbano y a Hamás en Gaza, el presidente ha buscado proyectar una imagen de mediador impulsando un alto el fuego en la Franja. El acuerdo, aceptado por actores regionales e internacionales como la opción menos mala, supuso una nueva demostración de la capacidad de presión de la Casa Blanca.

Este primer año del segundo mandato de Trump quedará marcado, sin embargo, por el cambio radical en la política de apoyo militar a Ucrania. El presidente ha roto con la línea de Joe Biden y ha promovido un acercamiento a Rusia con el argumento de poner fin a la invasión iniciada por Vladimir Putin en febrero de 2022.

El giro quedó en evidencia durante la primera reunión en la Casa Blanca con el presidente ucraniano, Volodimir Zelenski, que terminó en una agria discusión televisada, en la que Trump acusó a Kiev de prolongar el conflicto y de jugar con el riesgo de una Tercera Guerra Mundial.

Este choque ha tensado las relaciones con los socios europeos de la OTAN, que se han visto prácticamente solos en el respaldo a Ucrania y buscan cómo influir en unas negociaciones de paz cuyo desenlace podría inclinarse en exceso hacia Moscú.

Como símbolo de las fricciones internas en la Alianza Atlántica queda la cumbre de La Haya, donde, tras intensas presiones, Estados Unidos consiguió que el resto de aliados suscribiera el compromiso de elevar el gasto en Defensa hasta el 5% del PIB en el plazo de una década.