Uno de los argumentos esgrimidos por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, para poner en marcha la operación 'Furia Épica' el pasado 28 de febrero contra Irán fue la amenaza de que el régimen de los ayatolás lograra fabricar una bomba atómica. Aunque este peligro ha centrado buena parte de la atención internacional, especialistas alertan de que existe un riesgo igual de devastador que ha pasado más desapercibido: el programa de armas biológicas de Teherán.
Desde hace años, Washington viene avisando de que Irán estaría investigando el desarrollo de agentes biológicos letales con fines militares. En un informe reciente, la oficina del director de Inteligencia Nacional llegó a señalar que es “muy probable” que Teherán “continúe su investigación y desarrollo de agentes químicos y biológicos para fines ofensivos”.
En los meses previos al estallido del actual conflicto, también se difundieron informaciones que apuntaban a que la Guardia Revolucionaria iraní intentaría diseñar cabezas de guerra con agentes biológicos y nucleares para integrarlas en sus misiles balísticos de largo alcance.
En este escenario, varios analistas han puesto el foco en el peligro que supone este programa en plena guerra, cuando el régimen de los ayatolás se ha visto seriamente debilitado, tanto por la muerte del líder supremo, Alí Jamenei, y de otros altos cargos, como por el riesgo de que este arsenal termine fuera de control y acabe en manos equivocadas.
Aunque la doctora Cassidy Nelson, directora de Política de Bioseguridad en el Centro para la Resiliencia a Largo Plazo, un 'think thank' británico, juzga “improbable” que Teherán haga un “uso deliberado” de este tipo de armamento, no excluye que pueda recurrirse a él en una situación extrema “para suprimir un levantamiento o montar un ataque de falsa bandera” dentro del país.
No obstante, según expone esta especialista en un artículo del Royal United Services Institute (RUSI) británico consultado por Europa Press, la principal preocupación se centra en la cadena de mando y en la gestión del programa biológico en su conjunto.
Cuando un régimen se desmorona, el personal que trabaja en el programa de armamento biológico “se enfrenta a poderosos incentivos para desertar, huir o abandonar sus puestos, especialmente si temen ser perseguidos bajo el Derecho Internacional”, subraya Nelson, remarcando que “los agentes biológicos requieren salvaguarda y un mantenimiento cuidadoso, sin los cuales puede fallar su contención”.
Riesgo de fugas accidentales y pérdida de control
Las instalaciones iraníes vinculadas a este programa estarían repartidas por todo el territorio y, en algunos casos, se trataría de centros de doble uso, tanto militar como civil. En este contexto, “una liberación accidental de alguna de estas instalaciones, ya sea por daños en la infraestructura, una ruptura de los protocolos o un simple abandono, es una posibilidad real en las próximas semanas o meses”, advierte la experta.
Nelson plantea además que el régimen, si se viera seriamente amenazado, podría intentar sacar del país patógenos, materiales clave o incluso a sus científicos, con el fin de preservar capacidades, eludir la detección y posibles procesos judiciales, o facilitar operaciones futuras, transfiriendo estos recursos a milicias aliadas de la región. “La transferencia durante una crisis multiplica el riesgo de una pérdida de control”, resalta.
Otra opción es que el material acabe siendo sustraído por “facciones paramilitares, grupos escindidos o actores oportunistas” que busquen utilizarlo “como palanca, garantía o armas en su propio beneficio”, añade.
Para Nelson, el hecho de que la liberación de un agente sea accidental o intencionada resulta irrelevante, ya que “los patógenos transmisibles no entienden entre ambas y las consecuencias epidémicas son las mismas en cualquier caso”. Una liberación de este tipo en Oriente Próximo “podría sembrar una epidemia que cruce las fronteras en días y que sea mucho más difícil de atribuir, detectar o contener”, alerta.
Dificultad de detección y gran capacidad de propagación
En esta línea se pronuncia también Ashish K. Jha, médico e integrante del Centro Belfer para Ciencia y Asuntos Internacionales de la Harvard Kennedy School, quien subraya que “los agentes biológicos suponen un desafío particular ya que, al contrario que el material nuclear, no hacen saltar los detectores de radiación en los controles fronterizos”.
“Al contrario que los arsenales químicos, pueden ser pequeños, transportables y capaces de propagarse por su cuenta una vez liberados”, sostiene en un artículo publicado en 'Statnews', recalcando que “un vial no necesita un misil para convertirse en arma”.
Según Jha, “las consecuencias de una liberación, deliberada o accidental, serían como nada de lo que puede provocar la perturbación de los mercados del crudo”, en alusión al impacto que el bloqueo impuesto por Teherán en el estrecho de Ormuz está teniendo sobre el sector energético mundial.
Recuerda además que “la COVID-19, que no era un patógeno convertido en arma y no se había optimizado para que fuera más letal, borró decenas de billones de dólares de la economía mundial y cambió la vida cotidiana durante años”. “Que el suministro de petróleo se vea perturbado es doloroso pero recuperable pero un acontecimiento biológico no lo es”, advierte.
Exigen asegurar el programa biológico iraní
Ante este panorama, los expertos coinciden en que urge adoptar medidas para controlar el programa biológico de Irán. “La comunidad internacional se enfrenta a un desafío urgente”, afirma Nelson, ya que “garantizar la seguridad de infraestructuras de armamento biológico de un estado bajo ataque puede ser más complejo que garantizar la seguridad de su programa nuclear”, en gran parte porque los agentes biológicos resultan mucho más sencillos de ocultar.
Nelsen y Jha recuerdan que existen precedentes útiles. “Cuando la Unión Soviética se derrumbó, el Programa Reducción Cooperativa de Amenazas (estadounidense) establecido en 1991 se movilizó para asegurar un enorme y diseminado arsenal de armas nucleares, químicas y biológicas en quince nuevos estados independientes”, evitando así “una catastrófica proliferación”, rememora la investigadora.
Aquella operación fue posible, admiten, porque Moscú colaboró y no había una guerra activa. En cambio, “Irán representa un entorno mucho más volátil y la naturaleza de doble uso de su programa significa que no hay un inventario” claro al que remitirse, subraya Nelson, mientras que Jha reconoce que “Irán no es ni un socio estable ni dispuesto a colaborar”.
En este contexto, Richard Cupitt, Christina McAllister y Barbara Slavin, analistas del 'think tank' Stimson, ya avisaron hace unas semanas, tras el inicio de la ofensiva militar de Estados Unidos e Israel contra Irán, de la urgencia de asegurar tanto el programa nuclear como el posible material químico y biológico del que dispondría el país en el supuesto de un colapso del régimen.
Estos especialistas consideran que, en última instancia, Estados Unidos se verá abocado a desplegar “botas en el terreno”, ya que para comprobar que Teherán desmantela sus programas de enriquecimiento nuclear, misiles y drones, así como para investigar y desmantelar eventuales programas de armas químicas y biológicas, “serán necesarios un gran número de investigadores e inspectores”.