Rusia intenta abrir un nuevo frente contra Occidente en el Mediterráneo, según un experto

Rusia refuerza su presencia militar y híbrida en el Mediterráneo para abrir un segundo frente contra Europa, según un análisis del IEEE.

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El presidente ruso, Vladimir Putin Alexey Danichev/Kremlin/dpa

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La alarma en torno al riesgo que representa Rusia para las potencias occidentales se disparó tras la invasión de Ucrania hace casi cuatro años y, lejos de limitarse al denominado flanco oriental europeo, Moscú ha tratado en los últimos años de proyectar esa presión hacia otros escenarios, en particular el Mediterráneo, donde persigue establecer un “segundo frente” recurriendo a amenazas que no se circunscriben al ámbito convencional.

“Desde la caída de la URSS y sobre todo desde que la OTAN se ampliara al este de Europa, Rusia ha incrementado cualitativa y cuantitativamente su presencia en el Mediterráneo”, subraya el profesor Alberto Priego, de la Universidad de Comillas ICADE, en un análisis difundido por el Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE), organismo vinculado al Ministerio de Defensa.

En tiempos soviéticos, el Mediterráneo era considerado por Moscú “un teatro de operaciones de segunda categoría”, pero “ahora se ha convertido en una zona prioritaria para Rusia, que ve opciones de abrir un segundo frente con Europa” tras constatar el acercamiento de la OTAN a sus fronteras con la incorporación de Suecia y Finlandia, apunta Priego.

Rusia opera con tres grandes flotas navales —Norte, Báltica y mar Negro—, que nutren con sus buques a la conocida como Escuadra Mediterránea —la Unidad Operativa de la Flota Naval rusa en el Mediterráneo—. En su Doctrina Marítima 2022, el Kremlin define el Mediterráneo y sus aguas próximas como un “área importante”.

Despliegue de la Armada rusa en el Mediterráneo

La dotación teórica de esta fuerza se sitúa en quince unidades, aunque en la práctica suele reducirse a tres fragatas, uno o dos submarinos y un par de barcos de apoyo logístico, precisa el profesor de Comillas en el texto consultado por Europa Press.

En el caso de los submarinos, suelen desplegarse el ‘Krasnodar’ —apodado “el agujero negro” por su escasa firma acústica y que ha protagonizado “varios encuentros con barcos españoles” al aproximarse a aguas jurisdiccionales— y el ‘Mozhaisk’, ambos de la clase Kilo 636,6, cuyo “verdadero peligro” radica en que “portan misiles Kaliber, pudiéndose lanzar con el submarino totalmente sumergido”.

Respecto a las fragatas, se ha detectado en el Mediterráneo a la ‘Almirante Grigorovich’, que además de misiles Kaliber puede embarcar helicópteros. No obstante, las que más inquietud generan entre los socios europeos son las ‘Almirante Golovko’ y ‘Almirante Gorshkov’, con “capacidad para lanzar misiles hipersónicos como los Zirkov”. De hecho, en diciembre de 2024 Moscú llevó a cabo ensayos en el Mediterráneo Oriental disparando misiles Zirkov desde estas fragatas y un Kaliber desde uno de sus submarinos, rememora Priego.

A este grupo se añaden un buque de inteligencia y otro de apoyo logístico. En el primer caso, la Armada española ha localizado en varias ocasiones al ‘Viktor Leonov’, “un barco de espionaje marítimo conocido como ‘la Oreja de Putin’ por estar diseñado para interceptar comunicaciones y recopilar información”, que en septiembre pasado fue seguido de cerca por la fragata ‘Reina Sofía’ durante su tránsito por el estrecho de Gibraltar.

En cuanto al barco de apoyo, Rusia suele recurrir al ‘Vyazma’ y al ‘Yelnhya’, dos “barcos nodrizas que sirven de centro de repostaje y abastecimiento” para el resto de unidades y que también “acostumbran a llevar acciones de sabotaje contra cables submarinos de comunicaciones o de suministro eléctrico”.

Dificultades para asegurar puertos aliados

El gran obstáculo para esta unidad operativa rusa es la “imposibilidad de encontrar puertos amigos” donde atracar para reabastecerse o someterse a reparaciones, ya que la caída del régimen de Bashar al Assad en Siria en diciembre de 2024 supuso la pérdida del puerto de Tartus. Esa circunstancia ha forzado a Moscú a “buscar alternativas en lugares como Libia o Argelia”.

Según Prieto, la opción más ventajosa para sustituir a Tartus es el puerto libio de Tobruk, donde “Rusia lleva meses desembarcando material procedente de Tartus” y que se encuentra bajo el control de su aliado, el mariscal Jalifa Haftar, figura dominante en el este del país.

Paralelamente, Rusia dispone de la base aérea de Al Khadim, próxima a Benghazi, y del aeródromo de Ghardabiya, además de impulsar instalaciones militares en el interior en Al Jufra, Brek al Shati y Matan al Sarra, esta última próxima a Chad y que están rehabilitando fuerzas rusas y mercenarios del Africa Corps, heredero del antiguo Grupo Wagner. En síntesis, para este experto, Libia se ha transformado en el “nuevo bastión ruso en el Mediterráneo”.

Al mismo tiempo, Moscú mantiene su tradicional sintonía con Argelia. En las capitales occidentales inquieta en particular la base naval de Mazalquivir, “un puerto cercano a Orán que dista solo 140 kilómetros de Almería, una distancia asequible para misiles rusos de corto alcance como los que está usando en Ucrania”. Rusia lleva invirtiendo fondos desde 2021 en estas instalaciones, que podrían “resultar de gran apoyo para el repostaje y reparación de sus submarinos rusos”.

Presión híbrida: migración y flota fantasma

Más allá de sus “medios convencionales”, el Kremlin se apoya de forma creciente en otras dos palancas: la migración y la denominada ‘flota fantasma’. Tal y como ya hizo en Finlandia y Polonia, favoreciendo la llegada de migrantes a sus fronteras, “Rusia está usando la migración como arma de guerra, o al menos como elemento de desestabilización de las sociedades europeas”, advierte Prieto.

Para ello, “es fundamental el control de aquellos gobiernos en cuyo territorio se gestan o transcurren los principales movimientos migratorios sur-norte”, detalla el analista. En este contexto se enmarca la apuesta rusa por el Sahel, donde en los últimos años se ha erigido en principal sostén de las juntas militares que se han hecho con el poder en Malí, Burkina Faso y Níger tras sucesivos golpes de Estado.

Moscú, denuncia Prieto, “usa el Sahel como fábrica de una inestabilidad que posteriormente arroja sobre el Mediterráneo para que llegue a Europa y desestabilice nuestras sociedades”. A raíz del alejamiento de estos países de Occidente, y en especial de Francia, la lucha contra la inmigración irregular ha perdido prioridad, como ilustra la decisión de Níger, pieza clave en las rutas hacia Europa, de derogar una ley que prohibía el tráfico de personas tras la llegada de los militares al poder.

La otra gran herramienta no convencional es la ‘flota fantasma’, integrada por buques que navegan bajo pabellones de conveniencia —sin mostrar bandera rusa— y que se utilizan sobre todo para transportar crudo ruso, trasvasado en alta mar desde grandes petroleros a estos barcos más pequeños para eludir las sanciones. Algunas de estas naves han sido observadas fondeando en las proximidades de Ceuta y Melilla.

Además, estos buques se han empleado para mover armamento hacia países en conflicto como Siria, Libia o Ucrania y también para “el sabotaje de intereses occidentales”, indica el experto, que añade que se usan igualmente para trasladar drones —algunos implicados en incidentes en Polonia y Dinamarca— y para misiones de espionaje.

En consecuencia, mientras la mirada internacional permanecía centrada en Ucrania y el flanco oriental, “Europa ha visto como se abría un segundo frente, en el que además las amenazas no solo son convencionales, sino que son mucho más difusas”, concluye Prieto.