El ADN mitocondrial se perfila como nueva vía para evaluar cómo se adapta el cuerpo al ejercicio

El análisis del ADN mitocondrial se consolida como herramienta clave para medir la adaptación al ejercicio y personalizar futuros programas de entrenamiento.

2 minutos

Publicado

2 minutos

El estudio del ADN mitocondrial (mtDNA) se ha revelado como un método eficaz para valorar cómo responde el organismo al entrenamiento físico, planteándose como complemento a la tradicional prueba de esfuerzo que determina la capacidad aeróbica máxima (VO2max). Así lo indican investigadores de la Universidad Europea, la Universidad Complutense y la Universidad Politécnica de Madrid.

El trabajo, difundido en “Springer Nature Link”, constató que los corredores con un elevado nivel de preparación presentan una concentración de ADN mitocondrial en las células de la sangre muy superior a la de individuos sedentarios, lo que se asocia con una resistencia mayor y una mejor tolerancia a esfuerzos de larga duración.

“Esto nos da una 'foto' directa de la plasticidad celular, e información sobre los mecanismos moleculares en la adaptación al ejercicio”, ha explicado la docente y coinvestigadora principal del ESBIDA (Ejercicio, Salud y Biomarcadores Aplicados) Research Group de la Universidad Europea, Tamara Iturriaga.

Para comprobar su planteamiento, el equipo diseñó un programa de entrenamiento interválico de alta intensidad (HIIT) de seis semanas, en el que se incluyeron 32 adultos que no practicaban actividad física de forma habitual. De ellos, 17 siguieron el protocolo de ejercicio mientras que los 15 restantes se mantuvieron como grupo de control sedentario.

Al término del programa, se evaluaron los cambios mediante una prueba de VO2max y un análisis del ADN mitocondrial. Los integrantes del grupo que entrenó registraron un aumento significativo de su capacidad aeróbica y un incremento medio del ADN mitocondrial del 321,6 por ciento, frente al 12,8 por ciento observado en el grupo que no realizó ejercicio.

“El ADN mitocondrial podría actuar como un chivato, un marcador que nos indica de forma indirecta que se están creando nuevas mitocondrias y que, por tanto, el cuerpo se está adaptando al ejercicio”, ha resaltado la catedrática de Genética, coautora e investigadora principal del ESBIDA Research Group de la Universidad Europea, Catalina Santiago-Dorrego.

No obstante, los autores subrayan que la respuesta al entrenamiento no fue homogénea. Tras las seis semanas, detectaron una marcada variabilidad: cerca de un 30 por ciento de los participantes apenas experimentó cambios, un resultado que los investigadores vinculan con la presencia de sobrepeso.

“Vimos una relación clara entre la falta de respuesta y una composición corporal menos favorable. Las personas con un mayor Índice de Masa Corporal (IMC) y un porcentaje de grasa más elevado tendían a no mejorar”, ha detallado la catedrática de la Universidad Europea.

Así, la cuantificación del ADN mitocondrial se consolida como una técnica no invasiva y fácil de aplicar que, lejos de sustituir, refuerza la información aportada por la prueba de esfuerzo convencional. Los hallazgos abren la puerta a diseñar rutinas de ejercicio físico más personalizadas y eficaces en función de la respuesta biológica de cada persona.