Sanidad

El cerebro recurre a pequeños daños como escudo para evitar perjuicios mayores

Un psicólogo explica cómo el cerebro usa pequeños daños como defensa evolutiva frente a amenazas mayores y cómo romper el círculo del autosabotaje.

4 minutos

Publicado

4 minutos

Las conductas de autolesión y autosabotaje, que abarcan desde pellizcarse la piel hasta ignorar a otras personas, se explican como el resultado de antiguos mecanismos evolutivos de supervivencia, según un reciente y sólido análisis psicológico del clínico Charlie Heriot-Maitland, de la Universidad de Standford (Estados Unidos), recogido en su libro “Controlled Explosions in Mental Health”.

En su obra, el especialista indaga en las necesidades biológicas que subyacen a estos comportamientos dañinos. Sostiene que, aunque a primera vista parezcan ilógicos, el cerebro recurre a estos pequeños daños como una suerte de dosis protectora frente a amenazas potencialmente más graves. Así, alguien puede retrasar el inicio de un proyecto, haciéndose daño a sí mismo, pero tratando de esquivar un posible perjuicio mayor: el fracaso o el rechazo.

El autor recuerda que nuestro cerebro es, ante todo, una máquina de supervivencia, diseñada no para maximizar la felicidad, sino para garantizar que sigamos con vida. Necesita que el entorno sea lo más predecible posible, ya que detesta las sorpresas y procura que nada nos tome desprevenidos.

La situación más delicada para los seres humanos, señala, no es solo estar expuestos a peligros, sino enfrentarse a amenazas que no se pueden anticipar. “Nuestro cerebro no puede permitirlo e intervendrá para ofrecernos versiones más controladas y predecibles de la amenaza. Nuestro cerebro preferiría que fuéramos los responsables de nuestra propia caída antes que arriesgarnos a ser derribados por algo externo. Preferiría que estuviéramos bien ensayados para recibir la hostilidad generada internamente antes que arriesgarnos a no estar preparados para ella por parte de otros”, desarrolla Heriot-Maitland.

Este sistema de protección se rige por una idea básica: la mente opta por la certeza de una amenaza conocida y manejable antes que por la posibilidad de otra desconocida y sin control.

La base científica de esta propuesta se encuentra en la propia evolución del cerebro humano, moldeado para la supervivencia y no para el bienestar. Está configurado para detectar peligro en casi cualquier situación, algo que fue clave para la continuidad de la especie. Hoy, sin embargo, esto se traduce en una vigilancia constante ante cualquier posible daño inminente, tanto físico como emocional.

Heriot-Maitland define esta estrategia evolutiva como una especie de “más vale prevenir que lamentar”: aunque seamos conscientes de que no es razonable comerse una bolsa entera de chocolates, podemos hacerlo igualmente para evitar una vergüenza que consideramos aún mayor, como el fracaso. De manera similar, incluso si alguien no nos odia, podemos optar por evitar a esa persona en vez de afrontar la posibilidad de un rechazo más doloroso.

Según el psicólogo, nuestros cerebros han evolucionado para priorizar la detección de amenazas, incluso en ausencia de un peligro real, con el objetivo de activar una respuesta defensiva. “Todos hemos heredado un sistema de detección y respuesta a amenazas altamente sensible”, explica.

Entre las formas de autosabotaje más habituales se encuentran la procrastinación, el perfeccionismo y el pesimismo. El perfeccionismo opera de modo parecido a la procrastinación, aunque por vías distintas: mientras la procrastinación desvía la atención de las tareas, las personas perfeccionistas pueden caer en una hiperconcentración y una minuciosidad extrema con el fin de no cometer errores. El motor principal suele ser evitar el fracaso, pero este patrón aumenta el riesgo de estrés y agotamiento.

La autocrítica intensa se presenta como otra modalidad de autosabotaje. Puede surgir tanto del intento de mejorarse a uno mismo como de la necesidad de culparse para sentir cierta agencia y control. En todos estos casos, se produce un auténtico secuestro neurológico: el sistema de respuesta a la amenaza se apropia de funciones cognitivas superiores, como la imaginación y el razonamiento.

“El sistema de amenazas utiliza estas funciones cognitivas”, indica, y por eso, cuando sentimos miedo, la imaginación se llena de forma casi instantánea de escenarios anticipatorios relacionados con ese temor.

Uno de los grandes problemas de estas dinámicas de autosabotaje, subraya Heriot-Maitland, es que tienden a convertirse en profecías autocumplidas. “Si creemos que no somos muy buenos en algo, podemos no esforzarnos al máximo y terminar teniendo un rendimiento inferior al que habríamos tenido si hubiéramos hecho una predicción diferente”, explica. “O si creemos que no le gustamos a alguien y lo evitamos, entonces nuestro miedo al rechazo puede haber impedido forjar una relación”.

En numerosos casos, estas pautas se relacionan con experiencias vitales difíciles: amenazas, traumas o tragedias. No obstante, estas “explosiones controladas” siguen causándonos daño, y es importante no perderlo de vista.

Las intervenciones psicológicas que muestran mejores resultados se orientan a procesar el dolor emocional que hay en el origen, apunta el experto, aunque reconoce que es una “decisión difícil” y que rara vez existe una “solución rápida”. Ante esta realidad, Heriot-Maitland detalla: “Resolver el daño subyacente a menudo puede implicar ambos aspectos: generar seguridad en torno a la situación y el sentimiento temidos; y lamentar la pérdida de una necesidad central en esa situación que no fue satisfecha, negada o descartada”.

En última instancia, la salida del círculo del autosabotaje no pasa por redoblar la autocrítica, que solo refuerza los mismos circuitos neuronales desgastados, sino por cultivar la autocompasión. Para aprovechar la neuroplasticidad y consolidar hábitos más saludables y menos dañinos, las personas deben decidir conscientemente reconocer y comprender primero su conducta, sostiene el psicólogo: “Inculcar estas motivaciones compasivas en un proceso como este no es algo que se da por sentado. Requiere tiempo, esfuerzo e intencionalidad”.

Por último, Heriot-Maitland propone que entender antes la raíz evolutiva del autosabotaje brinda la ocasión de identificar su función protectora y, al mismo tiempo, trabajar el daño causado sin caer en el juicio. Así, concluye: “No queremos combatir estos comportamientos, pero tampoco queremos apaciguarlos y permitir que sigan controlando, dictando y saboteando nuestras vidas. Tenemos opciones”.