Un trabajo desarrollado en España señala que los trasplantes de riñón de donante vivo con grupo sanguíneo incompatible pueden lograr mejores resultados clínicos que los procedentes de un programa de donación renal cruzada.
Especialistas del Hospital Clínic de Barcelona presentaron recientemente en el 55º Congreso de la Sociedad Española de Nefrología (SEN) este análisis, en el que revisaron 112 trasplantes renales incompatibles efectuados entre 2010 y 2020, comprobando que la supervivencia de los pacientes fue superior en los casos de incompatibilidad ABO frente a los incluidos en el programa cruzado.
Cuando una persona precisa un trasplante de riñón y su donante vivo no es compatible, ya sea por grupo sanguíneo o por anticuerpos, se contemplan dos alternativas terapéuticas. En el trasplante con incompatibilidad de grupo sanguíneo, una de las opciones disponibles, el receptor recibe el órgano de su donante directo aunque no compartan grupo sanguíneo, apoyándose en un tratamiento previo destinado a disminuir el riesgo de rechazo y favorecer la acomodación del injerto.
En la otra estrategia, la donación cruzada (KPD), las parejas donante-receptor incompatibles se incorporan a un registro nacional junto a otras parejas y el sistema identifica posibles intercambios, conocidos como “cruces”. Por ejemplo, el donante de la pareja A dona al receptor de la pareja B, y el donante de la pareja B dona al receptor de la pareja A, de forma que todos obtienen un riñón compatible, aunque no proceda de su propio donante.
En la práctica clínica actual, las guías consideran ambas vías como complementarias e incluso sinérgicas, sin establecer una preferencia general por una sobre otra, y recomiendan valorar cada caso de forma individualizada.
Este estudio, sin embargo, ha puesto de manifiesto mejores resultados con el trasplante renal de donante vivo con grupo sanguíneo incompatible. La mortalidad fue más elevada en el grupo del programa nacional cruzado (KPD), con un 16 por ciento, frente al 3,2 por ciento en el grupo ABO, y la pérdida del injerto alcanzó un 34 por ciento en el grupo KPD frente al 11,3 por ciento en el grupo ABO, pero sólo por muerte del paciente, manteniéndose cifras similares en la supervivencia del injerto censurada por muerte. Tampoco se observaron diferencias relevantes en la tasa de rechazo entre ambos grupos, pese a que el perfil inmunológico era más exigente en los pacientes de la donación cruzada.
Los autores concluyen que, según su experiencia, los trasplantes renales de donante vivo con incompatibilidad de grupo sanguíneo podrían asociarse a mejores tasas de supervivencia del paciente que los trasplantes gestionados mediante programa cruzado. No obstante, subrayan la necesidad de ser prudentes y de llevar a cabo más estudios multicéntricos antes de poder emitir recomendaciones firmes para las parejas incompatibles.