Un reciente estudio clínico ha demostrado que la aplicación conjunta de neuromodulación y entrenamiento cognitivo constituye un método efectivo y seguro para combatir los síntomas persistentes tras superar el COVID-19.
La COVID persistente sigue afectando a individuos que han padecido el SARS-CoV-2 y presentan síntomas prolongados por más de tres meses. Se calcula que un porcentaje de entre el 5 y el 10% de los recuperados desarrolla este síndrome, y algunos de ellos no logran restablecer completamente su condición anterior. Los efectos más comunes y debilitantes incluyen fatiga y disfunción cognitiva, afectando tanto a nivel físico como mental.
Estos problemas se vinculan con alteraciones estructurales y funcionales en el cerebro, lo que repercute negativamente en la calidad de vida y la capacidad laboral de los afectados. Ante esta situación, la comunidad científica recalca la importancia de encontrar tratamientos eficientes.
INNOVACIÓN EN EL TRATAMIENTO
Los doctores María Díez-Cirarda y Jordi Matías-Guiu, del Grupo de Investigación de Enfermedades Neurológicas del Hospital Clínico San Carlos en Madrid, lideraron un ensayo pionero, publicado en ‘Scientific Reports’ (julio 2025), titulado ‘A randomized comparative feasibility study of neuromodulation and cognitive training for post-COVID fatigue’. El estudio exploró la efectividad de la estimulación transcraneal por corriente directa (tDCS) en dos áreas cerebrales diferentes, combinada con entrenamiento cognitivo adaptativo.
El ensayo incluyó 63 pacientes con una media de edad de 48 años y sintomatología persistente desde hacía 32 meses. Se asignaron aleatoriamente a dos grupos; uno recibió estimulación en la corteza motora primaria (M1) y el otro en la corteza dorsolateral prefrontal (DLPFC). Cada participante completó 15 sesiones de 20 minutos durante tres semanas. Se realizaron evaluaciones antes, después del tratamiento y un mes más tarde, además de controles diarios de fatiga.
Los resultados fueron alentadores, mostrando una disminución significativa de la fatiga, confirmada por escalas clínicas (‘Fatigue Severity Scale y Modified Fatigue Impact Scale’) y evaluaciones diarias. Además, se observaron mejoras en la función cognitiva, reducción de síntomas de depresión, ansiedad, dolor y una mejora en la calidad de vida y sueño, especialmente notable en el grupo tratado en la M1. El tratamiento fue bien tolerado, con un 94% de los pacientes completando todas las sesiones y con efectos secundarios leves y transitorios.
El estudio también sugirió que la mejora en depresión y dolor podría estar relacionada con los cambios en la fatiga, abriendo nuevas líneas de investigación sobre la interacción entre estos síntomas en la condición post-COVID.