La Sociedad Española de Sueño (SES) alerta de que quienes padecen insomnio crónico presentan el doble de probabilidades de desarrollar una depresión mayor frente a las personas que duermen adecuadamente, debido a que la carencia de sueño altera la amígdala, estructura encargada de modular la parte emocional del cerebro.
En España, un 14 por ciento de la población adulta sufre insomnio crónico, lo que equivale a unos 5,4 millones de personas. Coincidiendo con la celebración mañana, 13 de enero, del Día Mundial de la Depresión, la SES subraya la clara vinculación entre los problemas persistentes de sueño y este trastorno mental.
La psicóloga y miembro del grupo de trabajo de Insomnio de la SES, María José Aróstegui, recuerda que el sueño y la depresión mantienen una de las “relaciones más sólidas en psicopatología”. Se calcula que el 90 por ciento de quienes tienen depresión presentan alteraciones del sueño, ya sea dificultad para iniciar el descanso nocturno, despertares muy tempranos o, incluso, hipersomnia.
Tal y como indica la especialista, el insomnio no actúa únicamente como un síntoma de la depresión, sino que se establece una relación bidireccional en la que la falta de descanso se convierte en un factor de riesgo con capacidad causal. El déficit de sueño interfiere en la regulación de la amígdala, donde se localiza la parte emocional del cerebro, y provoca que “las personas sean más reactivas a los estímulos negativos y menos capaces de procesar el estrés”. De este modo, la probabilidad de desarrollar un trastorno del estado de ánimo puede llegar a duplicarse.
La portavoz de la SES insiste en que esta conexión se explica desde la neurobiología, ya que ambos trastornos comparten circuitos cerebrales. La desregulación de neurotransmisores como la serotonina, la dopamina y la noradrenalina repercute tanto en el estado de ánimo como en los ritmos de sueño. En este contexto, el estrés contribuye a que “el cuerpo mantenga un estado de alerta que impide el sueño y agota los recursos emocionales”.
La concepción del sueño como un proceso activo de limpieza cerebral y de ajuste emocional, y no como un simple estado pasivo, está cada vez más asentada. “Cuidar el sueño es, literalmente, medicina preventiva en salud mental”, sostiene Aróstegui.
Ensayos clínicos recientes apuntan a que, cuando el insomnio se aborda de manera específica, las tasas de remisión de la depresión se duplican. Sin embargo, esta relación no se observa con la misma fuerza en sentido inverso. Al tratar la depresión con fármacos, el sueño puede mejorar, pero también quedar como síntoma residual. Por tanto, aliviar la depresión contribuye a un mejor descanso, pero es imprescindible tratar el insomnio para lograr la remisión completa del cuadro depresivo. “Si la depresión mejora, pero el insomnio persiste como síntoma residual, el riesgo de recaída es altísimo”, concluye.