Tratamientos avanzados y hábitos saludables pueden frenar el previsible aumento del Parkinson, según un neurólogo

España duplicó los casos de Parkinson desde 2012 y podría liderar la prevalencia mundial en 2050 si no se refuerzan prevención e investigación.

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La puesta a punto de tratamientos más eficaces y la adopción de estilos de vida saludables se consideran claves para contener el “previsible aumento” de los casos de enfermedad de Parkinson, una patología que ha duplicado su número de diagnósticos en España desde 2012, según explica el neurólogo y coordinador del Grupo de Estudio de Trastornos del Movimiento de la Sociedad Española de Neurología (SEN), Álvaro Sánchez Ferro.

Coincidiendo con el Día Mundial del Parkinson, que se conmemora el 11 de abril, la SEN recuerda que en España esta enfermedad ya afecta a más de 200.000 personas, con cerca de 10.000 nuevos diagnósticos cada año. Así, el país ocupa el noveno puesto mundial en número de casos, pese a situarse en el lugar 31 en población. De cara a 2050, se calcula que será el país con mayor prevalencia por habitante, con alrededor de 850 casos por cada 100.000 personas.

El Parkinson se ha convertido en la segunda enfermedad neurodegenerativa más común a nivel global y en la que más crece en términos de prevalencia, discapacidad y mortalidad. Actualmente, unos 12 millones de personas conviven con esta patología en el mundo y las proyecciones apuntan a que podría llegar a 25,2 millones en 2050, lo que implicaría un incremento superior al 110 por ciento.

En los últimos veinte años, la carga global del Parkinson, medida en años de vida ajustados por discapacidad, ha crecido más de un 80 por ciento y el número de muertes asociadas se ha duplicado en este periodo.

Tal y como señala Sánchez Ferro, el envejecimiento progresivo de la población es el “principal factor” que justifica este aumento, aunque también intervienen otros elementos de tipo genético y ambiental.

La edad media de inicio del Parkinson ronda los 60 años y se observa un ligero predominio en hombres. Su frecuencia aumenta con la edad: pasa del 2 por ciento entre los mayores de 65 años al 4 por ciento en los mayores de 80. No obstante, no se trata de una dolencia exclusiva de personas de edad avanzada, ya que un 15 por ciento de los afectados presenta una forma de inicio temprano, es decir, antes de los 45 años, con una mayor probabilidad de que exista un componente genético o familiar respecto a las formas de aparición más tardía.

Existen diversas mutaciones genéticas vinculadas al Parkinson que podrían justificar en torno al 30 por ciento de los casos familiares y hasta un 5 por ciento de los esporádicos. Aun así, menos del 10 por ciento de los diagnósticos son “claramente” hereditarios.

“Por el contrario, y a pesar de que la edad es el principal factor de riesgo, y que también puede influir la genética, cada vez se encuentra una mayor evidencia sobre la importancia que tienen diversos factores modificables en el desarrollo de la enfermedad. Aspectos como la exposición a pesticidas y contaminantes, el sedentarismo o el mal control de factores vasculares pueden tener a llegar mucha influencia en el desarrollo de la enfermedad, lo que muestra la importancia de la prevención basada en hábitos de vida cerebrosaludables”, ha destacado.

TEMBLOR, RIGIDEZ O INESTABILIDAD POSTURAL

El Parkinson se caracteriza por la degeneración progresiva de las neuronas dopaminérgicas, responsables de producir dopamina y esenciales para el control del movimiento. Entre los síntomas motores más típicos se encuentran el temblor en reposo, la rigidez, la bradicinesia (lentitud marcada de los movimientos voluntarios) y/o la inestabilidad postural.

Los síntomas no motores, presentes en la mayoría de los pacientes, como las alteraciones del sueño, la depresión o el deterioro cognitivo, pueden aparecer “incluso años” antes de los síntomas motores. De hecho, en hasta un 30 por ciento de los casos, la depresión puede ser una de las primeras manifestaciones clínicas de la enfermedad.

Según la SEN, la gran variabilidad clínica del Parkinson y el hecho de que el diagnóstico sea fundamentalmente clínico constituyen los “principales aspectos” que hacen que un número relevante de casos pase desapercibido en las fases iniciales. En España, se calcula que existe un retraso medio de entre uno y tres años desde la aparición de los primeros signos hasta que se confirma el diagnóstico.

En la actualidad, los tratamientos disponibles para el Parkinson son, en su mayoría, sintomáticos. Se dispone de medicamentos destinados a restaurar o modular la función dopaminérgica, así como de técnicas como la estimulación cerebral profunda o los ultrasonidos focales de alta intensidad para aquellos pacientes que no responden adecuadamente a los fármacos convencionales. A esto se suman intervenciones no farmacológicas, como la fisioterapia o la terapia ocupacional, que los especialistas consideran “importantísimas” para mejorar la calidad de vida.

La investigación se orienta ahora al desarrollo de terapias capaces de modificar la evolución de la enfermedad, entre ellas la terapia génica, la inmunoterapia y las terapias celulares.

“Ahora mismo hay un ensayo fase 3 con un fármaco que elimina una de las proteínas que se acumulan en la enfermedad de Parkinson y Japón ha autorizado de forma condicional el primer tratamiento basado en células madre. Aunque todavía es necesario confirmar la eficacia, durabilidad del efecto y el perfil del seguridad de estas estrategias, reflejan que estamos ante un cambio significativo en el abordaje terapéutico del Parkinson, al permitir ir a los mecanismos que producen la enfermedad en lugar de limitarse al control sintomático”, ha concluido Sánchez Ferro.